La totoaba y el negocio de la ignorancia

La historia de la pesca furtiva de la totoaba y la vaquita marina ofrece más de una lección y reúne, además, varios factores que parece que no desaparecerán pronto; entre ellos, la ubicación de un negocio muy redituable, una voluntad gubernamental pobre para salvar las especies en peligro de extinción y un conjunto de creencias que, en este caso, desencadenaron la búsqueda y caza excesiva de la totoaba. 

Por: Fernando Taboada

La pesca ilegal constituye la principal causa de la disminución de la población tanto de la totoaba como de la vaquita marina, de tal manera que en otoño del año pasado se calculó que quedaban menos de 30 de estas últimas.

La historia de la pesca furtiva de estos dos animales ofrece más de una lección y reúne, además, varios factores que parece que no desaparecerán pronto; entre ellos, la ubicación de un negocio muy redituable, una voluntad gubernamental pobre para salvar las especies en peligro de extinción y un conjunto de creencias que, en este caso, desencadenaron la búsqueda y caza excesiva de la totoaba.

La vaquita marina y la totoaba son especies endémicas del mar de Cortés (Golfo de California) y debido a que son de tamaño similar, ambas quedan atrapadas en el mismo tipo de red. Cuando el mercado chino ofreció grandes cantidades de dinero por el buche o vejiga natatoria de la totoaba, muchos pescadores se lanzaron en su captura y, sin querer, también de la vaquita marina.

La demanda de totoaba en aquel país se originó principalmente por tres motivos; el primero de los cuales es la idea de que el buche tiene propiedades curativas e incluso milagrosas. Hasta el día de hoy no existe evidencia que compruebe que los remedios de la medicina tradicional china funcionen, pero sí sabemos que le cuesta la vida a muchos animales, así como a las personas con enfermedades graves que confían en ella y no se atienden adecuadamente.

No obstante, matar animales y consumirlos con fines aparentemente curativos no es exclusivo de la medicina tradicional china, pues se tiene conocimiento del tráfico de animales para rituales de santería en América Latina en la que, por ejemplo, la captura de colibríes para consumo —por su pretendido alivio de enfermedades cardiacas— o para amarres puede representar una seria amenaza para la supervivencia de estas aves.

El segundo motivo de la captura intensiva de totoaba apunta a que se cree que tiene cualidades poderosamente afrodisíacas; algo semejante se piensa de los huevos de tortuga, los cuernos de rinocerontes o las ranas de laguna. Sobra decir que aunque estuviera comprobado que estos organismos son efectivamente afrodisíacos, no podemos dejar de cuestionarnos si la vida de un animal a cambio de un hipotético mejoramiento sexual representa una acción mínimamente justificable. Estas supersticiones producen la muerte de miles de animales cada año.

El tercer motivo consiste en que quien paga por la totoaba ostenta una posición social y económica elevada. No sería sorprendente, por ejemplo, que algún empresario chino le obsequie a algún negociador un buche para generar estima.

La relación de este pescado con el poder no se reduce sólo al valor artificial que se le da en la cultura china, pues, de hecho, ha sido una fuente real de dinero para traficantes y pescadores que, una vez ubicado el negocio, no piensan soltarlo.

En México, la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente señala la responsabilidad del Estado en la protección de especies endémicas; sin embargo, ha sido evidente el fracaso en la defensa de la vaquita marina y muy probablemente también de la totoaba, ya que la pesca ilegal continúa.

Parece una constante en la ejecución de las leyes, que entre más intereses económicos hay de por medio, menos efectiva es su aplicación. El negocio de los afrodisíacos y principalmente el de las pseudomedicinas se afianza en la medida en que la educación pierde terreno. Lamentablemente, quienes pierden con el gran poder que han adquirido estas creencias son los propios animales y la gente con menor acceso a la educación, que es la que más confía en remedios milagrosos.

La cercana extinción de la vaquita marina y de la totoaba nos sirve como recordatorio de la responsabilidad que tenemos con otras especies, tanto de las autoridades para protegerlas como de nosotros para evitar creer en panaceas, animales afrodisíacos o absurdas ostentaciones de poder sigan favoreciendo su muerte.

 

* Fernando Taboada es estudiante de la Licenciatura en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, y estudiante asociado en el Instituto de Investigaciones Filosóficas, ambos de la UNAM. Actualmente realiza su Servicio Social en el Programa Universitario de Bioética de la máxima casa de estudios.

 

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