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Cómo sobrevivirán los partidos políticos en México
Innegablemente, los partidos políticos son buenos instrumentos para canalizar y procesar profesionalmente las demandas sociales, pero ensimismados han terminado por germinar un movimiento antisistema mundial.
Por Central Ciudadano y Consumidor
9 de marzo, 2016
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Por: José Eduardo Romero Ramírez (@jeduardoromero)

Hay una reflexión que urge hacer a todo el sistema de partidos políticos en México. Según los últimos números de las encuestas, cada vez menos mexicanos creen en los partidos. Además, parece, son mayoría. Los encuestados que se manifiestan independientes han subido alrededor del 50% en las más recientes mediciones. Lo anterior a diferencia del principio de siglo, donde los estudios respectivos (Estrada, 2004) referían a un segmento independiente de entre un cuarto y un tercio del electorado.

Lo que esos estudios preveían desde entonces fue un acelerado crecimiento de los independientes y así ha venido ocurriendo, pero también se encontró que este tipo de electores son más influenciados por factores de corto plazo, como los candidatos carismáticos o el efecto de las campañas políticas. Por eso, podría ser que estén más susceptibles a los candidatos independientes, que regularmente están fundados en personajes carismáticos. Cosa en la que ahondaremos más adelante. El caso es que este tipo de electores son volátiles en su decisión de voto o, si es el caso, más proclives a abstenerse si ninguna opción electoral les resulta lo suficientemente atractiva.

Parece que esas características de los electores independientes de una preferencia política en lo particular se sostienen a la fecha, sólo que se han incrementado. Los electores partidistas son más firmes en sus preferencias electorales, ya que están arraigados a través de procesos psicosociales, por lo que básicamente esa identidad se finca de forma tan definitiva que difícilmente se cambia en la vida. (Moreno, 2003 y 2009)

La cuestión es: ¿Por qué se han venido disolviendo estas identidades partidistas engrosando a los electores sin compromiso por alguna opción política? Considero que la culpa ha sido de las élites partidistas cuyos intereses se sobreponen al de las instituciones, pero sobre todo a los del país en su conjunto. Especialmente se confiaron a que, como siempre, a las grandes mayorías les sería indiferente.

El problema es que de entonces a la fecha han sucedido una serie de cambios en el mundo, que han minado esas preferencias políticas. Se puede observar desde un recambio generacional en el electorado con una socialización política muy distinta, hasta una mayor participación de las tecnologías en el ámbito político.

Innegablemente, los partidos políticos son buenos instrumentos para canalizar y procesar profesionalmente las demandas sociales (Ezrow, 2011; Mainwaring y Torcal, 2015), pero ensimismados han terminado por germinar un movimiento antiestablishment (antisistema) mundial.

En el caso particular de nuestro país, su manifestación se ubica en los independientes. No obstante, no es un fenómeno circunscrito a México: ahí están los súbitos orígenes y crecimientos de los nuevos partidos en España, que tienen sumido al país en una crisis de gobernabilidad; ahí están los candidatos Donald Trump y Bernie Sanders, irrumpiendo (el primero más exitosamente que el segundo) en el escenario electoral de EUA, poniendo en jaque a los candidatos del sistema; ahí están las nuevas opciones y tendencias políticas xenófobas en Alemania, cuestionando la estabilidad de la última década y la gran coalición encabezada por Angela Merkel. Bueno, hasta en Suecia -tan estable con su tradición hegemónica socialdemócrata- están preocupados por la creciente opción nacionalista extrema.

El tema, más allá de sus distintas manifestaciones, es que las opciones políticas que se manifiestan contra el status quo, sea bueno o malo, se transforme rápido o lento, pero tan sólo por ser tradicional, están obteniendo adeptos entre el electorado más joven. Un electorado ansioso por un mundo distinto, que están mucho más enterados gracias a la Internet, y parece que aquello de que se enteran no es de su agrado.

En el caso de México, son pocas esas opciones trasgresoras. En algún momento, pudo haber capitalizado ese sentir el partido MORENA, pero su líder no es precisamente un personaje ajeno al sistema político tradicional. Es más, la mayoría de las autoridades electas no son independientes puros; si bien accedieron al poder sin estar afiliados a un partido político, la mayoría tienen antecedentes en alguno. Aunque para los electores, esos independientes verdaderamente suenan ajenos a lo de siempre.

