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C al cubo
Por Central Ciudadano y Consumidor
Organización sin fines de lucro que busca incidir en la ampliación y fortalecimiento de las lib... Organización sin fines de lucro que busca incidir en la ampliación y fortalecimiento de las libertades, derechos fundamentales, transparencia y educación de los ciudadanos y consumidores, para que participen con mayor eficacia en el desarrollo y evaluación de sus instituciones. (Leer más)
¿Quién nos (des) gobierna?
Todos los días observamos o enfrentamos situaciones que atentan no sólo contra la ley, sino contra principios y valores cívicos elementales que son los que nos cohesionan y dan viabilidad como comunidad. Actos que no sólo quedan sin castigo, sino que incluso no ameritan el repudio social. Nuestra comunidad vive en una “normalidad” infractora y autodestructiva que genera una complicidad entre autoridades y ciudadanos.
Por Central Ciudadano y Consumidor
24 de noviembre, 2014
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Por: Bernardo Altamirano Rodríguez (@beraltamirano)

Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna.

Acordó de hacer un banquete, así por no poderlo llevar como por contentarme: que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en una valladar y dijo:

-Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos deste racimo de uvas y que hayas de él tanta parte como yo. Partirlo hemos de  esta manera: tú picarás una vez y yo otra, con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva.

Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta suerte no habrá engaño.

Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance, el traidor mudó propósito, y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura no me contenté ir a la par con él; más aún pasaba adelante: dos a dos y tres a tres y como podía las comía. Acabado el racimo, sostuvo un poco el escobajo en la mano, y, meneando la cabeza, dijo: -Lázaro: engañado me has. Juraré yo a Dios que has comido las uvas de tres a tres. 

 -No comí -dije yo-; mas ¿por qué sospecháis eso?

 Respondió el sagacísimo ciego:

 -¿Sabes en qué veo que las comiste de tres a tres?

 -En que comía yo dos a dos y callabas

Extracto del Lazarillo de Tormes

 

Indudablemente la grave ingobernabilidad que vivimos es resultado de acciones y omisiones de nuestras autoridades, producto de inexistentes agendas en materia de seguridad pública y combate a la corrupción, cuya mezcla de efectos produjo el terrible cocktail molotov que hoy atrae la atención nacional y global. Nuestros gobernantes indudablemente tienen una gran responsabilidad de la presente situación: falta de atención, inadecuada lectura de los problemas y de la realidad misma, la terrible corrupción que consume a nuestro país sin importar colores ni sabores, la violencia misma, los compadrazgos que fortalecen a las oligarquías y lastiman al ciudadano común y corriente. Si bien tenemos que exigir a nuestros gobernantes que rindan cuentas, también tenemos que preguntarnos ¿cómo llegamos hasta aquí?

Todos los días observamos o enfrentamos situaciones que atentan no sólo contra la ley, sino contra principios y valores cívicos elementales que son los que nos cohesionan y dan viabilidad como comunidad. Actos que no sólo quedan sin castigo, sino que incluso no ameritan el repudio social. Nuestra comunidad vive en una “normalidad” infractora y autodestructiva que genera una complicidad entre autoridades y ciudadanos. En efecto, cual Lazarillo, la ciudadanía ha visto cómo autoridades ciegas toman más uvas de lo acordado y en lugar de ponerles un alto, también busca beneficiarse indebidamente. Esta tolerancia ha sembrado raíces y se ha convertido en una pandemia que se sustenta en un sistema informal de incentivos en torno a la corrupción e ilegalidad, que deteriora gravemente la confianza social y que es herencia de una época autoritaria en la que quien denunciaba, arriesgaba su propia vida. De ahí que la ruptura de ese “concierto” es la razón por la que muchos pensamos que debe renovarse el pacto social. Se requiere una profunda reingeniería institucional que ordene y oriente los incentivos hacia mejores esquemas de gobernabilidad democrática, convivencia y respeto de las libertades y derechos fundamentales, las cuales se acompañen con acciones que se realicen desde lo individual. De no conjugarse estas dos medidas –macroprocesos y microacciones-, ocurrirá lo trampa que describe Gabriel Zaid de reformar todo para que todo siga igual. Por eso, esta grave crisis nos obliga a hacer una profunda reflexión sobre qué tanta responsabilidad tenemos en lo individual en esta “normalidad” y qué podemos hacer para contribuir a ser parte de la solución para cuando las autoridades tomen uvas de más, pongamos de manera contundente un hasta aquí y no seamos tolerantes ni cómplices de la corrupción.

