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Crónica de una trabajadora sexual
A las putas siempre nos han querido salvar, mandando al carajo las complejidades propias del trabajo sexual. Sin entender que acá colectivizamos los saberes, nos organizamos, generamos estrategias de autocuidado y defensa. Las trabajadoras sexuales no necesitamos ser rescatadas, lo que necesitamos son condiciones de trabajo dignas sin clandestinidad ni criminalización.
Por Natalia Lane
3 de junio, 2021
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Comencé a putear en la calle hace diez años cuando iba a la universidad. Cursaba los últimos semestres de la carrera y tenía poco tiempo de haberme independizado de mis padres. Con poco dinero en el bolsillo y deudas que pagar, cada vez se complicaba más seguir cubriendo gastos de transporte, comida y alquiler.

Una noche buscando olvidarme de mis problemas financieros conocí a Naomi, una chica trans en un bar de la Zona Rosa de Ciudad de México. Esa ocasión ella pagó todo: las bebidas, la comida y hasta el after. Yo estaba en la incredulidad total: ¿cómo Naomi, con todas las implicaciones de ser una mujer transexual en aquel entonces, tenía el dinero suficiente para vivir bien?

Al principio ella fue reacia a confesarme en qué trabajaba, me decía que era edecán y modelo, pero al pasar de las horas por fin lo admitió: era trabajadora sexual. Desde adolescente recuerdo siempre haber tenido cierta fascinación por esas mujeres que se mimetizaban con las luces de la ciudad, algunas con atuendos extravagantes y plataformas altísimas.

A partir de ese momento mi vida cambió radicalmente. A los pocos días Naomi me llevó a la zona de trabajo sexual donde ella laboraba y me dio “la patadita” de la buena suerte. Por las noches taloneaba en las calles, en las mañanas dormía un poco y por las tardes asistía a mis clases en la universidad. Mi vida se llenó de responsabilidades y, al igual que millones de personas empobrecidas en este país, tuve que apretujar la corazona porque desertar no era una opción.

Fueron años realmente difíciles, no sólo por las implicaciones de trabajar en la calle. Calzada de Tlalpan era (es) una selva de asfalto: acoso policial, extorsión, transeúntes agresivos y algunos clientes violentos; sin embargo, lo más duro fue el constante sentimiento de culpa, pensar que estaba haciendo algo de lo que me tenía que sentir avergonzada.

Hoy sé que esa vergüenza por ser trabajadora sexual no era otra cosa más que el estigma que se les cobra a las putas por nuestro mayor acto de justicia: cobrar por coger, por algo que el patriarcado supone es una obligación de nosotras.

De lo que estoy segura es que no hubiera podido sobrevivir esos años sin la compañía de otras putas. Claudia, Brissia, Yadhira, Cristal, Naomi, todas ellas no sólo eran mis compañeras de trabajo, se habían convertido en mis hermanas.

Porque cada vez que una puta es agredida en calle las primeras en saltar son otras putas, festejábamos con tequila banquetero los cumpleaños de las hermanas y si alguna llegaba a parar en el hospital, las demás hacíamos la “vaquita” para cubrir los gastos hasta que la compañera era dada de alta.

La sororidad no la encarné sino en las calles con otras compañeras trabajadoras sexuales. Con ellas aprendí la importancia de tejer redes de apoyo entre mujeres. Para nosotras en realidad nunca hubo muchas opciones para reconocernos sujetas de derecho: eso lo aprendimos a la mala, desde la sobrevivencia y la autodefensa que significa putear en calle.

Reconocerme como trabajadora sexual ha sido un proceso de muchos años, años en los padecí la criminalización de mi trabajo, el abuso policíaco, los nulos derechos laborales como una jubilación justa, pero sobre todo el estigma que aún nos duele a las putas.

Duele no poder compartir con la familia a qué nos dedicamos, duele admitir con vergüenza que no podemos comprobar ingresos para alquilar una vivienda digna, duele tener que mentirle a los médicos sobre nuestra vida sexual para acceder a servicios de salud. La clandestinidad duele e impacta directamente en nuestras vidas.

Este 2 de junio, Día Internacional de la Trabajadora Sexual, evocamos a la memoria que recupera nuestras historias sin revictimización. Mis recuerdos y heridas, al igual que las de muchas compañeras callejeras, cabineras, sexcamers y teiboleras, no necesariamente provienen de nuestro trabajo, sino de las condiciones de violencia y estigma que hay afuera.

Ahora observo muchas voces que desde el abolicionismo niegan el reconocimiento de nuestros derechos laborales. Posturas que desde el privilegio de clase insisten en subestimar la capacidad de agencia de las putas, porque lo único que ven en nuestra labor es explotación sexual y prácticas patriarcales que “cosifican” nuestros cuerpos.

Esos abolicionismos que desde su moral conveniente creen que las putas “vendemos el cuerpo”, y el resto de la clase trabajadora y popular no. Como diría Georgina Orellano: “si por cada vez que un cliente que contrata mis servicios, él comprara mi cuerpo, con quince años de puta me hubiese quedado ya sin tetas, y aquí estoy enterita. Acá sigo, luciendo la putez con orgullo y mucha dignidad”.

Y es que a las putas siempre nos han querido salvar, mandando al carajo las complejidades propias del trabajo sexual. Sin entender que acá colectivizamos los saberes, nos organizamos, generamos estrategias de autocuidado y defensa. Las trabajadoras sexuales no necesitamos ser rescatadas, lo que necesitamos son condiciones de trabajo dignas sin clandestinidad ni criminalización.

Naomi, Claudia, Yadhira, Cristal, Brissia. Las putas seguimos tejiendo orgullo desde las calles, seguimos taloneando con nuestras propias formas de zorroridad, esas que reconocen nuestras rupturas y dolores como un impulso para sanar entre nosotras y, dicho sea de paso, un motor para cambiar el mundo en que vivimos y nuestras condiciones laborales. Porque el trabajo sexual es trabajo.

* Natalia Lane es Asambleísta Consultiva del @COPRED_CDMX.

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