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De Supermán a Sebastián
Por León Krauze
14 de junio, 2013
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En un acto de nostalgia ochentera, el viernes por la mañana me lancé a ver “El hombre de acero”. Siendo hijo de los 70 y 80, sentía casi una obligación de presentarme en el cine. Mi generación creció con la versión dirigida por Richard Donner y actuada por Christopher Reeve. La música de John Williams es parte de nuestro propio soundtrack. No por nada se dice que la “S” de Supermán es tercer icono más reconocido del mundo. Cinematográficamente, la película me gustó. La reinvención de la narrativa del superhéroe que han hecho Christopher Nolan  y David Goyer, productor y guionista, no está a la altura de la maravillosa trilogía que ambos hicieran sobre Batman, pero no por eso deja de ser emocionante y, por momentos, conmovedora.. Además, Nolan y su director Zach Snyder han hecho, como en la serie de Batman, un casting perfecto (Russell Crowe, Kevin Costner y Diane Lane valen el boleto).  La película es una belleza visual, sobre todo lo relacionado con Kryptón, una tierra original pero con suficientes ecos gigerianos como para darle un toque de amenaza.

Así que la película me gustó por sus méritos artísticos. Pero sobre todo me resultó entrañable porque le descubrí los matices detrás de una de las interpretaciones clásicas de la historia: la idea de Supermán como inmigrante. La historia de “El hombre de acero” es, en esta ocasión, el relato de una asimilación, larga, incierta y, finalmente, exitosa. El héroe pasa dos terceras partes de la película luchando contra el temor de que su patria adoptiva – su especie adoptiva – lo rechace. Durante años, prefiere caminar entre sombras antes que revelar su identidad de inmigrante. Su padre terrícola le suplica que sea cauteloso, en parte en un afán natural de proteger al joven héroe pero también, uno sospecha, porque conoce bien los prejuicios de su tierra (no por nada Supermán crece en Kansas). Cuando Supermán finalmente acepta su condición y decide presentarse vestido con una versión del traje de su tierra original, es recibido con sospecha y rechazo, es esposado y llevado a un centro de detención, desde donde será deportado sin miramientos. No es sino hasta que se muestra como un activo indispensable para la humanidad que Supermán, el inmigrante asimilado, finalmente se gana la aceptación de su planeta adoptivo. En un momento dado, el héroe se acerca con un militar que pretende perseguirlo y le pide que le tenga confianza: “llevo aquí 33 años”, le dice.

Siempre me he resistido a darle lecturas sociales a productos que provienen casi exclusivamente de la cultura del espectáculo. Me parece innecesario y hasta pedante.  Pero esta vez vale la pena hacer una excepción. La descripción que he hecho del proceso que vive el Supermán inmigrante se parece mucho a la experiencia de millones en Estados Unidos. Permítame el lector hacer referencia a un solo caso. Hace unos días, un pequeño llamado Sebastián de la Cruz se presentó vestido de charro – con el traje de la patria original de sus padres – a cantar el himno nacional de Estados Unidos, la patria adoptiva, en un partido de las finales de la NBA. La reacción de muchos en las redes sociales se parece a la que tanto temía Clark Kent. “¿Qué hace ese indocumentado cantando el himno?”, dijo uno. “¿Quién puso a un mexicano ahí?”, dijo alguien más. Lo que estos maestros del prejuicio pasaron por alto fue, precisamente, el proceso virtuoso del que es producto el niño De la Cruz. Al presentarse así frente a millones de televidentes, el niño defendió su derecho a compartir la identidad de la patria original y, al mismo tiempo, celebrar al país adoptivo cantando – de manera bellísima, por cierto – el “Star Spangled Banner”. En el fondo, como el inmigrante de Kryptón, Sebastián dejó atrás temores para abogar por los que, como él, son producto de la asimilación. Y aunque la comparación tiene mucho matices (Sebastián nació en Estados Unidos de padres inmigrantes), la lección permanece: este país haría bien en comprender de una vez por todas el proceso que, en el fondo, le ha dado forma y riqueza: ese acto de generosidad y grandeza que implica mudar de piel para adoptar la lengua, los valores y las costumbres de una patria adoptiva. A los inmigrantes, ya sea de planetas extintos o tierras vecinas, hay que tenerles confianza.

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