Revisemos un sencillo ejemplo: el caso de la comunidad integrada por vehículos, peatones y autoridades en nuestras calles. El escenario ideal sería contar con educación cívica elemental que sea el “concierto” del respeto entre todas las partes, en donde detenerse en la esquina sea una muestra de respeto al otro y en la que obedecer un semáforo sería la condición mínima de participar en esa comunidad. Sin embargo, en lugar de atender estos principios elementales y lógicos, ni los vehículos privados ni el servicio público de transporte respetan los semáforos, los ciclistas van en sentido contrario, los peatones no usan los cruceros, conductores que se estacionan obstaculizando cruces peatonales o afectando a los vecinos. Las justificaciones son múltiples: sólo es un minuto, la policía no me va a detener, pago mordida, es que vengo a dejar a mis hijos a la escuela, así llego más rápido y un largo etcétera. La nota común es: mi interés por encima de la de los demás. Es una ruptura permanente del orden público basado en necesidades personales o instintos.

Este caos provoca que las autoridades contraten más policías de tránsito, quienes actúan de manera confusa, contradictoria o discrecional. Lo peor es que ante la nula cultura cívica, los policías son incapaces de poner orden y son los primeros en dar la espalda a quienes infringen el reglamento de tránsito. Por su parte, los conductores afectados no repudian socialmente estas infracciones, sino que lo ven como parte de la “normalidad”.

Este caso evidencia cómo en México la ciudadanía ha fallado en sus responsabilidades cívicas básicas y al mismo tiempo ha fortalecido cadenas que reducen nuestra libertad. El número de policías de tránsito es directamente proporcional a nuestra incivilidad y a la vulnerabilidad de nuestras libertades. Desde el punto de vista económico, resulta irracional ver cómo un contribuyente paga sus impuestos, para que estos se destinen a gastos que podríamos ahorrarnos con una adecuada cultura cívica y del que todos de manera directa o indirecta somos responsables de su permanente corrupción y deterioro. Es un círculo vicioso que evidencia que hemos renunciado a la capacidad de autorregularnos, es decir, a ser corresponsables de gobernar nuestro rumbo. Por eso, si tú, lector, violentas las reglas de tránsito, eres responsable del desgobierno del tránsito, de que se malgasten nuestros recursos en policías de tránsito y en empoderar burocracias que limitan nuestras libertades.

Este ejemplo puede extenderse a múltiples comunidades y temas de manera específica, de cuya sumatoria podríamos identificar el grado de gobernabilidad general que refleja un nivel de cumplimiento de las reglas y la capacidad de las autoridades para atender la demanda de la ciudadanía. Así, tirar la basura en su lugar, no desperdiciar el agua o cuidar tu salud serían microacciones que permitirían generar una mejor gobernabilidad en macroprocesos y evitar que tengamos un Estado cada vez más obeso, aletargado e imposibilitado en atender las verdaderas prioridades y urgencias sociales y económicas. Uno mismo tiene la capacidad de sentar las bases de una mejor gobernabilidad.

Por eso hoy más que nunca resulta indispensable hablar de valores y principios cívicos, e incluso remontarnos a la clásica acepción aristotélica que nos define a hombres y mujeres: el animal político. Tenemos en efecto que reconocer que para lograr desarrollarnos nos necesitamos los unos a los otros, lo que es el principio de la construcción de comunidad y de la ciudad. En este sentido, el animal político es el hombre libre, soberano, que es señor y dueño de sí mismo.

Sin duda alguna hoy más que nunca se requiere fortalecer la cohesión de nuestra comunidad a partir de la propia responsabilidad individual. Necesitamos comenzar a domesticar nuestras necesidades e instintos y fortalecer el respeto al otro. Esta es la antesala para promover la discusión de un nuevo pacto social basado en una efectiva cultura cívica y el reconocimiento de nuestros derechos y libertades fundamentales, en las que cada uno de nosotros seamos corresponsables en gobernar nuestra comunidad. Este será el mejor medio para reconstruir la fracturada confianza entre el ciego y Lazarillo.

La pregunta sería entonces ¿cómo generar un distintivo de comunidad, que crezca gradualmente hasta llegar a ser la mayoría en una sociedad? Empecemos reconociendo que somos animales políticos. Por estas razones, Central Ciudadano y Consumidor felicita y se suma a la iniciativa de #AmigosDeAnimal que impulsa este querido medio. Hoy más que nunca en México requerimos de medios independientes y plurales, pero sobre todo requerimos construir comunidad. Por eso invitamos a todos a participar en esta iniciativa y dar el siguiente paso para que ser Animal Político sea una verdadera actitud cívica, de cómo dialogar, entendernos, estrechar nuestros lazos, pero también para marcar diferencias y fronteras respecto de quienes practican la corrupción, ilegalidad e incivilidad. Ser Animal Político implica ser agente de cambio para fortalecer nuestra comunidad y gobernabilidad.

 

 

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#YoSoyAnimal
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