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El modelo colombiano. Una entrevista a Marco Palacios
¿Incorporar en México el modelo de gestión urbana de ciudades como Medellín podría ayudar a reestructurar el tejido social en urbes que están siendo azotadas por el crimen organizado, por ser plazas en disputa entre diferentes carteles?
Por Central Ciudadano y Consumidor
3 de noviembre, 2015
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Por: Román Meyer (@MeyerFalcon)

En medio del hartazgo social, y la oleada de actos de violencia y corrupción que día a día azotan el país, los que aquí vivimos sentimos que estos hechos se impregnan como un cáncer dentro del organismo que podemos llamar México, por lo que la población muestra cada vez un mayor desanimo sobre muchas aristas de las condiciones del país. El pasado 12 de octubre se publicó la Consulta Infantil y Juvenil –es decir, 2.6 millones de niños y jóvenes de 6 a 17 años- organizada por el Instituto Nacional Electoral (INE). Los resultados son imponentes: el 77 % desconfía de sus autoridades y un 70 % se siente inseguro en el espacio público. Preocupa que la población más joven, a pesar de sus pocos años de vida y quienes serán el motor económico, social y político de México, son los que menos confianza tienen en su propio país.

Con el fin de entender desde un óptica comparativa de dos estados latinoamericanos, con amplias similitudes culturales e históricas como también de violencia y de descomposición social –no obstante sus también profundas diferencias– me di a la tarea de entrevistar a uno de los personajes que más han profundizado en temas de violencia, seguridad y política en Colombia: el doctor Marco Palacios, profesor e investigador del Centro de Estudios Históricos del Colegio de México.

Entrevisto a Palacios bajo la premisa de aprender de los aciertos de la sociedad colombiana en este largo y aun inconcluso proceso de pacificación. Como primera aproximación pregunto sobre el papel de la iglesia, en especial de los jesuitas, en el proceso de pacificación en la década de los 90 en la ciudad de Medellín. Palacios señala que la capital antioqueña “es un caso muy específico en donde se siguen presentando altos niveles de violencia, donde el control de organizaciones criminales es de tal magnitud que se ha pactado que la violencia explícita baje, además es una zona fuertemente católica, ha ayudado a sumar esfuerzos entre la propia iglesia, ciertos gremios empresariales y ONG para forjar una sociedad que ha, y sigue, negociando diferentes pactos de paz, a pesar de un estado que ha violado consecutivamente los derechos humanos en aras de pacificar”. El contraste con la iglesia mexicana es enorme, pues en su conjunto está dejando pasar o no ha sabido explotar esta importante tarea, a pesar de ser el segundo país con la mayor concentración de católicos a nivel mundial.

Además de las tazas de homicidio y número de asesinatos, uno de los principales indicadores que podemos usar para estudiar la magnitud del conflicto armado en México es el desplazamiento de la población a lo largo del territorio. Colombia, en las últimas décadas, ha presentado altos niveles de movilidad que en buena medida se han derivado de los conflictos armados. Palacios señala que “el uso de métodos estadísticos aplicados al altas lingüístico de Colombia ha señalado que palabras de uso local se han desplazado de norte a sur, de oriente a poniente a tal velocidad que no se puede explicar por motivos económicos si no por motivos de inseguridad y violencia”. Asimismo el investigador bogotano apunta que el fenómeno del desplazamiento debe ser analizado humanamente y no estadísticamente, ya que la mayor parte de estos desplazados terminan en las periferias urbanas, en zonas de alta marginación, desconectados de sus raíces de origen. Así, sale a flote un problema que la misma sociedad no quiere ver ni reconocer, fenómenos que se comparten en México.

Ahora, si el bien más importante para ambas sociedades es la pacificación hay otra cuestión íntimamente conectada: ¿cómo logramos el máximo nivel de justicia? En opinión de Palacios, la unificación del derecho penal solo podría funcionar si pudiésemos asumir que los Estados fuesen completamente legítimos. De otra manera, se trata de un error ya que “en ambos países los niveles de ilegitimidad son altos, por ello el crimen organizado cuenta con un fuerte base de apoyo social, creando extensas redes de protección política”. Otro factor clave es “contar con un modelo de justicia transicional, como el conjunto de medidas judiciales y políticas para la reparación de violaciones masivas de derechos humanos, es un paso indispensable para ganar un mayor nivel de pacificación, ya que no estamos como para hablar de la pureza en la aplicación del derecho, en ninguno de los casos”

En términos urbanos y del espacio público donde se manifiestan los problemas descritos una pregunta ronda a urbanistas, políticos y muchos mexicanos: ¿podemos afirmar que el incorporar en México el modelo de gestión urbana de ciudades como Medellín, podría ayudar a reestructurar el tejido social en urbes que están siendo azotadas por el crimen organizado, por ser plazas en disputa entre diferentes carteles? Palacios considera que realmente el modelo inició en Bogotá en la década de los 80, “donde decidieron edificar catedrales en aquellas zonas deprimidas, fungiendo como escuelas, donde las mejores universidades privadas enviaban profesores para educar a jóvenes. Estos docentes fueron protegidos por la misma comunidad, resultando en un caso de éxito en bajar los índices delictivos en estas zonas. Medellín replicó el modelo con menor éxito con los parques bibliotecas”.

Probablemente se debe a que, en contraste con Bogotá, en Medellín se presenta una mayor estratificación de la pobreza. A pesar de que se tengan elementos urbanísticos innovadores como un teleférico que une una parte de la ciudad que antes estaba desconectada del resto, los problemas subsisten pues este sólo abastece el 3% de las necesidades de movilidad de las comunas que atraviesa. Por otro lado, ya ha habido proyectos que asemejan a Colombia y a México; en Medellín el connotado Parque España que generó un ícono urbano que permitió reafirmar el orgullo y la identidad de la comunidad de jóvenes, efecto que vemos replicado en las periferias de la propia Ciudad de México con espacios tan exitosos como del Faro de Oriente en Iztapalapa.

Ciertas partes de México viven en condiciones similares a los que describía Fernando Vallejo en su novela La Virgen de los sicarios, por ello tenemos la tarea de empezar a reconstruirnos a nosotros mismos y a nuestras ciudades. Como personas y como sociedad tenemos que identificar y debatir a fondo cuales son nuestros principales problemas y como intentar solucionarlos de modo replicable en muchos puntos del país con el fin de que los niños y jóvenes tengan un mejor panorama y no encuentren a un país devastado cuando lleguen a ser adultos. Concluyo y hago énfasis que la libertad en sus múltiples formas, desde la económica, política, personal, la libertad expresión y de prensa, es el principal camino al desarrollo y prosperidad. Por lo que las ciudades deben contar con cada vez más espacios que la fomenten.

 

* Román Meyer es maestro en Gestión Urbana (UPC). Docente en el Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México, se ha enfocado en la administración de proyectos de diverso enfoque siempre vinculados a temas urbanos como son: seguridad, salud pública, movilidad, evaluación financiera, desarrollo inmobiliario, entre otros. Cofundador de Central Urbana.

 

 

 

El Doctor Palacios cuenta con importantes publicaciones sobre el tema como Between Legitimacy and Violence. A History of Colombia, 1875-2002, Colombia,  Fragmented Land, Divided Society, Oxford University Press, New York, 2002 o Violencia pública en Colombia, 1958-2010, FCE, Bogotá, 2012.

Estas ideas han sido discutidas en la obra de Amartya Sen, en particular en su libro “Development as Freedom”.

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