Entre el hambre y el desperdicio

En México se tiran 20.4 millones de toneladas de comida al año, equivalente al 34% de la producción nacional. Si se reunieran estos alimentos desperdiciados se podría entregar, semanalmente, a las familias más pobres una canasta alimentaria con 4 kilos de carne, 3.8 kilos de pollo, 16 litros de leche, 15 kilos de tortillas y 2 kilos de mango, con los cuales esas personas podrían salir de la categoría de pobreza alimentaria.

Por: Rocío Muciño y Fabiola Villela

Irónicamente, vivimos en un planeta que tiene hambre y al mismo tiempo desperdicia la comida. En la actualidad sabemos que uno de los principales problemas a los que se enfrenta la humanidad es la falta de alimento y su gravedad es mayúscula a nivel mundial. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), 815 millones de personas padecen hambre; tristemente, no es la falta de producción la que provoca esta terrible situación, sino la pérdida y el desperdicio de un tercio de todo el alimento que se produce. Esto equivale a mil 300 millones de toneladas de productos (de origen animal, vegetal e industrializados) que no serán consumidos y esto sucede a lo largo de toda la cadena de producción, inicia en el campo de cultivo, continúa con la recolección, almacenamiento, embalaje, traslado, mecanismos de mercado y compra-venta, y culmina en el plato. Las imperfecciones como manchas o golpes y ligeras afectaciones a la “estética” provocan que, principalmente, las frutas sean rechazadas y desperdiciadas.

Queda claro que esta situación representa un uso altamente ineficiente de recursos a nivel global, convirtiéndolo en una de las mayores injusticias. Este problema es de gran complejidad, en él se entretejen aspectos que no pueden ser tratados de manera aislada. Su impacto no sólo es social, también afecta lo económico y ambiental: “Las pérdidas de los alimentos representan un desperdicio de los recursos e insumos utilizados en la producción, como tierra, agua y energía, incrementado inútilmente las emisiones de gases de efecto invernadero”.[1]

El caso del agua es un grave problema sobre todo cuando sabemos que nos acercamos a la escasez de la misma; además, hay que considerar el impacto medioambiental negativo provocado por la sobreexplotación del suelo y la pérdida de biodiversidad a partir de la agricultura industrial caracterizada por la especialización y la producción de monocultivos. Se sabe que el 75% de los alimentos del mundo proceden de sólo 12 especies de plantas y cinco especies de animales.

Así, los recursos hídricos, energéticos y de suelo destinados a producir esos insumos desperdiciados, al igual que la vida de cientos de miles de animales, podrían encontrar un mejor destino.

El problema es mundial, no sólo de los países desarrollados o en desarrollo, y no sólo sucede en los supermercados, mercados o en tiendas, sino también en el plato. Algunos países han prohibido tirar los desperdicios de comida de restaurantes y hoteles, y en España, por ejemplo, los negocios que ofrecen comida acumulan más de 63 mil toneladas de sobrantes a lo largo del año. Además, tristemente, los dueños de estos establecimientos no permiten que los empleados se lleven la comida sobrante y prefieren que se eche a perder; lo mismo sucede en los hospitales.

En México, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, para 2016, 24.6 millones de mexicanos carecían de acceso a la alimentación. Lamentablemente nuestro país, junto con Argentina y Brasil, forma parte de los tres países latinoamericanos que más comida tiran a la basura, según la FAO. Un estudio reciente, en el que por primera vez se midió magnitud del desperdicio, estimó que se derrochan 20.4 millones de toneladas, equivalente al 34% de la producción nacional de comida al año: “Se identificó que, si se reúnen esos alimentos desperdiciados, sería posible entregar semanalmente a las familias más pobres una canasta alimentaria integrada de cuatro kilogramos de carne, 3.8 kilos de pollo, 16 litros de leche, 15 kilos de tortillas y dos kilogramos de mango, con los cuales esas personas podrían salir de la categoría de pobreza alimentaria”, señaló el doctor Genaro Aguilar Gutiérrez del Instituto Politécnico Nacional, a cargo del estudio.

Esto es una terrible contradicción social, ya que es común ver a niños y adultos pepenar entre la basura de los mercados y de las centrales de abastos de los diferentes estados de la República. En este punto, valdría la pena preguntarnos ¿quién tiene la responsabilidad ética y social en esta situación que tantas veces pasa desapercibida?, ¿quién debería evitarlo?

Todos debemos concientizarnos sobre la necesidad de cuidar el entorno natural y la reutilización de recursos. Los restaurantes deben gestionar el desperdicio de comida porque es un sector que cada día genera más empleos, más sucursales, más basura y más desperdicios alimentarios.

En este sentido han surgido muchos movimientos que buscan contrarrestar esta situación. Robert Lee, un joven estadounidense, creó una organización no lucrativa que busca aprovechar la comida que estos establecimientos desperdician. Cuenta con voluntarios que reparten la comida y, poco a poco, más restaurantes se suman a ello. De igual forma, David Rodríguez creó la app Food For All que no sólo busca favorecer la reducción de desperdicios, sino que también ofrece comida a bajo precio.

En México, en octubre de 2017, la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados, en conjunto con la UNAM, echó a andar una iniciativa llamada “EcoRuta”, la cual busca sumar los esfuerzos de los restaurantes de Michoacán para que lleven a cabo un proceso de recolección de basura amigable para el medio ambiente y convertir el desperdicio orgánico en composta. Se cree que recolectarán alrededor de 1.5 toneladas de residuos diariamente, generando dos toneladas de abono orgánico en máximo 20 días.

En dichas propuestas la concepción de que la comida sobrante de los restaurantes está limpia y es buena, permite observar la posibilidad de repensar la gestión y donación de los alimentos sobrantes, sobre todo cuando existen altos niveles de hambre y de pobreza. En el país también existe la Asociación de Bancos de Alimentos de México que busca rescatar alimentos y erradicar el hambre y la desnutrición.

Finalmente, como se mencionó al inicio, este es un problema de gran complejidad en el que también debe considerarse, no sólo la producción sino la distribución, la calidad del alimento que llega y cuáles son las obligaciones que tiene el Estado en el derecho a la alimentación, pues este debe garantizar el derecho a la alimentación nutritiva, suficiente y de calidad, tal como lo señala la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en el Artículo 4 párrafo 3, ya que no sólo es un deber ciudadano, sino una tarea individual, social y política.

Acabar con estos problemas también requiere generar sistemas de producción sostenible, así como la implementación de prácticas agrícolas que permitan mantener la diversidad genética de plantas y animales.

A este buen ánimo también debería sumarse la ética en la alimentación para que los establecimientos actúen con honestidad, tanto en el manejo de sus alimentos, como en su entrega; con ello, además de favorecer la alimentación de quienes no tienen acceso a ella, se alentaría la solidaridad con el prójimo, tan necesaria en estos días.

 

* Rocío Muciño es responsable de Edición y Gestión de Publicaciones del Programa Universitario de Bioética y Fabiola Villela es jefa del Departamento de Educación Continua de la Escuela Nacional de Estudios Superiores, unidad Mérida, ambos de la UNAM.

 

@bioeticaunam

 

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