Corresponsabilidad de la vida laboral y familiar en la Ciudad de México
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Corresponsabilidad de la vida laboral y familiar en la Ciudad de México
El embarazo y la maternidad no son ni deben convertirse en obstáculos para que una mujer, o persona con capacidad de gestar, puedan optar por un modelo de vida. Las mujeres que desean incorporarse al mercado laboral deben poder hacerlo sin tener una doble jornada (trabajo remunerado y trabajo doméstico no remunerado), deben estar libres de estereotipos, de discriminación y violencias asociadas al género.
Por Geraldina González de la Vega
12 de mayo, 2022
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Durante la semana en que se festeja el 10 de mayo, en el COPRED tuvimos un Simposio dedicado a la reflexión acerca de la presencia de las mujeres en los mercados de trabajo. Desde la óptica de la organización social del cuidado, miramos el trabajo reproductivo (o de cuidados) desde la relación entre las familias, el Estado, el mercado y la comunidad. La histórica división sexual del trabajo ha obligado a mirar a los hombres como proveedores de su familia y a las mujeres como cuidadoras naturales. Esto ha tenido fuertes implicaciones en los modelos de masculinidad y feminidad que se nos imponen desde el hetero-cis-patriarcado.

Uno de sus impactos ha sido, precisamente, el de la discriminación de las mujeres en los ámbitos laborales. Entre las barreras estructurales que obstaculizan o impiden la inserción de las mujeres en el mercado de trabajo se encuentran los estereotipos asociados a la maternidad, a la fragilidad, a la incompetencia, a la irresponsabilidad. Asimismo, las tareas asociadas al cuidado que pesan sobre las mujeres impactan en los tipos de trabajo a que acceden: medios tiempos, trabajos flexibles, teletrabajos, empleos informales. Todo ello impide el goce de derechos asociados a un empleo digno.

Por último, otra de las razones por las que las mujeres no pueden incorporarse satisfactoriamente a los mercados de trabajo tiene que ver con las persistentes prácticas de acoso y hostigamiento sexual y asociado al género. Es importante decir que no siempre estas prácticas tienen como origen el deseo sexual (que les mira como objetos), sino que están montadas precisamente en el control de las mujeres desde las normas que impone el patriarcado y sirven para hacerles ver y saber, que esos lugares (el trabajo) no es un espacio apto para las mujeres.

Desde las reflexiones asociadas a la economía del cuidado resulta imperante visibilizar el entramado que impacta en la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo. Este concepto refiere 1 a las actividades y prácticas necesarias para la supervivencia cotidiana de las personas en la sociedad que van desde el autocuidado, el cuidado de otras personas, la provisión de precondiciones en que se realiza el cuidado (limpieza, alimentos, por ejemplo) y la gestión del cuidado (coordinación de horarios, traslados, por ejemplo). Si miramos en quiénes recaen todas estas tareas, podremos deducir las razones por las que la presencia de mujeres en el mercado laboral es baja, por qué existe brecha salarial, trabajos precarios, feminización de la pobreza.

Durante el 2017, el valor económico del trabajo de cuidados no remunerado en México alcanzó el equivalente a 5.1 billones de pesos, es decir, el 23% del PIB del país. Ello significa que existe un trabajo que posibilita que la sociedad funcione y que no es ni contabilizado, ni remunerado ni tampoco visibilizado.

La economía del cuidado nos muestra la relevancia de incluir el cuidado como variante en la explicación económica micro, meso y macro pues visibiliza la mirada masculinizada de las relaciones sociales y la dinámica económica desde la perspectiva de género.

En el marco del “día de las madres” nos pareció relevante discutir sobre esto ya que suele ocuparse el día para ensalzar las labores de cuidado de las madres, sin reflexionar los impactos que estas tienen en su bienestar y autonomía. Pensar que las madres son “abnegadas” y tienen esos deberes “por amor” refuerza los modelos de feminidad –y masculinidad- hegemónicos que no permiten a las personas realizarse de la manera en que mejor prefieran.

El embarazo y la maternidad no son ni deben convertirse en obstáculos para que una mujer, o persona con capacidad de gestar, puedan optar por un modelo de vida. Las mujeres que desean incorporarse al mercado laboral deben poder hacerlo sin tener una doble jornada (trabajo remunerado y trabajo doméstico no remunerado), deben estar libres de estereotipos, de discriminación y violencias asociadas al género.

