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Justicia menstrual
Establecer una tasa 0 a los productos de gestión menstrual es un acto de justicia, pues coloca en una posición de equidad a mujeres y personas menstruantes que tenemos que gestionar nuestro periodo cada mes, frente a hombres y personas no menstruantes.
Por Geraldina González de la Vega
15 de octubre, 2020
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El pasado 8 de septiembre diputadas de los Grupos Parlamentarios de Movimiento Ciudadano, PAN, PRD, PES, Morena y PT presentaron una iniciativa para reformar la Ley del Impuesto al Valor Agregado para establecer una tasa de 0 por ciento de IVA a la compra de toallas sanitarias desechables, toallas de tela, compresas, tampones, pantiprotectores, copas menstruales y cualquier otro bien destinado a la gestión menstrual.

El Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación en la Ciudad de México (COPRED) se ha aliado con las organizaciones de la sociedad civil que conforman la iniciativa #MenstruaciónDigna, pues no solamente el acceso a los productos de gestión menstrual es causa de profundas brechas de desigualdad para las personas menstruantes, sino la menstruación en sí misma. Hablamos de personas menstruantes porque no solamente menstrúan las mujeres, y no todas las mujeres menstrúan; hablar sólo de niñas y mujeres significaría excluir a niños, adolescentes y hombres trans y a personas no binarias. Así, entendemos que la menstruación lejos de ser vista como una cuestión íntima y de higiene femenina, debe ser vista como un problema público con consecuencias a veces graves para las personas que la viven mes con mes durante cerca de 40 años de vida.

La menstruación no debe ser una razón para la desigualdad. No obstante, hoy lo sigue siendo. Los mitos y tabúes que culturalmente siguen acompañándola estigmatizan a las mujeres y personas menstruantes, y limitan su acceso a derechos y a la convivencia. La injusticia menstrual1 que viven mujeres y personas menstruantes es la manifestación de la opresión basada en el señalamiento cultural e histórico de que los cuerpos que menstrúan son impuros, vergonzosos, incompetentes, enfermos.

De acuerdo con Margaret E. Johnson se han identificado diversos tipos de injusticias asociadas a este evento corporal:

  • La exclusión y esencialización, relacionada precisamente con la inclusión y reconocimiento de las personas menstruantes en esta iniciativa para no hablar solamente de niñas y mujeres cis.
  • La discriminación, el acoso y violencias, principalmente en los espacios educativo y laboral, que provoca que niñas, mujeres, personas no binarias, niños y hombres trans sean excluidas, limitadas e inclusive despedidas por menstruar. Los impactos en este rubro son graves y aumentan cuando la vulnerabilidad es múltiple. Las niñas en ámbitos rurales o muy precarizados ven obstaculizado su acceso a la educación por la falta de baños o acceso al agua potable en sus escuelas. En los ámbitos laborales no existen licencias o incapacidades por algunos de los malestares asociados a la menstruación, por lo que las personas prefieren mentir o acudir a su trabajo sin estar en condiciones para desarrollarlo.
  • Insultos y trato indigno: este tipo de injusticias se encuentran sobre todo en instituciones a cargo del Estado, como centros penitenciarios, instituciones de salud, de asistencia social o migratorias, donde las personas requieren productos de gestión menstrual y no pueden acceder a ellos, o están en relación de especial sujeción con el Estado y son sometidas a tratos vejatorios relacionados con sus cuerpos so pretexto de la implementación de medidas de seguridad.
  • Desventajas de salud: no existe pleno acceso a la salud sexual y reproductiva, así como a información completa y libre de estigmas sobre los procesos biológicos reproductivos. Además, los productos de higiene menstrual están hechos con sustancias no amigables para el cuerpo, en algunas ocasiones tóxicas como la dioxina o el cloro. No existe un monitoreo adecuado sobre los productos de higiene menstrual e íntima. Por otro lado, poco se habla sobre las experiencias en la salud de las mujeres y personas menstruantes, que van desde cólicos hasta dolores incapacitantes o endometriosis.
  • Desventajas económicas: en este rubro convergen condiciones de gran vulnerabilidad para las mujeres y personas menstruantes. No todas tienen posibilidades de adquirir productos de gestión menstrual, y no todas tienen acceso al agua, saneamiento o a espacios privados. Asumir el costo de la adquisición de productos es muchas veces insostenible; pensemos, por ejemplo, en poblaciones callejeras, personas en condiciones de pobreza o privadas de la libertad.
  • Violaciones constitucionales: el hecho de que las personas menstruantes tengamos que cubrir un impuesto, mes con mes, por un producto de primera necesidad implica un trato desigual con base en el sexo o la biología, que resulta inconstitucional por ser discriminatorio. Es un impuesto que solo las personas menstruantes pagamos y que tenemos que pagar durante alrededor de 40 años.

Cada una de estas injusticias se manifiesta de diversas formas y desde perspectivas transversales, y debe ser entendida y atendida desde el tratamiento que damos culturalmente a la menstruación. Entenderlo nos permitirá desterrar prejuicios y eliminar estigmas sobre un proceso biológico relacionado con la reproducción, completamente normal, que forma parte de la vida de millones de mujeres y personas menstruantes.

