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Más allá de votar y ser votadas
El techo de una generación es apenas el piso de la siguiente. Hoy tenemos derechos políticos. Podemos votar y ser votadas. Estamos representadas. Queremos y exigimos más.
Por Marcela Nochebuena
22 de octubre, 2020
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Decía orgulloso un excandidato presidencial en el 2018 que en su casa, las mujeres (¡y lo llamó igualdad!) siempre fueron las primeras en levantarse y las últimas en irse a dormir. En el documental Las Sufragistas, Eufrosina Cruz, mujer indígena zapoteca que se enfrentó a la anulación de su triunfo como presidenta municipal de Santa María Quiegolani, Oaxaca, relata cómo uno de los primeros rasgos que rechazó y que no estaba dispuesta a aceptar en su propio entorno familiar era el hecho de que su mamá tuviera que levantarse primero e irse a dormir al último (porque, por supuesto, las dobles y triples jornadas no son igualdad). Dos anécdotas que ejemplifican muy bien la diferencia de percepciones en torno a la participación política de las mujeres.

Luego de la conmemoración este 17 de octubre de la publicación del decreto de 1953 donde se estableció el derecho de las mujeres a votar y ser votadas, vale recordar las muchas luchas que nos preceden: la de las únicas seis candidatas a la presidencia en 67 años, la de las primeras gobernadoras y legisladoras, y las primeras secretarias de Estado. Sin embargo, no hay que olvidar esas otras, como la de Eufrosina, que en tiempos de derechos supuestamente ya ganados, enfrentó a su propia comunidad por negárselos, sobre lo cual dice: “A lo mejor la que da la cara, la que habla, es Eufrosina, pero alrededor mío está el rostro de esas mujeres allá en la montaña, de esas mujeres invisibles que hoy, más que nunca, quiero que sean visibles”.

Su lucha demuestra que no siempre todos los triunfos son para todas, ni mucho menos son el punto final o definitivo.

La paridad, por ejemplo, a base de insistencia se ha ganado en algunos ámbitos, y tendrá que normalizarse. Para quienes todavía se lo preguntan, no es cuestión de favoritismos o de privilegios, o de asignar lugares o cargos a quienes podrían resultar incompetentes (tampoco hay garantía alguna de competencia si ese mismo lugar lo ocupara un hombre). Es simplemente una medida de nivelación, que “empareja el piso”, antes no únicamente disparejo, sino vetado durante muchos años. No olvidemos que en 75 años sólo 7 mujeres han sido gobernadoras; hoy, sólo es una, y una jefa de Gobierno, mientras que sólo 21 mujeres habían sido secretarias de Estado antes de esta administración; hoy, son 7 de 17.

Y tampoco es sólo una cuestión de números. Estamos frente a un largo camino de reflexiones y pendientes: eliminar las prácticas discriminatorias, y muchas veces violentas, que juzgan a las mujeres políticas por su vida personal y por asuntos que jamás les serían cuestionados a los hombres, así como desarrollar un sistema de cuidados equilibrado que permita subsanar los obstáculos que imponen las dobles y triples jornadas (asunto que COPRED ha señalado de manera insistente), pero también apelar a la toma de conciencia y participación activa de los hombres para que ningún político vuelva a enorgullecerse de las extensas, exhaustivas y múltiples jornadas de las mujeres. Para que muchos otros se den cuenta de que su trayectoria está construida por sobre y en detrimento de aquellas mujeres que son las primeras en levantarse y las últimas en irse a dormir.

Entre las reflexiones, quizá más profundas e incómodas, está si la participación política de las mujeres se da en favor de todas, o se encamina más a pertenecer a un sistema predominantemente masculino en busca de una aceptación o validación que no incomode, o sencillamente se encuentra rodeada, limitada o definida en realidad por hombres. Habría que repensar si la presencia de mujeres cambia la visión de política pública o el posicionamiento de los círculos a los que pertenecen, o es un gesto cumplidor para después alabarlas por ser madres abnegadas o heroínas que mantienen la tradición de cuidar al patriarca o mujeres que viven en familias seguras, armoniosas y fraternas. La pregunta es si hacemos política con mujeres o para las mujeres.

Por supuesto, las primeras y más lógicas exigencias quedaron plasmadas en aquellas luchas que conmemoramos este 17 de octubre: acceder a espacios y ejercer los derechos más básicos, como votar (se dice muy seguido, pero hay que recordarlo, que el feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas, ¡y con derechos!, ¡y también políticos!). Sin embargo, tanto en la política como en otras dimensiones, es vital partir de la comprensión de que el techo de una generación es apenas el piso de la siguiente.

Por eso hoy la exigencia es, así como han sido las jornadas, doble y triple. No es el arrebato ni la locura ni la exageración de las nuevas generaciones. Las cifras prueban que la subrrepresentación sigue siendo una realidad, así como el doble y triple esfuerzo necesario para permanecer y continuar, la condescendencia de “dejarnos” ejercer el poder parcialmente bajo la premisa de que la capacidad y el tiempo son igualmente parciales o de mansplicarnos cómo debe hacerse, y por supuesto, la violencia política de género.

Hoy tenemos derechos políticos. Podemos votar y ser votadas. Estamos representadas. Queremos y exigimos más. El doble y el triple, justo ese precio que muchas mujeres han pagado siempre. No queremos un sector político predominantemente masculino que nos “dé chance” de pertenecer; queremos tener la autonomía y la agencia para hacer política en las mismas condiciones, para las mujeres invisibilizadas en cargos públicos, pero también en la montaña, en las comunidades, en la calle, en las cárceles, en las escuelas, en los hogares, en su salud y hasta en sus cuerpos, para aquellas cuyos derechos siguen siendo vulnerados porque enfrentan dobles y triples opresiones.

* Marcela Nochebuena es encargada del área de Comunicación del COPRED.

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