El lunes 9 presentamos los resultados del diagnóstico “A dos años de la pandemia: ¿Persisten las desigualdades de género en la CDMX?” elaborado para el COPRED por Eva O. Arceo. Una de las conclusiones explica que “las mujeres en Ciudad de México perdieron alrededor de 300 mil empleos por la pandemia, frente a los 340 mil de los hombres. Lo que representó el 18.5 por ciento de los empleos de ellas frente al 17.8 de los de ellos. Sin embargo, ellas recuperaron los empleos de forma consistente, aunque más lenta”.

Los hallazgos en este documento también revelan que el rol de la maternidad y cuidados del hogar sí juega un papel importante en las tasas de empleo observadas; sin embargo, no se encontró evidencia de que los cambios en la probabilidad de empleo estén ligadas a roles de género o la edad de los hijos.

Hay una buena y una mala noticia asociadas a dichos hallazgos: la buena, que las mujeres han recuperado su ocupación a los niveles prepandemia. La mala, que siguen estando subrepresentadas y los motivos tienen que ver, precisamente, no solo con el género sino con la maternidad.

La presencia de las mujeres como población económicamente activa es de las más bajas de los países que forman parte de la OCDE. Ello sigue siendo un efecto del patriarcado y las políticas culturales sexistas reflejadas en los modelos de mujer cuidadora y hombre proveedor que siguen inscritos en las leyes laborales. Según la más reciente Encuesta Nacional sobre Ocupación y Empleo (ENOE 2022), para abril la población ocupada alcanzó 56.6 millones de personas, de las cuales 34 millones eran hombres y 22.5 millones eran mujeres. Todavía la representación de las mujeres como población económicamente activa es menor a la mitad. Sin embargo, dentro de esa población existe una enorme sobrerrepresentación en el mercado informal, ya que casi el 57% de las mujeres que trabajan, lo hacen en ese ámbito.

La mayoría de las mujeres que trabajan lo hacen en el sector informal pues es una fuente de flexibilidad en cuanto a días, horarios y espacio de trabajo. Poco más de la mitad de las mujeres que trabajan fuera del hogar, lo hacen en el sector informal. Por otro lado, de acuerdo con un informe publicado en 2021 por el COPRED, 2 el sector servicios (el relacionado con el comercio, la preparación de alimentos y bebidas, servicios de apoyo a otros negocios, trabajo doméstico, servicios de esparcimiento y culturales, entre otros) tiene una fuerza de trabajo parcialmente feminizada y fueron estos sectores los que sufrieron mayores consecuencias con la pandemia.

Como venimos afirmando, las tareas de cuidado y domésticas siguen recayendo principalmente en las mujeres. La división sexista del trabajo sigue siendo una realidad en nuestro país. Durante 2019, el valor económico del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados (a precios corrientes) fue de 5.6 billones de pesos que, como se mencionó anteriormente, fue equivalente al 22.8% del PIB del país; de esta participación las mujeres aportaron 16.8 puntos y los hombres 6 punto. 3 Sin embargo, este trabajo no se cuenta como valioso y no se paga. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo de 2019 (ENUT 2019) a nivel nacional en promedio las mujeres trabajan 6.2 horas más que los hombres. En promedio trabajan en empleo remunerado 37.9 horas a la semana (hombres 47.7) y en labores de cuidado dedican 39.7 (hombres 15.2). El promedio de horas a la semana de trabajo doméstico de las mujeres es de 30.8 mientras que el de hombres es de 11.6, y para el de cuidado llega a 12.3 y 5.4 respectivamente. La pandemia obligó al cierre de escuelas, lo que incrementó el número de horas de trabajo de cuidado, aunado a la presencia de las familias en los hogares lo que implicó el aumento del trabajo doméstico (preparación de alimentos, limpieza de enseres y del hogar, etc.) impactando en el rendimiento en el trabajo remunerado, lo que provocó en ciertos casos despidos, en otros, renuncias.

Otro problema grave es la penalización por maternidad y el despido por embarazo. Parece increíble que en pleno siglo XXI una de las principales causas de discriminación en el empleo sea el embarazo y la maternidad. De acuerdo con el trabajo de Aguilar Arceo y De la Cruz, 4 en general durante el embarazo la participación en el mercado laboral de las mujeres comienza a caer y a un año del parto, las mujeres están 43 puntos porcentuales con menores posibilidades de reportar un pago positivo de horas trabajadas, mientras los hombres están en 4 puntos. Existen impactos significativos en la carga del trabajo no remunerado asociado al nacimiento de un hijo. Después de su nacimiento hay un incremento en 20 horas de trabajo no pagado para las mujeres, mientras que el efecto en hombres es de 5 horas.

