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Capital Plural
Por COPRED
Espacio de generación y construcción de ideas para contribuir al fortalecimiento de una cultura... Espacio de generación y construcción de ideas para contribuir al fortalecimiento de una cultura de trato igualitario y no discriminación en la Ciudad de México, en el país y en el mundo. Twitter: @COPRED_CMX (Leer más)
Lenguaje incluyente, otro paradigma
No hay perspectiva más conservadora que aquella que alude a lo inmutable, aquella que niega la posibilidad de un cambio constante, de la fluidez, de la aceptación de que nada es fijo, permanente o estático: ni las ideas, ni la construcción de la propia identidad, ni el género, ni el lenguaje.
Por Marcela Nochebuena
9 de septiembre, 2021
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La última versión del Manual del Lenguaje Incluyente del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED), elaborada hace por lo menos cinco años, no recomienda particularmente el uso de la terminación e/es, sobre todo en documentos oficiales, con el argumento de que se aludía a palabras que no existen en el español y que podrían dificultar la lectura en voz alta.

Por eso, en estos años, se ha privilegiado con mayor énfasis el uso de “personas” para no dejar a nadie fuera. Sin embargo, hoy estamos ante una realidad que exige más: el reconocimiento amplio de las muy diversas orientaciones, expresiones e identidades de género; el quebrantamiento de un paradigma binario sexo-género, producto de un sistema heteropatriarcal –donde la heterosexualidad y la masculinidad son la norma–, que reproduce y refuerza la idea de que solo existen dos opciones: hombre o mujer, y niega así todo el espectro que hay entre y alrededor de éstas, con su natural reflejo y expresión en el lenguaje.

Este paradigma fortalece, además, la idea de que siempre existen dos únicas posibilidades opuestas entre sí y que es preciso elegir una a la que, después, ya no se puede renunciar. No hay perspectiva más conservadora que aquella que alude a lo inmutable, aquella que niega la posibilidad de un cambio constante, de la fluidez, de la aceptación de que nada es fijo, permanente o estático: ni las ideas, ni la construcción de la propia identidad, ni el género, ni el lenguaje… En la mayoría de los casos, no es difícil aceptar, por ejemplo, que las ideas se transforman a través del tiempo y el espacio, ¿por qué, entonces, parece tan imposible conceder que todo lo demás fluye de la misma manera?

Después de años de aquella versión del Manual, al interior del COPRED se ha reconocido esa necesidad de transformarnos ante nuevas realidades, de hacer explícito el reconocimiento a las personas que se identifican con muy diversas expresiones de lo no binario y de tener plena conciencia de que el pendiente con les otres es contemplarles en la siguiente versión (que se encuentra ahora mismo en proceso de elaboración).

Negar la posibilidad de una transformación en el lenguaje es negar nuestra propia evolución y la de nuestras sociedades. Por supuesto, no podemos ignorar algo que es verdad: no sólo se trata del lenguaje per se; el lenguaje incluyente tendría que ser la expresión de un sistema de valores y de creencias diferente, de un cambio cultural en serio, pero en el principio está la palabra: todo pasa por ella. No existe lo que no se nombra. Ya lo decía Gilberto Rincón Gallardo: “La discriminación inicia con las palabras y culmina con la negación de derechos y oportunidades”.

Borrar a grupos o personas de nuestros discursos, silenciarles o llamarles de formas despectivas son maneras de reforzar la marginación, exclusión o discriminación que, en muchos casos, han enfrentado históricamente. Las palabras son parte de esa historia. No podemos transformar nuestras ideas y nuestra perspectiva en torno a aquello que no conocemos, y no podemos conocer profundamente aquello que somos incapaces de nombrar, y no podemos nombrar aquello que somos incapaces de reconocer mediante expresiones más adecuadas que las imprecisiones que hemos reproducido durante tanto tiempo para verbalizar nuestro rechazo y nuestros prejuicios.

Las palabras moldean nuestras percepciones, y las realidades se transforman incluso más rápido que nuestra propia capacidad de admitir que la forma en la que nombramos o nos dirigimos a las personas refleja las condiciones sociohistóricas en que reproducimos valores y creencias, pero también prejuicios, estigmas y otros atributos descalificadores, injustos, agresivos o excluyentes.

Es momento de reconocer que ante esas realidades, el conocimiento que hemos acumulado hasta hoy, y los términos acuñados como parte de la lengua española, no alcanzan, han dejado de ser suficientes. Así ha sido siempre ante nuevas realidades. De ninguna manera el español de hoy es el mismo que el de hace 50 o 100 años, porque las sociedades tampoco lo son. La lengua española ha pasado por muchas transformaciones, que incluyen la incorporación de nuevos términos, la aceptación de otros, el rechazo o desuso de unos más y la modificación o adaptación de muchísimos otros.

¿Qué determinó esos cambios? Las transformaciones en su uso. ¿Y quién las decide? El sistema de valores y creencias de las personas hablantes. La lengua no pertenece a ninguna academia ni a un grupo de intelectuales; pertenece a quienes la hablan, a quienes la usan, a quienes determinan sus transformaciones como sociedad y junto con ellas, las de la lengua que las expresa. Una lengua se extingue cuando deja de ser hablada. La única función de las academias y de los diccionarios es recoger y consignar sus usos; no dictan; no imponen. La lengua es una convención social, y como tal, está sujeta a nuevos usos y acuerdos.