Por otro lado, ya empezamos a ver los riesgos de este narcisismo abyecto, cuando los proyectos independientes no provienen de un proyecto específico y sustentado, sino de puntadas demagógicas (i.e. “El Bronco” en Nuevo León). Regularmente estas candidaturas independientes provienen de las escisiones partidistas de aspirantes relegados en los procesos de sus respectivos partidos. Sin duda, al acceder al poder hay un dejo de revanchismo y egocentrismo, de quien contra todo y todos llegó al cargo público. Cosa que no tiende a ser lo más óptimo cuando de tener que gobernar a todos se trata.

En ese sentido, con sus matices, el expresidente Vicente Fox tiene razón: el detalle está en que los candidatos independientes no responden a nadie más que a sí mismos. Tan puede ser que ellos mismos sean muy buenos como puede ser que sean muy malos. Un partido político, por lo pronto, les permite a sus potenciales candidatos generar experiencia y un cierto nivel de profesionalización para la función pública; ambas cosas nada desdeñables dado el estado de cosas en la administración pública y la actividad legislativa.

Empero, el problema no está en los partidos políticos como instituciones. La ideología, la plataforma, la mística política no cometen excesos; simplemente son y pueden inspirar el ejercicio público, pero no son determinantes en la praxis. La práctica política es reflejo de sus practicantes. Si la clase política es soberbia, abusiva y corrupta lo es porque quienes la ejercen así son. Sobre todo, porque las reglas del juego se los permiten. Y ahí es donde, entonces, sí se requiere modificar a las instituciones para que estén a la altura de las circunstancias y logren darle la vuelta a la contrariedad que significa para la democracia que prevalezcan voluntades concentradas o unívocas para la selección de candidatos.

Lo previamente dicho representa el mayor reto para que estas organizaciones políticas sobrevivan ante la realidad actual, pues el problema yace en que los partidos cada vez resultan menos necesarios ante las transformaciones sociales que estamos viviendo apoyados en la tecnología. La democracia representativa surgió como la alternativa en sociedades grandes cuyo número hacia imposible la democracia directa, aquella ideal deliberativa donde todos los ciudadanos se reunían en el Ágora para decidir sus destinos.

Cada día que pasa estamos más conectados. Con cada vez más acceso a la Internet, las redes sociales pueden organizarnos en minutos, por lo que una anquilosada maquinaria partidista ya no resulta tan necesaria o tan eficiente. Con cada vez más medios de comunicación, lograr captar la atención del gobernante para demandarle servicios o respuestas no es algo que dependa en conocer a alguien para que abra la puerta e indique el camino. Con cada vez más videos en tiempo real, se pueden observar y evidenciar los excesos de la sociedad mexicana, con especial énfasis al segmento privilegiado al que se le cuestiona ante la desigualdad percibida. Y, claro, también es atractivo que el “linchamiento” puede ser en tiempo real. Conocer pues las entrañas del sistema ya no es una prerrogativa de unos pocos. Es decir, la caja negra de David Easton ha dejado de serlo en nuestros días.

También, por eso mismo, al enterarse de tantas cosas que antes eran los entresijos de la vida política, el ciudadano promedio se escandaliza y enajena hacia la política. Al no querer saber de ésta, se manifiesta (y vota) en contra de sus principal representación: los partidos políticos tradicionales. Sobre todo los más jóvenes, los millenials, que no tienen mayor referente que el hastío diario que perciben en las redes sociales (con o sin manipulación).

La crisis de desconfianza se incubó desde los mismos partidos. Ésta ahora los tiene quebrándose la cabeza viendo cómo se reconstituyen, cómo sobreviven al “desastre” de una ciudadanía más informada, más exigente y mucho menos dócil y creída. Lo peor sería actuar de forma reaccionaria y evitar el cauce natural que están tomando las cosas; lo mejor sería actuar en consecuencia, adaptarse y sujetarse a las nuevas tendencias. No obstante, la solución en muchos estados del país ha sido dificultar los requisitos para poder postularse como candidato independiente a un puesto de elección popular. Los partidos políticos apuestan a la prohibición y a la exclusión, en lugar de jugársela con la inclusión para su potenciación.

Ojalá que, antes de que los partidos dejen definitivamente de ser el vehículo por el cual la representatividad política se hace realidad en la democracia, los tomadores de decisiones en éstos entiendan que hay que ceder para sobrevivir, que hay que ser más sensibles a las necesidades sociales y vincular a sus candidatos a éstas. Una propuesta para buscar la redención política y generar nuevas adhesiones: elecciones primarias abiertas para definir sus candidatos.

Las elecciones primarias son procesos democráticos internos de los partidos políticos para definir las candidaturas de los mismos. En ese sentido, hay dos tipos: cerradas y abiertas. Las cerradas implican que sólo los miembros del partido en específico pueden participar en las votaciones para definir a sus candidatos; las abiertas consisten en la participación de toda la población para elegir a los candidatos que abanderaran a los partidos.

