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Organización sin fines de lucro que busca incidir en la ampliación y fortalecimiento de las lib... Organización sin fines de lucro que busca incidir en la ampliación y fortalecimiento de las libertades, derechos fundamentales, transparencia y educación de los ciudadanos y consumidores, para que participen con mayor eficacia en el desarrollo y evaluación de sus instituciones. (Leer más)
México e Inglaterra: entre Bond y El Santo
La crisis de confianza y credibilidad que enfrenta nuestro país requiere de identificar causas y orígenes de la misma y por eso entender la experiencia inglesa puede ser una oportunidad clave para contrastar experiencias, retomar el camino y salir de esta crisis. En este texto se proponen cinco aspectos en los que valdría la pena acercar el conocimiento de ambos países.
Por Central Ciudadano y Consumidor
10 de abril, 2015
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Por: Bernardo Altamirano Rodríguez (@beraltamirano)

Marzo fue para México un mes intenso en contenidos británicos. No sólo fue la visita de Estado del presidente Enrique Peña Nieto a Londres, sino también fue la filmación de James Bond en México. Lo anterior se da en el marco del “Año Dual México-Reino Unido”, el cual tiene el objetivo de propiciar el mejor entendimiento entre ambas sociedades. Según lo describen las autoridades organizadoras, “el Gobierno de México está preparando un ambicioso programa de actividades artísticas, culturales, educativas, científicas, económicas, gastronómicas y turísticas, que buscan dejar como legado una base más sólida para la colaboración mutua en el futuro”. La agenda es amplia y dinámica, pero omite abordar temas de fondo que representan una oportunidad para convocar a reflexiones sobre nuestras culturas y tratar de entender mejor qué nos une o separa, y sobre todo, qué podemos aprender. La crisis de confianza y credibilidad que enfrenta nuestro país requiere de identificar causas y orígenes de la misma y por eso entender la experiencia inglesa puede ser una oportunidad clave para contrastar experiencias, retomar el camino y salir de esta crisis. Aquí propongo 5 aspectos en los que valdría la pena acercar el conocimiento de ambos países.

Entre el Parlamentarismo y el Nacionalismo Revolucionario

La génesis y desarrollo de la democracia liberal, en general, y del parlamentarismo moderno, en particular, están intrínsecamente vinculados con la historia política de Inglaterra, cuyo eje rector ha sido la fórmula para acotar y limitar el poder absoluto y despótico de los monarcas, tanto en lo referente a decisiones políticas discrecionales, como en el reconocimiento y protección de libertades y derechos fundamentales de los gobernados. Es difícil resumir en breves líneas este largo recorrido, pero basta recordar algunos episodios clave: la instalación del Curia Regis en 1066, la muy relevante Carta Magna de 1215, la Petición de Derechos de 1628, la Guerra Civil de 1649, el Bill of Rights de 1689, la supremacía del parlamento con el Acta de Derechos de 1689 y el Acta de Establecimiento, la reforma de 1832 (que amplía el sufragio a la clase media adinerada) y posteriormente el sufragio universal en 1918. Durante esta trayectoria los poderes absolutos del monarca gradualmente fueron eliminándose, empezando por las facultades para establecer y recaudar impuestos, para transitar de una instancia de consulta a una legislativa, así como para pasar de una fórmula de control de poder, hasta convertirse en el origen de la formación de las coaliciones mayoritarias de gobierno; también ha sido fundamental para pasar de un sistema nobiliario y burgués, a uno popular y representativo. Este proceso tuvo en la mira el acotar y limitar el ejercicio del poder a lo que establece la ley, y a generar mecanismos de tomas de decisión más horizontales y representativos.

De nuestro lado, tenemos momentos clave a partir de nuestra Independencia, como lo son la Constitución de 1824, en la que se adopta un sistema de gobierno republicano, representativo y popular y nos acerca más al modelo de gobierno de nuestro vecino del norte; la tensión entre centralismo y federalismo condujo a la Constitución centralista de 1836 (conocida como las Siete Leyes), en la que se establece un Supremo Poder Conservador y la creación de departamentos (en lugar de estados); posteriormente la balanza se inclina a favor de los liberales, quienes impulsan las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857, donde se plasma por primera ocasión el Juicio de Amparo -siendo éste una de nuestras principales aportaciones al mundo-, así como un conjunto de libertades –imprenta, expresión y derecho de petición-, y el retorno al sistema federal. Finalmente llegamos a la “vigente” Constitución de 1917, que parte de principios liberales de su antecesora, pero incorpora instituciones sociales, como el ejido, los derechos sociales de los trabajadores o la educación pública gratuita.