La menstruación es parte de la desigualdad de género, pues la subordinación de las mujeres se asocia a sus cuerpos y a los procesos que suceden en estos. Precisamente uno de los grandes mitos es el de la incapacidad de las mujeres, tanto física como mentalmente, para asumir trabajos remunerados fuera del hogar y el cuidado. Las mujeres somos vistas como frágiles, emocionales, incompetentes, irracionales; de ahí las clásicas frases “está histérica” o “está en sus días”. Estos mitos se reproducen en la educación, en el acceso a la salud e inclusive en la mercadotecnia de los productos de gestión menstrual.

Cuando hablamos de justicia menstrual, necesitamos entender las desventajas que viven las personas menstruantes desde una perspectiva interseccional, es decir, comprender cómo los diversos sistemas de subordinación operan en los cuerpos que, en el tema de la menstruación, son además campos de batalla ideológicos y políticos.

La injusticia menstrual no es tan solo el patriarcado o la opresión estructural contra las mujeres, sino que se trata de una interseccionalidad estructural que traslapa diversas formas de dominación: patriarcado, blanquitud o supremacía blanca, transfobia, homofobia, clasismo, capaciticismo y por supuesto, edadismo.

En este entendido, los cuerpos menstruantes son controlados y limitados a través de política pública, prácticas institucionales, representaciones culturales, normas sociales e inclusive jurídicas. La perspectiva interseccional nos permite entender las injusticias a partir de la subordinación desde la combinación de estas opresiones.

La educación es una pieza clave para el cambio cultural, sobre todo para el empoderamiento de las niñas y adolescentes, pero también para la normalización de la menstruación: dejar de verla como un tema tabú que incide en el acceso a derechos, que refuerza la exclusión y las violencias, el trato indigno, las desventajas económicas, trunca el acceso a la salud e higiene y, en ultima instancia, violenta principios fundamentales.

Desde esta perspectiva interseccional, las niñas y niños trans y adolescentes viven, al menos, una doble o triple subordinación al ser cuerpos menstruantes menores de edad. Por ello, la información es una estrategia fundamental para hacer frente a las injusticias que viven día a día: ausencia escolar, bullying, discriminación, violencias.

La falta de información y educación en la menstruación, así como de acceso al agua y saneamiento, espacios privados, servicios adecuados de salud sexual y reproductiva, e higiene menstrual, llevan a que las personas menstruantes vivan su ciclo menstrual como una tortura, un daño o algo vergonzoso. Es fundamental que deje de ser un tabú y una condena, que socialmente sea vista como un proceso biológico que viven varios cuerpos y que no tiene o debe tener impactos en la socialización ni en el acceso a derechos.

Ahora bien, volviendo a la iniciativa que lidera la diputada Martha Tagle, establecer una tasa 0 a los productos de gestión menstrual es un acto de justicia, pues coloca en una posición de equidad a mujeres y personas menstruantes que tenemos que gestionar nuestro periodo cada mes, frente a hombres y personas no menstruantes.

La directora de Elefante Rosa, una de las organizaciones asociadas a #MenstruaciónDigna, compartió datos sobre la desventaja económica que representa la compra de productos de gestión para las mujeres y personas menstruantes: se menstrúa en promedio 2 mil 535 días a lo largo de la vida, equivalentes a 7 años consecutivos, lo que implica el consumo de 360 toallas o tampones promedio al año, es decir, hasta 26 mil pesos en toda la vida. Ese gasto representa el 5% de los ingresos totales en el primer decil de los hogares mexicanos.

Las personas menstruantes estamos pagando una cuota de alrededor de 26 mil pesos por algo que no decidimos. ¿No es injusto?

La propuesta de las diputadas busca promover condiciones estructurales para poder vivir la menstruación con dignidad. La menstruación no puede continuar generando disparidad de género, y mucho menos impactando económicamente a mujeres y personas menstruantes, que a veces tienen que elegir entre acudir a la escuela o al trabajo y gastar lo poco que tienen en productos, o faltar por no poder acceder a ellos y estar en riesgo de ser estigmatizadas o inclusive despedidas si manchan sus ropas en estos espacios.

Las toallas, tampones, pantiprotectores, copas, etcétera, son productos de primera necesidad, no son un lujo. La menstruación es un proceso biológico, no es una decisión y por ende, no tiene sentido igualitario su gravamen.

La menstruación es normal, común a millones de cuerpos, y debe ser tratada como una cuestión pública. Resulta imperativo educar a todas las personas acerca de ella, no solo a quienes menstruamos, pues para eliminar los estigmas asociados a esta, hace falta superar los tabúes y la desinformación.

Para una sociedad igualitaria, necesitamos una menstruación digna.

* Geraldina González de la Vega es presidenta del @COPRED_CDMX.

 

1 Para la elaboración de este concepto estamos siguiendo el texto de Margaret E. Johnson. “Menstrual Justice”, publicado en UC Davis Law Review, vol. 53, No. 1, noviembre de 2019.

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