Teóricamente cada uno tiene sus consecuencias particulares: las primarias cerradas pueden propiciar candidatos más ideológicamente comprometidos con sus partidos, hasta quizás extremistas, pero muy vinculados a sus aparatos partidistas; las primeras abiertas pueden llevar a la selección de candidatos más moderados y cercanos a las posiciones promedio de la población en general.

A diferencia de otros países, esta carta podría resultar novedosa para los partidos políticos. Al abrirse estarían garantizando su supervivencia, ya que los distintos aspirantes a puestos de elección popular, hoy sujetos irremediablemente a los usos y costumbres -disfrazados de normatividad interna- de los partidos políticos, podrían tener una oportunidad de sentirse incluidos y partícipes, por lo que no tendrían que separarse de su militancia partidista.

Como ya se decía, la mayor parte de los candidatos independientes en México han surgido de defecciones partidistas. Y es que sólo hay dos formas de mantener la unidad en un partido político: la competencia interna, para que el vencido sepa tangiblemente por qué perdió, o la inclusión de todas las partes, para que los no fueron ungidos tengan una plataforma para seguir sus carreras políticas.

El problema con esta última opción es que nunca serán suficientes los espacios que un partido político pueda ofrecer. Primero, por la incertidumbre natural del juego democrático, donde ninguna contienda tiene garantizado el triunfo del todo. Segundo, porque paradójicamente un partido político exitoso creará más y mejores cuadros con mayores aspiraciones y proporcionalmente menos puestos donde hacerlas realidad.

Eventualmente, habrá una coyuntura en la que un potencial candidato que no sea seleccionado sienta que tiene los méritos y respaldos suficientes para vencer al ungido y buscará esa opción a como dé lugar. Sin embargo, de competir, así perdiera por unos pocos votos, sería mucho más fácil admitir que el elegido lo fue porque democráticamente tuvo más apoyo. El porqué de la derrota es tangible.

Efectivamente, el abrir la definición de candidatos a través de elecciones primarias haría que las élites partidistas, tanto liderazgos formales como informales, perdieran poder significativamente. El problema es que ya ninguno de los partidos políticos tiene una forma definitiva de conectar con la población mayoritaria, pues sus procesos se han cerrado a tal grado que sólo camarillas internas, así como sus familiares o compromisos, a veces sin arraigo real en sus comunidades, acceden a las candidaturas, deslegitimándolos ante el electorado sin ataduras partidistas, que actualmente es la mayoría.

Los “indignados” o hasta los más radicales dentro del espectro político podrían tener una oportunidad de participación con candidatos afines a sus tendencias específicas en las elecciones primarias abiertas. De ese modo, además, estaríamos evitando la generación de enconos sociales por exclusión política. Mucho daño hace a las sociedades democráticas que haya algún segmento de éstas que se sienta ajeno al ruedo político, ya que ello puede detonar en conductas antisociales, como la apatía catatónica o, peor aún, la violencia.

La supervivencia de los partidos políticos mexicanos pasa ineludiblemente por reinventarse. Innegablemente, en el trayecto sus élites perderán algún grado de poder. De otro modo, seguirán surgiendo los independientes, que en el caldo de cultivo que ya describíamos al principio, resultan harto atractivos para un electorado cada vez menos socializado para ver el mundo político a través de un tamiz partidista. Ese electorado cada vez más informado e inconforme gusta de romper paradigmas ante una realidad inconvincente.

Para que los partidos puedan acercarse de alguna manera a ese electorado independiente y desencantado de la política tradicional, para que puedan entusiasmarlo nuevamente, las elecciones primarias abiertas para definir a sus candidatos son una opción pertinente y hasta urgente.

 

* José Eduardo Romero Ramírez es Politólogo por el ITAM y Abogado por la UNAM. Investigador Externo de Política y Elecciones en Central Ciudadano y Consumidor, AC.

 

 

Referencias:

Estrada, Luis (2004), “Determinantes y características de los independientes”. Disponible aquí.

Ezrow, Natasha M. (2011), “The Importance of Parties and Party System Institutionalization in New Democracies”, Disponible aquí.

Mainwaring, Scott y Mariano Torcal (2015), “Party system institutionalization and Party System Theory after the Third Wave of Democratization”, Disponible aquí.

Moreno, Alejandro (2003), El votante mexicano: Democracia, actitudes políticas y conducta electoral. México: Fondo de Cultura Económica.

 

 

Ver las últimas encuestas de Consulta Mitofsky “México: Evolución de las identidades partidistas” aquí o de Parametría “Voto duro de los partidos a la baja; crece voto independiente” acá.

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