Por eso cabe aquí una mención a lo que muchas personas consideran el mejor argumento para defender la inmutabilidad del español (porque eso defienden, la inmovilidad, el estancamiento): la Real Academia Española (RAE) como autorizadora o no de las transformaciones en el idioma. Si aquí volvemos al punto de los paradigmas del sistema heteropatriarcal, ¿parecería lógico que 46 personas académicas, entre las que hay menos de 10 mujeres, decidan los usos de una lengua con más de 500 millones de hablantes? Si las transformaciones que hoy presenciamos abarcan la inclusión de grupos históricamente excluidos, la igualdad, el reconocimiento de las diversidades, entre otras, una estructura fundada en el privilegio está lejos de ser representativa de nuestras sociedades.

La lengua tiene tantas dimensiones, y su uso está tan entreverado con aspectos políticos, ideológicos, sociales y culturales, que dejarle a la RAE la prerrogativa de decidir sobre ella –como si, además, las transformaciones sociales y culturales surgieran en el papel– es relegarla a los anaqueles, ahí donde puede permanecer abstracta, intocable, inamovible, más sujeta a la contemplación que a aquello que la mantiene viva: su uso. Por otro lado, limitar nuestros argumentos a sus normas es limitar nuestra visión ante el hecho de que nuestra evolución nos exige ir más allá de la RAE y sus reglas; hoy el tema son los derechos humanos, así como el reconocimiento de la otra persona y sus elecciones (y eso lo ha admitido la propia RAE al contestar recientemente a una consulta sobre cómo referirse a una persona no binaria: “le recomendamos que pregunte a dicha persona cómo desea ser tratada”).

“El lenguaje no es una creación arbitraria de la mente humana, sino un producto social e histórico que influye en nuestra percepción de la realidad. Al transmitir socialmente al ser humano las experiencias acumuladas de generaciones anteriores, el lenguaje condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo. De ello deriva la importancia de la forma como nos comunicamos, ya sea de manera verbal o escrita”, dice el Manual del Lenguaje Incluyente del COPRED.

Por eso, el lenguaje incluyente es justamente una de las muchas propuestas —y reflejo de una postura ideológica— que apuntan a redirigir y repensar esa visión del mundo. Está llamado a incomodar, a cuestionarnos, porque en el fondo está el cuestionamiento y el desmoronamiento de nuestros propios paradigmas, prejuicios y privilegios. En el fondo está la propuesta de una transformación profunda. Es muy fácil oponerse al reconocimiento o al enunciamiento de les otres desde el privilegio de quienes siempre han sido visibles o nombrados. El lenguaje incluyente incomoda, sobre todo, a las personas que nunca han estado dispuestas a cuestionarlo o renunciarlo.

Aquí es donde cobra particular importancia el tema del reconocimiento de las otras personas, con todos sus derechos y elecciones, y de la transformación lingüística que tendría que responder a –pero también propiciar– nuestras propias transformaciones como personas y sociedades. Por supuesto que en el fondo está otra visión del mundo, que implica el reconocimiento de derechos, identidades y autodeterminaciones. ¿Nos gustaría que alguien nos llamara con un nombre que no es el nuestro? Desde el entorno educativo hasta el laboral, las personas nos preguntan cómo queremos ser llamadas para no incomodarnos con apócopes, apodos u otras versiones de nuestros nombres. A veces, por el contrario, elegimos estos últimos, pero tenemos esa posibilidad: la de elegir, y la de que nuestras elecciones sean respetadas. ¿Por qué no podemos, entonces, respetar la elección de las mujeres, las personas trans, las personas gestantes o las personas no binarias? Los motivos son más profundos; la conservación de la supuesta pureza de la lengua es solo una excusa, una coartada.

Quizá en el fondo está el rechazo a aceptar en toda su magnitud y profundidad las transformaciones que hoy presenciamos y estamos por presenciar; el problema es que esas resistencias no son nimiedades ni se limitan a una expresión pretendidamente “superficial” del lenguaje. Tienen implicaciones profundas para aquellas personas a las que les queremos seguir negando el derecho a ser nombradas y reconocidas. En su libro Encuentro con el otro (texto y autor fieles representantes de su época, aún no contemplaban el lenguaje incluyente), el periodista Ryszard Kapuscinski ya delineaba lo que él quizá experimentó en otros ámbitos, pero que hoy se ajusta a los cambios que están frente a nosotras:

“A lo mejor nos dirigimos hacia un mundo tan nuevo y diferente que las experiencias acumuladas a lo largo de la historia nos resulten insuficientes para comprenderlo y para movernos por él sin perder rumbo. En cualquier caso, el mundo en el que entramos se puede calificar de Planeta de la Gran Oportunidad, pero no una oportunidad sin condiciones. Se abrirá sólo a aquellos que ante sus nuevos deberes muestren una actitud seria y responsable, con lo cual también demostrarán que se toman en serio a sí mismos. Es un mundo que tiene mucho que ofrecer pero que, también, plantea muchas exigencias. Moverse por él buscando atajos puede acabar resultando un viaje a ninguna parte”.

Ante la rapidez con la que fluyen y se reinventan nuestras realidades, no hay atajos ni comodidades. Exijámonos más.

* Marcela Nochebuena es encargada del área de Comunicación del @COPRED_CDMX.

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