Desafortunadamente, en la Ciudad de México todavía hay una persistencia en el despido por embarazo, históricamente el porcentaje más alto de denuncias que se recibe en el COPRED es la de “despido por embarazo”, concepto bajo el cual se engloba: el despido injustificado cuando una mujer anuncia su embarazo o regresa de la licencia de maternidad, el hostigamiento para provocar la renuncia de una mujer embarazada o que regresa de la licencia de maternidad, así como la no contratación por embarazo de la candidata. Del 2013 al 2021 se han recibido un total de 492 expedientes de los cuales 475 son quejas 5 y 17 reclamaciones. 6

Las mesas subsecuentes en el Simposio se dedicaron a tres temas: el sistema de cuidados, la discriminación por embarazo y las licencias de paternidad. Desde el COPRED consideramos que la discriminación asociada a la maternidad difícilmente podrá ser eliminada si no se diseñan políticas mucho más amplias y comprehensivas. La discriminación asociada a la maternidad tiene que ver con la ausencia de una mirada social del cuidado, se sigue contando con que las familias lo realizarán, y ello tiene altísimos costos en las vidas de las mujeres. Por otro lado, si se sigue considerando que los padres son solamente proveedores, que no se involucran con la crianza y labores domésticas y “la autoridad en casa”, difícilmente se logrará un cambio cultural que permita la corresponsabilidad. Además, para generar esa corresponsabilidad hace falta no solamente de medidas legislativas y de política pública, sino también de la activa y comprometida participación de las personas empleadoras en la iniciativa privada. Si se sigue insistiendo en que el cuidado recae en las mujeres, continuaremos siendo vistas como “empleados de segunda”.

Apostemos por trabajos dignos que miren a las personas como individuos con vida personal y familiar. La urgente necesidad, visibilizada por la pandemia, de un cambio en los modelos de trabajo y de un sistema de cuidado (nacional y local), implica la posibilidad de que el Estado invierta en ese cuidado gratuito que ya sucede dentro de las familias y que posibilita que la economía funcione. Por otro lado, para acabar con la discriminación por maternidad y embarazo se requiere que las personas empleadoras no nos vean como distintas, mientras padres y madres tengamos las mismas licencias, las mismas políticas y los mismos beneficios para hacer trabajo doméstico y de cuidado, la discriminación no se asociará a esta. “Costará lo mismo contratar a un hombre que será padre que a una mujer que será madre”.

En el Simposio se planteó lo fundamental que resulta repensar y modificar el paradigma del cuidado y del empleo, pensar desde los derechos de los hijos, hijas e hijes, y no desde las personas trabajadoras. Pensar que la seguridad social no debe estar unida al empleo y que urge una reforma fiscal y financiera que haga posible avanzar hacia un verdadero Estado social.

Existe un proverbio que dice que “se requiere a toda la comunidad para criar a un niño” (It takes a village to raise a child) y nada parece más evidente cuando hablamos de la organización social del cuidado. Si queremos sociedades incluyentes, sin violencia y discriminación de género, donde hombres, mujeres y personas no binarias no estén atados a modelos culturalmente impuestos, donde se pueda trabajar sin ser discriminada por ser madre o estar embarazada, donde los padres sean corresponsables y ejerzan una paternidad integral, donde haya justicia social y paz; necesitamos incluirnos todos, todas, todes desde cada trinchera, de otra manera solo estaremos poniendo curitas donde necesitamos una operación mayor.

Agradecemos a Eva O. Arceo, Ingrid Gómez Saracíbar, Marisela Zúñiga, Itzel Mayans Hermida, Rebeca Ramos Duarte, Ana de Alejandro, Verónica González, Aidée Sánchez, Mauro Vargas, Ma. Fernanda Rodríguez, Cándido Pérez, Alfonso García Castillo, Patricia Mercado y MarthaTagle su participación en el Simposio.

* Geraldina González de la Vega (@Geraldina_GV) es presidenta del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED).

 

 

1 Rodríguez Enríquez, Corina. Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad. Nueva Sociedad 256. Marzo-abril de 2015. ISSN: 0251-3552.

2 Impactos Diferenciados. Efectos de la Pandemia de Covid-19 en la Situación Laboral de las Mujeres en México. 2020. Consultable aquí.

3 Datos del INEGI de la cuenta satélite de trabajo no remunerado, publicados en 2020.

4 Aguilar, Arceo y De la Cruz. Inside the Black Box of Child Penalties. México. 2020. Consultable aquí.

5 Los expedientes de queja se abren por denuncias de actos discriminatorios cometidos por particulares, sean personas físicas o morales.

6 Los expedientes de queja se abren por denuncias de actos discriminatorios cometidos por particulares, sean personas físicas o morales.

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