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Derechos humanos y distribución de la riqueza
El desarrollo histórico del sistema económico actual y sus intereses de “progreso”, sobreproducción, expansión y explotación han creado una tensión y una forma de ver la vida (política, laboral, social, económica y cultural) bajo los ojos de la mercantilización y la cosificación, donde poca cabida real tienen los derechos humanos y la dignidad de las personas.
Por Ricardo Portilla de la Cruz
14 de octubre, 2021
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En diciembre de 1992 la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 17 de octubre como Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza bajo la resolución A/RES/47/196, con la intención de concientizar sobre la necesidad de acabar con la pobreza en todo el mundo, haciendo énfasis respecto a la prioridad que implica su erradicación, reconociendo el esfuerzo y la lucha de las personas que viven en pobreza e invitando a organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales a que apoyen a los Estados a la organización de actividades nacionales que conmemoren este día.

Conviene tomar esta fecha como un momento para recordar y reflexionar en torno a que dicha necesidad no ha sido cubierta, que las brechas de desigualdad económicas son cada vez mayores por la acumulación de riqueza de unos grupos sobre otros y que el panorama de la pandemia no hizo más que acrecentarlas.

Según el informe Tiempo para el cuidado: El trabajo de cuidados y la crisis global de desigualdad, publicado en enero de 2020 por Oxfam, en 2019 las 2 mil 153 personas multimillonarias que había en el mundo poseían más riqueza que 4 mil 600 millones de personas; el 1% más rico de la población poseía más del doble de riqueza que 6 mil 900 millones de personas.

Otro dato del informe citado que revela el abismo de las brechas económicas menciona que “si una persona hubiese ahorrado 10 mil dólares diarios desde el momento en que se construyeron las pirámides de Egipto, ahora poseería tan solo una quinta parte del promedio de la fortuna de los cinco milmillonarios más ricos del mundo”.

Para poner en perspectiva la pandemia por covid-19 respecto a la desigualdad económica en el mundo, el informe El virus de la desigualdad, también de Oxfam, menciona que “en tan solo nueve meses las mil mayores fortunas del mundo han recuperado su nivel de riqueza previo a la pandemia, mientras que para las personas en mayor situación de pobreza esta recuperación podría tardar más de una década en llegar” (y estarían, únicamente, recuperando su pobreza), y que las 10 personas multimillonarias con mayores ingresos podrían lograr que ninguna persona del mundo cayera en pobreza a causa de la pandemia y financiar una vacuna universal contra covid-19 con tan sólo el incremento de su fortuna desde el inicio de la crisis sanitaria.

La distancia económica entre las personas y grupos que tienen un mayor poder económico frente a los que menos tienen es abismal. En el caso de México el 1% y el 10% más rico concentran el 29% y el 59% del ingreso total nacional, respectivamente, de acuerdo con el Informe Regional de Desarrollo Humano 2021: Atrapados: Alta Desigualdad y Bajo Crecimiento en América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Si a esto se agrega el contraste de la pobreza, la situación resulta preocupante: el investigador y fundador de Our World in Data, Max Roser, dio la vuelta a las cifras tradicionales de las Naciones Unidas (las cuales revelan que el 10% de la población se encuentra en extrema pobreza a nivel mundial y sobrevive con menos de 1.90 dólares al día), al poner de manifiesto la categoría de pobreza moderada, que también incluye las regiones con mayor suficiencia económica como EEUU y Europa, y representa al 85% de la población mundial que vive con menos de 30 dólares diarios.

Para México esta última cifra de ingreso diario es un privilegio, pues el salario mínimo de la Zona Libre de la Frontera Norte (ZLFN) es de $213.39 y $141.70 pesos mexicanos para el resto del país. Habría que tomar en cuenta, además, la precarización de la mayoría del trabajo, que es informal. Así, 43.9% de la población del país se encuentra en situación de pobreza de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

En este panorama tan desigual y poco alentador, se ponen sobre la mesa los derechos humanos, que abogan por la dignidad de las personas por el simple hecho de ser humanas y por la cobertura de todas las necesidades en tanto dicha condición humana (vida, alimentación, salud, vivienda, educación, trabajo, familia, trato digno, igualdad, cultura, libre esparcimiento, etcétera), con el fin de poder generar un proyecto de vida y de desarrollo humano. En este escenario, los Estados del mundo son los encargados y obligados de hacerlos valer.

