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La salud mental desde un enfoque social, ¿la cara oculta de la luna?
La categoría salud mental se ha vinculado únicamente a las personas con discapacidad psicosocial, pero debe aplicar para todos.
Por Adriana García Jiménez
8 de octubre, 2021
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Escribo este artículo desde el Valle del Mezquital, zona afectada por el desbordamiento del Río Tula que dejó a decenas de personas damnificadas. Recorro sus calles, percibo la nostalgia por lo sucedido y la incertidumbre por lo que pueda suceder. También observo el enojo de sus habitantes y transeúntes por las omisiones del Estado: un suceso que pudo ser prevenido y atendido de forma distinta. Este ejemplo, así como otros de vulneración a las necesidades básicas de las personas, visibiliza el efecto en la salud mental de determinadas experiencias.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud mental como “un estado de bienestar en el que la persona realiza sus capacidades y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, de trabajar de forma productiva y de contribuir a su comunidad.1 En este sentido, ¿qué acciones se requieren implementar para contribuir al bienestar mental de las personas y comunidades afectadas por lo ocurrido semanas anteriores?

Históricamente, han existido diversos prejuicios en torno a la salud mental como relacionar esta solo con ciertos grupos poblacionales, delegar el cuidado al ámbito individual y abordar parcialmente su atención. Este artículo tiene como intención reflexionar sobre la cara oculta de la salud mental: su componente social.

La categoría salud mental se ha vinculado únicamente a las personas con discapacidad psicosocial, neurodivergentes, quienes han sido etiquetadas psiquiátricamente o denominadas “locas”. Se parte de un enfoque biomédico que patologiza2 a las personas de la diversidad psicosocial3, les considera un “peligro” para sí mismas y para la sociedad, y no les reconoce su capacidad de agencia.

La pretensión no es trivializar las barreras actitudinales y del entorno que enfrentan las personas de la diversidad psicosocial, que viven negaciones a sus derechos como a la autonomía, al reconocimiento de su capacidad jurídica, al trabajo, a la educación, entre otros. Lo que vale la pena resaltar es que el estado de bienestar que define la OMS4 incluye a todas las personas, lo cual se ha evidenciado con mucho más fuerza en el actual contexto de pandemia por COVID-19.

Otro punto a destacar es el paradigma desde el cual se atiende la salud mental. Los sistemas de salud mental están dominados por el modelo biomédico, y centran su atención en la medicalización e institucionalización. Dan prioridad al diagnóstico de trastornos mentales, el suministro de psicofármacos y el ingreso a instituciones psiquiátricas de forma temporal o permanente. Esto se puede observar en el presupuesto federal asignado para salud mental y la distribución de este a los programas5.

Lo anterior tiene como repercusión un abordaje parcial del bienestar/malestar mental. Al atomizarse la integralidad de la salud –es decir separar mente, cuerpo y entorno– se enfatiza la medicalización de las respuestas de las personas a problemáticas sociales como la pobreza, la discriminación, la violencia, entre otros.

Esto provoca que las reacciones y expresiones ante las desigualdades sociales sean patologizadas, incrementa el control social y agudiza la vulneración de los derechos, principalmente de grupos poblacionales históricamente desaventajados (personas con discapacidad, mujeres, niñas, niños y adolescentes, personas mayores, entre otros).

En este sentido, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) considera relevante ampliar el paradigma de abordaje a la salud mental, para incorporar los determinantes sociales con el objetivo de brindar atención desde una postura crítica e interdisciplinaria.

Finalmente, se ha considerado que el estado de salud mental es resultado exclusivo de acciones individuales, lo que contribuye a legitimar las desigualdades e injusticias en el acceso a servicios, oportunidades y derechos. Algunos dogmas surgen del “pensamiento positivo” y la meritocracia. El primero se centra en la felicidad como elección individual y las barreras sociales como oportunidades de superación personal, es decir, el capitalismo se ha introducido en el terreno de las emociones para sacar lo mejor de cada persona6, invisibiliza y refuerza la desigualdad social.