Mientras que en Inglaterra la lucha consistió en cómo limitar el poder del monarca, en México nuestra Constitución, al combinarse con un sistema político presidencialista, autoritario y de partido hegemónico, hizo que se exacerbara el poder presidencial, y se desarrollaron dos fenómenos: por un lado, lo que Jorge Carpizo definió como facultades metaconstitucionales del presidente, y por el otro, lo que con gran claridad describió Octavio Paz en “El Ogro Filantrópico”, como el nacionalismo revolucionario, el cual consistió en una cultura que permeó las esferas gubernamentales, legislativas, judiciales, sindicales, empresariales, artísticas, intelectuales y ciudadanas, en las que predominaron tres prácticas: burocratismo, patrimonialismo y centralismo. Como vemos, ambas concepciones de ejercicio del poder fueron en direcciones opuestas. La cúspide del presidencialismo enfrentó una lenta transición democrática en México, misma que fue impulsada por movimientos sociales, el avance de la oposición en lo local, el firme avance de una agenda global y una gran tanda de reformas constitucionales liberales, lo que condujo a nuestra primer alternancia. Todo lo anterior ha contribuido a cambiar el cascarón de nuestro sistema, pero las prácticas de ese Ogro siguen más vigentes que nunca.

Uno de estos aspectos más vigentes es el patrimonialismo, en donde prevalece ese sentimiento de nuestros gobernantes de que su función y bienes para cumplir con la misma pertenecen a su patrimonio, desde helicópteros, fiestas privadas en recintos senatoriales o en la Rotonda de las Personas Ilustres, hasta por supuesto, todos aquellos quienes se aprovechan de regalos de contratistas, conflictos de interés, compadrazgos y sacar todo tipo de beneficio propio. Razones todas que hacen que la clase política enfrente hoy la peor crisis de credibilidad de nuestra historia moderna. Desde Inglaterra nos dirían: lo que pasa es que no entiende(n) que no entiende(n). Lo pongo en plural, pues debe extenderse a políticos de todos los colores y sabores.

En este contexto, un primer aspecto que podría discutirse en este Año Dual, es qué podemos aprender de una nación que no tiene formalmente un Constitución escrita, cuyos orígenes fundacionales se remontan al S. XI, en comparación con nuestra Constitución promulgada hace casi 100 años y tiene más de 580 reformas -pues se ha vuelto el espacio donde se plasman los logros y agendas políticas, no la fuente de nuestro marco normativo. Sin duda sería de gran interés poder evaluar y comparar qué es lo que ha hecho a un sistema infinitamente más estable que el otro, capaz de construir mayorías gubernamentales orientadas a promover libertades de los ciudadanos, y limitar el uso arbitrario y caprichoso del poder. Asimismo, podrían compararse y discutirse figuras como la Carta Magna que este año cumple su 800 Aniversario y la Petition Right, de la mano de los alcances del amparo mexicano, su evolución y actualidad posterior a la muy trascendente reforma de 2011.

Libertades, propiedad privada y pacto social

Este es un tema de los más apasionantes que nos permitirían entender mejor nuestras diferencias culturales frente a los ingleses y hacernos una serie de cuestionamientos a la luz de los principios liberales del pensamiento político. Desde el S. XVI los pensadores y filósofos ingleses ejercieron un liderazgo indiscutible en la discusión sobre las libertades, la propiedad privada y las bases del pacto social. Desde Thomas Hobbes con su Leviathan (1651), quien fue promotor de la teoría del contrato social, de los derechos del individuo, de la igualdad entre los hombres, y el carácter artificial del orden político, así como del reconocimiento que el poder debía ser representativo. Esta misma base fue compartida en mucho por el gran filósofo John Locke, quien agregaría que en su estado natural, la gente era igual e independiente, y todos tenían un derecho natural a defender su vida, salud, libertad o posesiones. Para estos filósofos, los individuos ceden derechos a la autoridad en beneficio de su propia protección. Este debate se encuentra muy presente en México y sería el segundo aspecto a buscar los encuentros y acercamientos. Hoy más que nunca debemos discutir sobre la vigencia de nuestro pacto social y si el equilibrio de las libertades a las que hemos renunciado es proporcional y correlativo al poder del Estado y la eficacia de sus acciones. En este ejercicio debemos desarrollar una profunda reflexión desde la trinchera ciudadana para saber si el ejercicio de nuestras libertades está balanceado con el de nuestra responsabilidad individual, y qué tanto contribuimos a (des)gobernarnos.

