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2020: el año de las infancias trans
Permitir que niños, niñas y adolescentes adecuen sus actas de nacimiento a su identidad de género no provocará ningún caos. No hablamos ni de hormonizaciones ni cirugías. Hablamos de vivir una infancia con el género que les hace sentirse felices, cómodas y seguras.
Por Geraldina González de la Vega
5 de marzo, 2020
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El Congreso de la Ciudad de México dejó un gran pendiente en su cierre de 2019: la reforma al Código Civil para permitir el cambio de acta de nacimiento, por la vía administrativa, para personas menores de 18 años. Esta implicaría un cambio de enorme trascendencia en las vidas de miles de niños, niñas y adolescentes trans que hoy no pueden disfrutar una infancia sana y feliz.

Trans es una persona cuya identidad de género no coincide con la asignada al momento de nacer y que hace una transición a otro u otros. El género es performativo: es creado a través de una serie de actos que corresponden a “hombre” o “mujer”; se actúa, no se es1. Por ello, no puede ser entendido como binario, sino que es un continuo: cada persona actúa el género que quiere y con el que mejor se siente.

La mayoría de las personas lo actúan conforme a ideas impuestas o socialmente aceptadas sobre “ser hombre” o “ser mujer”. Los más son personas cis, es decir, cuya identidad coincide con el sexo asignado al nacer.

Las personas trans pueden adecuar su género a lo masculino o a lo femenino, o no. Reconocer la realidad trans implica reconocer que, por un lado, hay estereotipos construidos desde un sistema patriarcal sobre lo masculino y lo femenino, impuestos desde fuera y que las personas actuamos, seamos trans o cis. Y por otro lado, que no todas las personas nos identificamos con la construcción de género que nos fue asignada al nacer, pero eso no implica necesariamente asumir la identidad del “otro” género, sino que cada persona se construye a sí misma.

Es verdad que la transición del género asignado al nacer hacia “otro” pasa muchas veces por el reforzamiento de estereotipos y etiquetas sobre el ser hombre o ser mujer, que tienen un fuerte sustento patriarcal: las mujeres son delicadas, dedicadas a gustar y a ser agradables, a usar maquillaje, tacones, con formas voluptuosas; los hombres toscos, fornidos y velludos. No obstante que la crítica es válida, en el sentido de que cada persona debería poder autodefinirse sin usar moldes o sentirse obligada a cumplir un rol preestablecido, la realidad es que cuando hablamos de personas trans, hablamos del derecho a autodefinirnos. Decir a una persona trans que no debe actuar el rol impuesto por el patriarcado es tan impositivo como el patriarcado mismo.

Además, cuando hablamos del cambio de actas de niños, niñas y adolescentes trans estamos hablando del ejercicio de derechos. Derechos tan elementales como el ser nombrados con los nombres y pronombres con los que nos identificamos.

Es el caso de Agnes2: al nacer fue registrada como Juan Pablo (varón); hoy, a sus 12 años, se identifica como niña y así quiere ser tratada. Desde los 4 años, Agnes usa el pelo largo, prefiere las trenzas y las faldas, le gustan las zapatillas y los unicornios. Desde los 3, tiene a su muñeca Frida y ama ver Mia and Me. Agnes sueña con tomar clases de flamenco3. No ha podido inscribirse porque su acta de nacimiento dice que es varón y esas clases son para niñas.

El comportamiento de género de niños y niñas suele ser muy fuerte y estereotípico, y prefieren tener amigos del mismo género4. “El género es una de las categorías centrales que organizan el mundo social de los niños y niñas5”.

Desde hace 15 meses, Agnes ya no va a la escuela porque sus maestros se rehúsan a llamarla con ese nombre y cada vez que pasan lista, la llaman Juan Pablo. Eso provoca que sus compañeros y compañeras se burlen de ella. Agnes tuvo durante varios meses infecciones en vías urinarias, pues no podía ir al baño durante las horas de clases: las niñas la corrían del baño y los niños la golpeaban. Una vez su mamá tuvo que ir por ella porque no le paraba la hemorragia de la nariz.

Además, acabó con cuatro puntadas en la ceja izquierda, que le dejarán una cicatriz. Valeria, la única amiga de Agnes, ha dejado de hablarle: su mamá le prohibió llevarse con ella porque escuchó una entrevista en donde decían que “la ideología de género” buscaba confundir a los niños y hacerlos homosexuales a la fuerza.

La escuela de Agnes separa a niños y niñas para la clase de deportes. Agnes no sabe jugar fútbol y siempre la ponían de portera. Todos los martes y jueves sus compañeros jugaban a tirarle “al niño niña”, y el profesor de deportes no hacía nada por protegerla, pues pensaba que era “un putito, que tenía que educarse”.

Para su cumpleaños 10, sus papás la llevaron a Legoland. Agnes fue retenida por cinco agentes en un cuartito en el aeropuerto, pues su nombre no coincidía con su expresión de género: traía un vestido de princesa. El agente quiso “bajarle los calzones” para ver si era verdad lo que sus papás explicaron. “It’s a matter of security”, les dijo.

