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Un distanciamiento social que ya existía antes de la pandemia
Actualmente las condiciones en la salud mental afectan al 30 por ciento de la población en México, pero sólo una de cada cinco personas recibe tratamiento.
Por Adriana Aguilera
8 de octubre, 2020
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La salud mental abarca una amplia gama de componentes directa o indirectamente relacionados con el bienestar mental, contemplado en la definición de salud que da la Organización Mundial de la Salud (OMS): «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».

Esto implica que la salud mental está relacionada con la promoción del bienestar, la prevención de condiciones que pueden afectarla, y el tratamiento y rehabilitación de las personas que las tienen. Todo lo anterior desde un modelo médico, que es aquel que retoma la OMS para la definición y conmemoración del Día Mundial de la Salud Mental cada 10 de octubre.

Para el Día Mundial de este año, la OMS, junto con las organizaciones asociadas United for Global Mental Health y la Federación Mundial de Salud Mental, pide que se aumente considerablemente la inversión en salud mental y para ello ha puesto en marcha la campaña “Acción a favor de la salud mental: invirtamos en ella”.

Según datos de la OMS, la salud mental es una de las áreas más desatendidas de la salud pública. Cerca de mil millones de personas viven con un trastorno en la salud mental, 3 millones de personas mueren cada año por el consumo nocivo de alcohol –faltaría el estimado por otras sustancias psicoactivas- y una persona se suicida cada 40 segundos. A lo anterior deben sumarse los miles de millones de personas de todo el mundo que se han visto afectadas por la pandemia, que tiene repercusiones adicionales en la salud mental de las personas.

Este día mundial se celebra en un momento en el que nuestras vidas cotidianas se han visto considerablemente alteradas como consecuencia de la contingencia sanitaria, donde el personal de salud presta sus servicios en circunstancias difíciles, las personas que deben ir a trabajar lo hacen con el temor de contagiarse y llevarse la COVID a sus casas, han sido necesarias adaptaciones para las clases en línea, y por supuesto, los impactos diferenciados que han tenido los grupos en situación de vulnerabilidad, que acentúan la discriminación y las desigualdades.

Es cierto que todo esto, así como las medidas para el distanciamiento social como estrategia de prevención y mitigación del COVID, ha traído repercusiones en la salud mental de las personas, por lo que es importante visibilizarla y fomentar acciones que promuevan el bienestar mental. Me gustaría enfatizar que las personas con condiciones de salud mental están todavía más aisladas socialmente que antes, y han tenido que enfrentar diariamente el estigma que conlleva la distancia social incluso sin COVID.

Empecemos por cuestionar qué entendemos por “salud mental”, como parte de lo que recientemente se ha denominado “Cuerdismo”. De acuerdo con la organización En Primera Persona, A.C., éste es una forma de discriminación y opresión relacionada con el control sociopolítico de lo “anormal” y no-normativo, que establece cuáles conductas reconoce o autoriza como socialmente tolerables y “razonables”, mientras sanciona aquellas que no. Es precisamente el conjunto de prácticas e ideología que presuponen la superioridad de los pensamientos, prácticas y experiencias cuerdas sobre las que “no lo son”.

El tercer episodio de “Modern Love” –serie de Amazon Prime Video- relata la historia de una mujer que es excelente en su trabajo, pero al tener bipolaridad, hay días en los que, desde la óptica del modelo médico, pasa de una fase maníaca a una depresiva. Eso repercute en su trabajo, pues unos días llega tarde, otros demasiado temprano y de repente se ausenta sin razón alguna.

Una vez que es despedida, llega a confiarle a su exjefa –también amiga– su situación y es cuando ella comprende muchas de sus actitudes, comportamientos y ausencia. Pero no pasa de ahí. La protagonista no es reinsertada al trabajo. ¿Qué pasaría si en nuestros centros de trabajo se tuviera esa apertura para poder decir cuando alguien enfrenta una condición similar para que se puedan gestionar ajustes razonables?

Quizá la respuesta a dicha pregunta es un tanto obvia: las personas con condiciones similares no lo comparten en el trabajo justo por el miedo a ser estigmatizadas y sufrir discriminación. Por otro lado, la parte empleadora por desconocimiento y estereotipos, probablemente no contrataría a esa persona de saberlo desde un inicio. Eso también sería un acto discriminatorio.

Pero no sólo pasa en el ámbito laboral; este distanciamiento social ocurre en las demás esferas, como escuelas, amistades e inclusive con las familias. Las personas que no encuadran en este “cuerdismo” enfrentan estigmas, estereotipos, separación, pérdida de estatus y discriminación.

A esto se suma el hecho de que relativamente pocas personas tienen acceso a servicios de salud de calidad, lo cual ha disminuido aún más debido a la pandemia por COVID-19, que ha afectado los servicios de salud.

Debido a los prejuicios, las personas y la sociedad perciben a quienes tienen alguna condición mental como peligrosas, impredecibles, violentas e incapaces de desarrollar actividades, sobre todo laborales. Al no pertenecer a una “identidad social virtual”, son orilladas a tenerle miedo al diagnóstico, por lo que no recurren a evaluaciones hasta mucho tiempo después.

Al respecto, datos revelados por la Doctora María Elena Medina Mora Icaza, jefa del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM, indican que actualmente las condiciones en la salud mental afectan al 30 por ciento de la población en México, pero sólo una de cada cinco personas recibe tratamiento. Se considera que la principal causa es que no existe conciencia de que estas alteraciones pueden ser tratadas desde etapas tempranas, pues quienes reciben atención tardan de siete a 30 años en llegar a ella. Agregaría que también está el miedo de confirmar la presencia de una condición de salud mental, por todos los estigmas y estereotipos que conlleva.

¿Qué pasaría si dejáramos de tenerle tanto miedo a alejarnos de ese constructo social de las conductas tolerables o “razonables”? Quizá ayudaría a que las personas que son diagnosticadas psiquiátricamente no experimenten el rechazo de la sociedad y, en ocasiones, una baja en su autoestima.

No se trata de restarle importancia al diagnóstico y seguimiento, pero es fundamental disociar dicho diagnóstico con el estigma y con aquello que la sociedad percibe como “cuerdo” y “loco”, que es una “categoría” utilizada para determinar que las personas no encajan, por lo que su discurso no debe ser tomado en cuenta, además de que no podrían desempeñar bien determinadas actividades, trabajo, educación y demás.

En este Día Mundial de la Salud Mental, además de la invitación a reflexionar a nivel internacional, es necesario un exhorto a repensar los estereotipos existentes y el rol que jugamos en la generación de estigmas y conductas discriminatorias. También a analizar desde un modelo social que rechaza patologizar o trivializar el sufrimiento psíquico, y protege la autonomía de las personas para ejercer su propia voluntad.

Todas las personas, en su diversidad psicosocial, deben ser respetadas y reconocidas como titulares de derechos, y su acceso a las libertades fundamentales debe ser garantizado y protegido.

* Adriana Aguilera es Secretaria Técnica del @COPRED_CDMX.

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