En relación con el tema de propiedad privada, un gran referente es el mismo John Locke, quien argumenta en Two Treatises (1689) que la propiedad es un derecho natural y se deriva del trabajo y la producción de bienes benéficos para la sociedad. En este sentido, la naturaleza por sí misma provee poco valor a la propiedad, y así el trabajo empleado en la creación de bienes les da un valor. En este sentido, Locke planteó que la propiedad precedía a los gobiernos y estos no podían disponer arbitrariamente de las propiedades de sus súbditos. Todos estos principios señalados fueron de gran influencia en el movimiento de la Ilustración y Revolución Francesa, al grado que en la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789 se reconocen como derechos naturales e imprescriptibles del hombre, anteriores a los poderes establecidos y aplicables a cualquier lugar y época a la libertad, la propiedad, la seguridad, y la resistencia a la opresión.

En México el tema de la propiedad no proviene de la misma herencia filosófica. Partimos de una institución colonial como la encomienda y evoluciona al plasmar en nuestro actual Artículo 27 constitucional que la propiedad de aguas y tierras “corresponde originariamente a la Nación”, quien puede transmitir el dominio a los particulares y constituir la propiedad privada. Es decir, a diferencia del pensamiento de Locke, la propiedad privada no es un derecho natural, sino que nos es concedida por el Estado, quien además puede imponer modalidades a ésta y proceder a expropiarla por utilidad pública y mediante indemnización. Este tercer aspecto a debatir, permitiría descifrar esta visión estatista de la propiedad e incluso remontarnos al origen de la encomienda, nos permitiría entender por qué en la actualidad tenemos una economía tan estatista, en la que agentes privados buscan nuevas modalidades de “encomiendas” –licitaciones, concesiones, contratos públicos.

Y así podríamos seguir con una gran lista de filósofos clásicos, como John Stuart Mill, utilitaristas como Jeremy Bentham, economistas como Adam Smith, David Ricardo, Robert Maltus, o grandes pensadores contemporáneos como Isaiah Berlin o John Gray. Es la gran oportunidad de realmente ponernos frente al espejo de las grandes ideas que han contribuido a generar una profunda identidad liberal al mundo. Claro que tendríamos mucho que aportar en este listado, desde Mariano Otero, los liberales del S. XIX, Jesús Reyes Heroles, por supuesto el mismo Octavio Paz. En cuanto al tema de propiedad privada, valdría la pena incluso identificar qué tanto el pensamiento de Emiliano Zapata se identifica con esa visión de Locke.

New Right y Neoliberalismo 

De la mano de los cambios políticos se transformaron las instituciones económicas y las prácticas comerciales. Los años 80 marcaron la década de la entrada de una nueva visión política y económica, en la que se buscaba desde todos los frentes generar un Estado menos obeso y más eficiente, en donde se considera que la competencia era la forma natural de los asuntos económicos en el largo plazo. Este movimiento conocido como el “New Right”, tuvo dos potentes turbinas. Por un lado, Ronald Reagan en EUA, por el otro, Margaret Thatcher, quien en Inglaterra comenzó una amplia tendencia para privatizar, liberalizar y abrir a la competencia industrias monopólicas bajo el poder del Estado, replantear la visión benefactora de éste e insertar la industria inglesa a los retos de los mercados globales. Esto implicó tensión entre gobierno y fuerzas sindicales, caracterizadas por largos períodos de huelgas y paros, mientras que la misión gubernamental consistió en eficientar dichas industrias, alejarlas de la manipulación y vaivenes políticos y ampliar la satisfacción de los usuarios. Estas reformas requerían una estructura gubernamental diferente, con lo que se impulsó la creación de agencias reguladoras.

Nuestra experiencia en esta materia es más similar a la inglesa que a la estadounidense, pues también implicó un proceso de privatización de monopolios públicos, en lugar de limitar la expansión de monopolios privados. Desde el gobierno de Miguel de la Madrid comenzó a gestarse y tomar el control una generación política y gubernamental que por primera ocasión buscó reducir responsabilidades económicas y sociales del Estado, introdujo mecanismos de mercado e impulsó hasta donde fue posible procesos privatizadores y liberalizadores. Desde el sector de telecomunicaciones, hasta el de ferrocarriles; desde el de aeronáutica, hasta la banca. Hoy sin duda el gran avance es en materia energética. Este proceso es conocido en México como “neoliberalismo” y representó un gran choque con ese nacionalismo revolucionario, lo cual incluso desembocó en una de las peores escisiones del PRI, del cual se separaron liderazgos como Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas, quienes a la postre darían vida al PRD. Solo para darnos una idea de lo complejo y profundo de los cambios, José Roldán Xopa describe que en 1934 el sector paraestatal tenía 15 órganos; en 1962 creció a 206; en 1982 avanzó exponencialmente a 1155; mientras que en 1993 se redujo a 213. Estas transformaciones han sido adecuadas, pero insuficientes, pues no ha sido posible dar el paso a una nueva era económica, pues en muchos casos prevalece la corrupción, quien contamina los beneficios de la competencia, y múltiples trabas, burocratismo y sobrerregulaciones tanto federales, como locales, que nos mantienen anclados.