Agnes ha tenido ocho pediatras. Ninguno ha respetado su identidad de género: siempre quieren constatar qué órganos sexuales tiene para saber “cómo atenderla”. Ya no ve a sus abuelitos ni a sus primos ni a sus tíos paternos, porque decidieron que su identidad era un capricho, apoyado por su mamá. Su papá se fue de la casa y dice que volverá cuando supere esta fase. Su mamá, Elisa, explica que ella haría lo que fuera por evitar que Agnes fuera discriminada a cada paso y decisión de su corta vida: “es una locura pensar que yo quiero esto para ella”, me dijo.

Agnes y Elisa llevan más de un año esperando su cambio de acta. Por falta de dinero no han logrado conseguir un médico especialista que expida un dictamen satisfactorio para que el juez emita una sentencia favorable. En la Ciudad de México, Agnes puede realizar su cambio de acta solo si “convence” a un juez de que se identifica como una niña. Ha sido muy difícil y ha tenido que explicarle cosas personalísimas a muchos adultos que no conoce.

Desde hace 2 años, Agnes se hace cortadas en las piernas. Hace tres meses tomó un frasco de analgésicos porque “para qué vive”. No ha logrado encontrar una escuela que respete su identidad de género. Con un acta podría inscribirse sin problemas y ser tratada como Agnes, como “ella”. Nadie sentiría curiosidad en torno a sus órganos sexuales. Podría acabar la primaria con un certificado con ese nombre.

Podría ir al flamenco, hacer deporte sin ser lastimada, ir al baño y no sufrir infecciones en vías urinarias, tener amigas y amigos sin prohibiciones. Agnes no sería rechazada por su entorno, no tendría un alto riesgo de quitarse la vida, de usar drogas o contraer enfermedades de transmisión sexual.

La esperanza de vida de las personas trans es de 35 a 37 años, fundamentalmente por la violencia, discriminación y rechazo que viven por su identidad y expresión de género, y los efectos en su salud.

Permitir que niños, niñas y adolescentes adecuen sus actas de nacimiento a su identidad de género no provocará ningún caos. No hablamos ni de hormonizaciones ni cirugías. Hablamos de vivir una infancia con el género que les hace sentirse felices, cómodas y seguras.

¿Y si se arrepienten? Pueden volver a cambiar el acta. Las personas tenemos derecho a equivocarnos; por eso existe, por ejemplo, el divorcio. Además, es un temor falso: los niños y niñas se identifican como niños o niñas en promedio desde los 3 años6. Si nunca se ha dicho que son muy jóvenes para saber si son niñas o niños cuando esa identificación coincide con la asignada al nacer, ¿por qué les desestimamos cuando no coincide?

Es decir, si vamos a sostener que Agnes es muy joven para definir su identidad de género, ¿por qué validamos y no descalificamos la identidad de todos sus compañeros y compañeras de la escuela?

En México los niños, niñas y adolescentes son titulares plenos de derechos. Son menores de edad y existen principios como el interés superior, el principio de autonomía progresiva y el de ser escuchado y tomado en cuenta en asuntos que tienen que ver con su estado jurídico. Si nos tomamos en serio los derechos y el principio de igualdad, tendremos que dejar de discriminar por edad y permitir que niños, niñas y adolescentes cambien su acta por la vía administrativa. Eso les garantizaría una infancia sana y feliz, que es nuestro deber.

* Geraldina González de la Vega (@Geraldina_GV) es presidenta del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México

 

1 Por supuesto, esta referencia viene del clásico de Simone de Beauvoir “una mujer no nace, se hace”.

2 Nombre ficticio. La historia de Agnes es una suma de varias historias expresadas por familias de niños y niñas trans. Por respeto a su intimidad, han sido ligeramente modificadas. Considero sumamente importante contar qué pasa cuando un niño o niña no tiene su acta rectificada.

3 Un estudio muy reciente da cuenta de que los niños y niñas que se identifican de manera fuerte con un género, muestran comportamientos y gustos fuertemente asociados con este. PNAS December 3, 2019 116 (49) 24480-24485; first published November 18, 2019. Una cosa es criticar la imposición de roles y estereotipos a los niños y niñas según el género y otra cuestionar la elección de estos, aunque sean “menores de edad”.

4 Ibid.

5 Ibid.

6 Ibid. En este estudio se constata que, para su tercer cumpleaños, la mayoría de niños y niñas cisgénero ya se identifican con un género y para su quinto cumpleaños creen que en la adultez seguirá siendo el mismo. Se encontraron pocas diferencias con respecto al desarrollo de género de los niños/as trans frente a los niños/as cis. Los niños/as aprenden a una edad temprana qué ropa y qué juguetes son estereotípicamente femeninas o masculinas en su cultura. Los niños/as trans del estudio aprendieron sobre el género en su entorno.

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