Los Estados están obligados a cumplir con el desarrollo progresivo de los derechos consagrados en los distintos instrumentos jurídicos internacionales, nacionales y locales para que todas las personas (sin excepción) puedan ejercerlos de forma libre, justa e igualitaria (en México este compromiso se enfatizó con la reforma constitucional en materia de derechos humanos del 2011); sin embargo, este desarrollo paulatino aún representa una deuda a nivel global, pues de haberse cumplido, no existiría la pobreza.

El desarrollo histórico del sistema económico actual y sus intereses de “progreso”, sobreproducción, expansión y explotación han creado una tensión y una forma de ver la vida (política, laboral, social, económica y cultural) bajo los ojos de la mercantilización y la cosificación, donde poca cabida real tienen los derechos humanos y la vida digna de las personas.

Ha sido el desarrollo de esos intereses del sistema económico lo que ha propiciado la injusta distribución de la riqueza, donde la evasión fiscal, la precarización del trabajo, los paraísos fiscales y la corrupción en general han abonado al problema, pues como es sabido desde hace tiempo, el creciente poder de mercado de personas empresarias tiene una relación directa con la reducción de ingresos que reciben las personas trabajadoras.

Así, el problema de la distribución de la riqueza y, por ende, de la pobreza, es un problema de derechos humanos, pues como efecto dominó, no contar con las condiciones económicas y materiales dignas repercute en el cumplimiento de otros derechos humanos como la educación, la salud, el descanso, la familia, etcétera. A esto se suman los distintos impactos que la pobreza tiene sobre diferentes grupos poblacionales, y los obstáculos añadidos que representa para mujeres, personas con discapacidad, personas racializadas, indígenas, migrantes y otras.

Debe comprenderse que el sistema económico capitalista (capacitista y meritocrático) en el que vivimos también es colonialista (racista) y patriarcal (sexista), y que es necesario cambiar sus formas para lograr una sociedad justa e igualitaria, por acciones que se dirijan hacia la inversión en las infancias, el gasto público y la tributación justa de las empresas y de las personas con mayor poder adquisitivo, el cuidado del medio ambiente y el acceso a nuevas tecnologías.

Son de apreciarse las acciones que se dan desde los intersticios institucionales, académicos, civiles y sociales (como las distintas redes que se forman para combatir los distintos sistemas de opresión), pues como Boaventura de Sousa Santos dice: “La situación es de tal gravedad, que es necesario adoptar medidas urgentes, aunque sean pequeños pasos”. En la articulación de acciones y medidas está la resistencia ante un sistema económico y mercantil que pone el capital por encima de la vida (de la humanidad en sí misma y de la naturaleza).

En el contexto de la conmemoración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza es importante hacer un ejercicio de reflexión, ser conscientes de nuestro entorno, y exigir y accionar por el cumplimiento de este objetivo, que no debe tratarse como un tema de voluntad política, sino como uno de constitucionalidad por parte de Estados y dirigentes. Es tiempo de hacer real el estado de bienestar que pregonan varios países (entre ellos, México), y separar los intereses de las instancias privadas y transnacionales de aquellas del Estado y, sobre todo, de las necesidades de la población.

Es necesario seguir poniendo el dedo en el renglón sobre el significado de los derechos humanos, sobre su entendimiento y promoción, sobre el hecho de que estos corresponden a personas de carne y hueso que viven todos los días las experiencias que conllevan la explotación, la injusticia, la precariedad y la desigualdad de derechos y oportunidades.

Saber y promover que las personas tenemos derechos humanos (que competen a la humanidad como especie) es seguir haciendo frente a un mundo capitalista, colonialista y patriarcal que desvaloriza y cosifica a las personas. Es una forma de aprender, enseñar y recordarnos que seguimos de pie, y que las cosas pueden cambiar.

* Ricardo Portilla de la Cruz es asesor educativo en la Subdirección de Capacitación y Educación del @COPRED_CDMX.

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