Las formas de la memoria en el pasado reciente

En México asistimos a una falta de términos para describir la particularidad, temporalidad, duración, intensidad y gravedad de las múltiples formas en las que la violencia es ejercida.

Por: Ilena García Rodríguez 

En sociedades que experimentan períodos prolongados de violaciones a los derechos humanos los procesos de rememoración son pieza clave en la búsqueda de verdad y justicia. Rememorar sobre las experiencias violentas y sobre sus efectos implica elaborar relatos que hagan sentido de un pasado que en ocasiones resulta incomprensible. Esta actividad es de especial importancia cuando las instituciones oficiales y sus representantes apuestan por el olvido y la normalización de la violencia, e incluso se niegan a reconocerla tal y como sucede en México.

Así las memorias, plurales y diversas, son los relatos que dan cuenta de aquello que con tanta celosía los discursos oficiales, herméticos y ensayados, intentan acallar. Tratan sobre los dramas íntimos y las luchas privadas por comprender cuestiones como la ausencia de familiares o amigos que ya no están, la incertidumbre sobre un paradero que se desconoce, la incomprensión sobre un cuerpo con heridas y cicatrices que distan de ser lo que eran antes o de un hogar que ha tenido que ser abandonado para preservar la integridad propia. Es en este contexto que en México se está dando la conformación de memorias sobre pasados inmediatos.

En los últimos años varias iniciativas han comenzado a darle visibilidad a las memorias de las víctimas. En 2011 el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad plasmó la relevancia del tema en el Pacto Nacional de la Paz, donde propusieron la colocación de placas con los nombres de las victimas en las plazas y espacios públicos de todas las poblaciones del país.

El MPJD y sus allegados realizaron esta acción en espacios de gran valor simbólico como el Zócalo de Cuernavaca o en la explanada que rodea la Estela de la Luz, renombrada como parte de su proyecto de memoria como Estela de la Paz. En otras ocasiones las placas fueron colocadas en el lugar mismo en el que había sucedido el hecho violento como es el caso de la placa que conmemora a Marisela Escobedo y repudia su asesinato que fue colocada frente al Palacio de Gobierno en Chihuahua.

Otros colectivos y agrupaciones han buscado también símbolos y materialidades que los representen. Poco a poco en México se va conformando un repertorio creativo de formas memoriales que nos remiten a situaciones de violencia o a cuestiones emotivas relacionadas con ésta: una cruz rosa a un feminicidio, una silla vacía a la desaparición de un estudiante, un pañuelo bordado a la elaboración de un duelo o los numerales 43 o 49 como representación de tragedias colectivas.

A esto se suman otros recursos más tradicionales como la inscripción y reproducción del nombre y el retrato. Lo que estas formas memoriales tienen en común es que buscan el reconocimiento público a la vez que son formas de manifestación, de reclamo y de rechazo a la violencia. Su intención es asentar mensajes sencillos, contundentes y emotivos sobre lo ocurrido, que a su vez rechazan los discursos de criminalización e invisibilización que caracterizan a los representantes gubernamentales. Son parte de la lucha por conocer los nombres y demás datos identitarios de las víctimas defendiéndolas del olvido y de la indiferencia.

El filósofo español Reyes Mate ha definido al acto de recordar como reconocer en el pasado las injusticias aún vigentes. Así la memoria no es sólo recordar las experiencias de las víctimas, sino comprometerse con el no olvido de los agravios prolongados que caracterizan a un país en el que se calcula que la impunidad alcanza porcentajes del 99 %. La memoria en México es también performativa[1], se ejerce en las acciones que los colectivos realizan en las fechas que consideran significativas sea el día del desaparecido, el cumpleaños o santo del ser querido, el día de las madres. Recordar lo sucedido implica recordar el por qué de la lucha.

Otro aspecto a resaltar sobre las posibilidades de la memoria es que en el caso de México asistimos a una falta de términos para describir la particularidad, temporalidad, duración, intensidad y gravedad de las múltiples formas en las que la violencia es ejercida. ¿Cómo nombramos de forma incluyente y amplia a la situación en la que estamos sumergidos? En este sentido las memorias de las experiencias de las víctimas y sus allegados toman particular importancia pues en tanto relatos ayudan a nombrar esta realidad que nos abruma, nos rebasa e interpela de forma incesante. Al estar situadas en contextos y circunstancias específicas, retoman dimensiones, temporales, espaciales y emotivas, las entrelazan en relatos y contribuyen de forma invaluable a la conformación de una memoria sobre el pasado reciente en México.

 

* Ilena García Rodríguez licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

 

 

@CMDPDH

 

 

[1] Diéguez; I.(2016) Cuerpos sin Duelo. Iconografías y teatralidades del dolor. México:UANL.

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