Vocación involuntaria: 44 años de lucha en DH

Hace 44 años que inicié con están labor. Comencé sin conocimientos, ni recursos, enfrentando una situación triste y dolorosa. Los defensores de derechos humanos desaparecidos merecen un reconocimiento social, como partícipes de una lucha que no debe olvidarse.

Por: Tita Radilla

El pasado 10 de diciembre de 2018, fui galardonada con la mención honorifica del Premio Nacional de los Derechos Humanos, no puedo decirles que es un honor para mí recibir un reconocimiento, por una labor que no elegí de manera voluntaria. Cuando decidí iniciar esta lucha, que ya ha cumplido 44 años, comencé sin conocimientos, ni recursos, enfrenté una situación que nadie anhela, que es triste y dolorosa. La búsqueda de un familiar desaparecido nace desde el dolor, se continúa desde la rabia y, se mantiene ante el amor a nuestros familiares, con la esperanza de que un día pueda haber en nuestro país, cambios profundos que nos ayuden a vivir en paz.

Mi padre, Rosendo Radilla Pacheco, líder social, cantautor de corridos, maestro y padre de familia, fue detenido ilegalmente en un retén militar y posteriormente desaparecido por integrantes de la Secretaría de la Defensa Nacional en el año 1974 en Atoyac de Álvarez, Guerrero. Su detención y posterior desaparición forzada ocurrió en el contexto de la llamada “Guerra Sucia”. Tras años de buscar justicia en México y, tras observar como compromisos de instituciones y gobiernos defraudaban una vez tras otra, en su promesa por descubrir la verdad y brindarnos justicia, acudimos al sistema interamericano de derechos humanos, que en el año 2009 encontró culpable al Estado mexicano y al ejército, de haber desaparecido a mi padre.

En su caso, como devastadoramente ocurre en miles más, la desaparición forzada formó parte de una estrategia permanente para eliminar a todo opositor.  Hoy, al igual que hace unas décadas, pensar en la posibilidad de cambiar las desigualdades e injusticias, resulta imposible, y coloca a las personas que se atreven, en riesgo de sufrir una vulneración a su más elemental derecho humano: la vida. Se siguen deteniendo y desapareciendo de manera forzada a quienes trabajan por un México distinto para sus hijos. Ayer, como hoy, a quien se le quiere eliminar se le acusa de guerrillero o de formar parte del crimen organizado.

Es importante recordar que cada una de las personas desaparecidas tiene una historia de vida, no son datos en las estadísticas, son personas cuyo destino continúa negándose a sus familiares. Aquellos a los que les han arrancado la vida, deben ser llorados y sepultados en dignidad por sus familias. Estos defensores de derechos humanos desaparecidos en México, América Latina y el mundo, merecen un reconocimiento social, deben dignificarlos como partícipes de una lucha que ha transcurrido muy lentamente, con pequeños logros que no deben olvidarse.

La atención a los hechos ocurridos en el pasado, es un acicate para la determinación de los hechos actuales en el que no hay cabida para el olvido. En este contexto, celebro que cada vez, haya más voces que exigen verdad y castigo a los responsables de las violaciones a derechos humanos en la guerra sucia; conseguirlo abrirá caminos para empezar a construir formas de vida libres de impunidad y apatía.  Un presente sin ajustes con el pasado autoritario es garante de prácticas de gobierno antidemocráticas. Para los que buscamos justicia para nuestras personas desaparecidas, vemos ésta como la única posibilidad de reestablecer relaciones dignadas entre todas y todos, sólo castigando a quienes abusan y han abusado del poder para su enriquecimiento, para conservar posiciones privilegiadas o someter, se podrá avanzar hacia la utopía democrática.

En el discurso, se reclama la globalización de prácticas culturales de respeto a la tolerancia, la equidad y la justicia; para los familiares de los detenidos – desaparecidos de los años setenta en México, esto significa, abrir caminos para buscar los mecanismos necesarios para combatir la impunidad, ya sea a través de la cooperación internacional en el fortalecimiento de las instituciones que deberían procurar y administrar justicia o del reconocimiento de instancias internacionales como el Comité contra la Desaparición Forzada de la Organización de las Naciones Unidas. Otra lucha, es por la memoria de lo que ha ocurrido, la historia debe ubicar a los represores en sus justos términos.

El nuevo gobierno federal a cargo de Andrés Manuel López Obrador, tiene hoy, la oportunidad de comenzar los cambios que se necesitan en México, aunque con preocupación observo que esto sea a partir de sacar al ejército a las calles como se hizo en los años 70, cuando las fuerzas armadas dejaron cientos de personas detenidas, torturadas, desaparecidas, dejando en a miles de familias en el desamparo.  Los familiares de víctimas de desaparición forzada queremos dejar de nadar a contracorriente, necesitamos ser escuchados, que nuestra seguridad sea brindada de manera adecuada: desde una perspectiva civil, ciudadana, en la que los que defendemos los derechos humanos no seamos vistos como enemigos.

Finalmente, agradezco, a quienes me han acompañado en este camino, a las y los integrantes de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos que a lo largo de generaciones han compartido conmigo tristezas, dolores y esperanzas.

 

* Tita Radilla Martínez es defensora de derechos humanos, hija de Rosendo Radilla Pacheco, detenido desaparecido por integrantes del Ejército en 1974.

 

@CMDPDH

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