Por su parte, el mito de la meritocracia jerarquiza a las personas con base en el mérito, talento y esfuerzo; se sostiene con “casos de éxito” que pretenden reemplazar la realidad de las estadísticas generales. Desde la estratificación social, se responsabiliza a cada persona por los logros y fracasos que obtiene, y actualmente es común escuchar “el pobre es pobre porque quiere” o “la riqueza y el éxito son frutos del trabajo duro”7.

Ambos discursos omiten factores sociales, políticos, económicos y culturales que influyen en el desarrollo pleno de las personas. Por el contrario, se centran en la competencia e individualización: imponen estándares imposibles y estímulos inspiracionales para preservar una imagen de salud, adaptación y “normalidad”, que al no obtenerse, producen frustración, ansiedad y culpa en las personas. Asimismo, a quienes toman decisiones “contrarias” a la funcionalidad, indiferencia, felicidad y obediencia frente a los distintos sistemas de dominación, se les etiqueta psiquiátricamente8.

A partir de lo anterior, podemos preguntarnos respecto al suceso narrado al inicio de este artículo: ¿son necesarias las acciones que promueven el bienestar mental de las personas, principalmente de quienes han sido históricamente excluidas? De ser así, ¿cómo deberían ser y quiénes las implementarían?

La respuesta es un sí a las acciones desde el enfoque basado en derechos y por parte de diversos sectores (público, social, académico, privado). El informe del Relator Especial sobre el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental de la ONU9 enfatiza la importancia de mejorar el bienestar mental de todas las personas desde un enfoque basado en derechos. Refiere que las medidas para eliminar la discriminación y las desigualdades en las condiciones de la vida diaria son piezas clave para abordar la salud mental.

Para ello se requiere promover el diálogo con las personas cuyos derechos han sido vulnerados (por ejemplo, a la salud, trabajo, vivienda, alimentación adecuada), así como fomentar su participación activa en el diseño e implementación de acciones que les reivindiquen y dignifiquen.

Así como recientemente se ha obtenido información sobre la cara oculta de la luna, la salud mental y su componente social pasan por un proceso similar: este lado aún se encuentra en exploración. Es imperante analizar desde la historicidad individual y colectiva para desestigmatizar y humanizar la salud mental.

* Adriana García Jiménez es neurodivergente, psicóloga y asesora del @COPRED_CDMX.

 

 

 

1 OMS (2018). Nota descriptiva “Salud mental: fortalecer nuestra respuesta”. Disponible aquí.

2 Considerar como enfermedad la diversidad psicosocial.

3 La Redesfera Latinoamericana de la Diversidad Psicosocial considera la diversidad psicosocial a: personas usuarias y ex-usuarias de servicios psiquiátricos, personas sobrevivientes de la psiquiatría, personas oidoras de voces, que experimentan visiones y que manifiestan cambios de ánimo, personas locas y personas con discapacidad psicosocial.

4 La salud mental abarca más que la ausencia de trastornos o discapacidades mentales.

5 Para mayor información puede consular la investigación del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria, A.C. Presupuesto para salud mental: Relevancia ante la COVID 19. Publicado 12 de octubre de 2020. Disponible aquí.

6 Emprende, sal de la zona de confort: así te come la olla el capitalismo afectivo. Sergio C. Fanjul. (2018). Disponible aquí.

7  ¿Por qué toleramos tanta desigualdad? Gatitos Contra la Desigualdad (2020). Publicado en Animal Político. Disponible aquí.

8 Sentir la discapacidad en tiempo neoliberales: optimismo cruel y fracaso. Jhonatthan Maldonado Ramírez. (2020) Revista Nómadas. Disponible aquí.

9 Para mayor consulta, consultar el siguiente enlace.

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