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Capital Plural
Por COPRED
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Por un 02 de junio donde las últimas seamos las primeras
Casi el 80% de las trabajadoras sexuales han padecido algún tipo de violencia, abuso o discriminación por la propia policía y los sistemas de justicia, de acuerdo con la segunda encuesta sobre trabajo sexual en la Ciudad de México, elaborada por el COPRED y el Centro de Apoyo a las Identidades Trans. En la mayoría de los casos no hubo denuncia por desconfianza en las autoridades.
Por Natalia Lane
2 de junio, 2022
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Para Esther, maestra de vida y andanzas puteriles…

 

Si le preguntaran a una compañera cuáles han sido las consecuencias de asumirse como trabajadora sexual seguramente recibirían una infinidad de respuestas. Todas distintas porque nuestras historias, circunstancias y contextos son complejos. Aun así, habría un denominador común en esas respuestas: todas hemos sentido vergüenza en algún momento por trabajar en lo que trabajamos.

A diferencia de otros empleos que tenemos las mujeres donde puede existir culpa ante el cuidado de los hijos, las horas de trabajo o el descuido personal, para las trabajadoras sexuales el sólo hecho de laborar ya es un estigma en sí. Y como todo estigma, viene acompañado de una buena dosis de clandestinidad.

Muchas mujeres en América Latina laboramos en las calles, las cabinas, páginas webs o centro nocturnos en total secretismo, siempre con miedo a ser arrestadas por la policía, acusadas por los clientes o “descubiertas” por algún familiar o conocido. Existen pocos lugares en el mundo donde las trabajadoras sexuales tengamos reconocidos nuestros derechos laborales y no seamos criminalizadas directa o indirectamente por ejercerlos.

Observamos casos de organización colectiva como OTRAS, el primer sindicato de trabajadoras sexuales en España, o AMMAR, sindicato de mujeres meretrices de la Argentina con más de veinte años de trabajo comunitario.

Aquí en México pese a que el trabajo sexual no está considerado como un delito, siguen existiendo prácticas de ilegalidad que nos impiden a las trabajadoras sexuales laborar en condiciones seguras. Las denuncias de los vecinos, la persecución de los policías, la discriminación en los hoteles y servicios de salud. Todos son obstáculos que nos orillan a las mujeres a hacernos de nuestras propias estrategias de seguridad. Algunas les llamamos redes puteriles.

La semilla de esas redes a veces ha germinado. En la Ciudad de México las compañeras llevamos décadas haciendo frente a la violencia del Estado. Gracias al juicio de amparo 112/2013 que interpusieron varias colectivas en el año 2014, el trabajo sexual fue reconocido como un trabajo constitucionalmente protegido. Y contemplado mediante la ley de trabajo no asalariado.

La capital no es el único ejemplo. El año pasado las trabajadoras sexuales organizadas de Mérida solicitaron un amparo contra el Reglamento de Policía y Buen Gobierno de Yucatán. En un fallo histórico, el Tribunal Colegiado declaró inconstitucional las sanciones que castigaban a mujeres trans que laboran en diferentes zonas de la capital yucateca. La lucha de las compañeras fue impulsada por el impacto que el coronavirus tuvo en sus vidas y trabajo.

Pero “Los tiempos del estado no son los tiempos de las putas”, dice Georgina Orellano, activista y trabajadora sexual. El poder legislativo en México no ha querido responder a las necesidades de las trabajadoras sexuales, colocadas siempre como las últimas en el reconocimiento de derechos. En 2019 el Congreso local aprobó una modificación a la Ley de Cultura Cívica que castigaba directamente nuestro trabajo como una falta administrativa, como una “conducta que viola la tranquilidad de las personas”.

Fue gracias a la movilización comunitaria de las mujeres cis y trans que trabajamos en calle que se logró echar atrás la iniciativa y derogar el artículo. Pero esto no es una simple omisión, es el reflejo de la indiferencia institucional y los prejuicios que siguen considerando nuestro trabajo como “prostitución”.

Diferenciar la trata de personas con fines de explotación sexual y el trabajo sexual autónomo es crucial para quitar el estigma sobre nuestra labor. Por eso el 02 de junio es una fecha importante para nosotras. Porque nos recuerda que hace más de cuarenta años, nuestras compañeras trabajadoras sexuales en Francia se movilizaron para exigir el cumplimiento de nuestros derechos y poner un alto a la persecución policiaca.

A pesar de que ha pasado mucho tiempo desde que esas mujeres tomaron las calles, hoy continuamos con el mismo debate frente al Estado: ¿merecemos o no derechos laborales? ¿Somos víctimas eternas o sujetas autónomas? ¿Nuestras voces son legítimas dentro de los feminismos y movimientos sociales? Mientras los legisladores, las académicas, los funcionarios públicos y las sociedades andan discutiendo qué hacer, nosotras seguimos siendo asesinadas, extorsionadas, golpeadas y criminalizadas.

De acuerdo con la segunda encuesta sobre trabajo sexual en la Ciudad de México, elaborada por el COPRED y el Centro de Apoyo a las Identidades Trans, casi el 80% de las compañeras trabajadoras sexuales han padecido algún tipo de violencia, abuso o discriminación por la propia policía y los sistemas de justicia. En la mayoría de los casos no hubo denuncia por desconfianza en las autoridades.

Llama la atención que cinco de cada diez compañeras aún consideran que el trabajo sexual es un delito o algún tipo de falta administrativa. La mitad de ellas también señala que no recibieron ningún tipo de apoyo de gobierno durante la emergencia sanitaria por COVID19. Incluso muchas de ellas fueron desalojadas de los hoteles donde vivían en la zona centro de la capital.

Las consecuencias al asumirse como trabajadora sexual son muchísimas, pero quizás la que más duele es la del estigma. Ya no queremos ser las mujeres rescatadas y tuteladas, ya no más investigadoras que nos entrevisten y expongan nuestro dolor a manera de tesis. Queremos justicia epistémica, ser las dueñas de nuestras propias voces y sentarnos con el Estado a la hora de la toma de decisiones. Porque esas decisiones institucionales impactan directamente en nuestras vidas.

Queremos ser las primeras en lugar de las últimas, ya está sucediendo. Vemos con gusto más voces de trabajadoras sexuales que se alzan con mayor fuerza cada día. En la Ciudad de México las hermanas de la Alianza Mexicana de Trabajadoras Sexuales han habilitado la “Casa AMETS”, un espacio gestionado por y para compañeras como punto de encuentro para hablar de lo que nos duele, pero también para celebrar la vida y nuestra putez con orgullo, nunca más avergonzadas.

Las redes puteriles se están ramificando con fuerza y sin miedo. Esto no sería posible sin el arduo trabajo de colectivas y organizaciones que nos precedieron y que hoy siguen resistiendo. Las compañeras de la vieja guardia, esas que tragaron saliva ante los operativos policiacos para encarcelarlas, esas que gritaron violación y nadie les creyó, las que no sobrevivieron al feminicidio, las que sí sobrevivimos, las que denunciaron el abuso de sus parejas, el cobro de piso o la extorsión de los padrotes.

A todas ellas que alguna vez fueron las últimas, hoy les digo que seguiremos tomando las calles y las instituciones como nuestras compañeras de Francia para que, algún día, seamos las primeras.

* Natalia Lane es asambleísta consultiva del COPRED, trabajadora sexual, sobreviviente.

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