En este sentido, el cuarto aspecto consistiría en hacer un acercamiento entre ambas naciones, que permitan compartir experiencias, para enriquecer estos procesos y entenderlos en un contexto más amplio, identificar éxitos, fracasos y pendientes. Aquí sería de gran valor el reunir a académicos, especialistas, líderes sindicales, empresas, exfuncionarios públicos de las otrora empresas estatales. Asimismo, sería de gran utilidad invitar a representantes del Partido Laborista, quienes al regresar al mando con Tony Blair no hicieron una contrarreforma económica para anular estos avances, sino que se sustentaron en los mismos para propiciar mayor crecimiento económico e impulsar su política social. Estos elementos valdría la pena sean conocidos por nuestras “izquierdas”.

Hacer fila, ética y dignidad política

Si bien no es un tema propiamente institucional, también valdría la pena compartir experiencias en materia de cómo se han enfrentado crisis políticas, para evitar deterioro de las instituciones y perder la confianza ciudadana. Recordemos el caso de David Blunkett, quien es un político inglés nacido en una familia de escasos recursos económicos y se destacó por una larga trayectoria basada en el mérito y esfuerzo. Desde niño, Blunkett padece una discapacidad visual y era notoria su presencia en Westminster, ya sea como miembro del parlamento o ministro, al acompañarse por su perros guías. En el gobierno de Tony Blair encontró su más alta responsabilidad política, al ser designado Ministro del Interior, a la que tuvo que renunciar en 2004 por cuestionamientos de haber ayudado a la nana de su pareja sentimental a obtener una visa fast-track. Nunca se le acusó ni probó haber roto la ley ni en flexibilizar los requerimientos administrativos, sólo por el hecho de que la nana se brincara la fila. En una entrevista posterior Blunkett reconoció que “mi mundo entero se colapsó a su alrededor. Estuve bajo la más terrible presión. Apenas dormía… Mi salud física y emocional estaban rotas”. Sin duda su renuncia se presentó en condiciones de dignidad y ética política, evitó deterioro de las instituciones y el rechazo de los ciudadanos de sus políticos.

Esta conducta para la gran mayoría de nuestros políticos parecería una exageración. Escándalos de mayor envergadura hemos visto en México y no pasa nada: conflictos de interés, viajes pagados por empresas, “diputables”, legisladores que usan el fuero para no ser sometidos a arresto administrativo por orinar en la calle o por estar borrachos, patrimonios millonarios inexplicables, corrupción, adolescentes muertos en el News Divine, y un sinfín de casos. Lamentablemente en nuestro país prevalece la prepotencia de nuestras autoridades, desde presidentes, gobernadores, legisladores, hasta policías de tránsito o choferes de colectivo, quienes creen que ellos no deben respetar un semáforo. Estamos ante una clase política que cree estar por encima de la ciudadanía, sentirse superiores en cuanto a su papel en la sociedad, y por eso se encuentran tan desacreditados y la confianza se encuentra rota. En este sentido un quinto aspecto en el acercamiento consistiría en comparar cómo viven los políticos y servidores públicos en Inglaterra, para compararlos con los opulentos y prepotentes mexicanos, en donde exgobernadores de los estados más pobres tienen propiedades millonarias en el país y en el extranjero, y empezar a obligar a los políticos a que hagan fila.

***

Todos estos elementos son parte del debate que nos merecemos. No me queda la menor duda que desde el punto de vista diplomático es un gran logro celebrar un Año Dual con un país que ha aportado tanto al mundo en lo político, económico, literario, musical, deportivo, etc., y por eso nos merecemos entender las raíces de ambas naciones, nuestro pensamiento y realidades. Esto sí dará pauta a un mayor acercamiento entre ambas naciones, sociedad, empresas y gobiernos. Debe ser un año de encuentros sociales, no de socialités, un espacio cívico, no de comitivas, un espacio para entender el ejercicio y límites del poder, no para seguir abusando del mismo. El Año Dual es una oportunidad inmejorable para avanzar en la agenda de la libertad en México.

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