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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Ahí le encargo
El alcalde, el gobernador o el presidente no pueden darse el lujo de ser tan grandilocuentes y ambiguos como cuando eran candidatos. Sus discursos hacen política pública. No es lo mismo decir “de la seguridad me encargo yo” durante la campaña, que repetir la frase el día de la toma de posesión, que reiterarla un año después, casi en el Informe de Gobierno.
Por Onésimo Flores
20 de diciembre, 2012
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La historia es conocida y aplicable casi a cualquier contexto democrático. El candidato necesita votos, y para derrotar a su competencia hace promesas grandes y ambiciosas. Estas promesas tienden a ser ambiguas, porque cualquier político competente sabe que las promesas de campaña generan compromisos de gobierno. Los candidatos no prometen “reducir la tasa de homicidios respecto al año anterior”. Al contrario. Se plantan en frente de una multitud, inflan el pecho y anuncian: “De la seguridad me encargo yo”.

Los políticos en campaña hacen promesas tan grandes como ambiguas y haríamos mal en culparlos. Su trabajo en ese momento es darnos esperanza y convencernos de que hay un mejor futuro posible. Su misión es proyectar capacidad ejecutiva, demostrar empatía y sensibilidad. Aquel candidato que anuncia lo qué hará cuando llegue al gobierno, detallando cómo, cuándo y con qué, podría ser irresponsable. Las promesas concretas quitan flexibilidad y el gobernante necesitará margen de maniobra. Sus diagnósticos a priori pueden ser errados, la información recibida puede estar incompleta y la bala de plata anticipada podría resultar ser poco efectiva.

Otra es la historia para quien ya ejerce el gobierno. El alcalde, el gobernador o el presidente no pueden darse el lujo de ser tan grandilocuentes y ambiguos como cuando eran candidatos. Sus discursos hacen política pública. No es lo mismo decir “de la seguridad me encargo yo” durante la campaña, que repetir la frase el día de la toma de posesión, que reiterarla un año después, casi en el Informe de Gobierno. El significado cambia. Lo que antes comunicaba tranquilidad y esperanza, comienza a causar extrañeza. ¿Qué es peor? ¿Sentir miedo cuando sabemos que el gobernante se desentendió del problema, o sentir miedo cuando quien gobierna hizo del tema su prioridad?

Sabemos que los problemas públicos son complejos y nadie espera realmente amanecer en Estocolmo. Sin embargo el resultado del ejercicio de gobierno no puede reducirse a reiterar la promesa de campaña. Hace unos días el Gobernador Rubén Moreira volvió a la carga: “dije que de la seguridad me encargo yo, porque antes nadie se encargaba”. Al hablar así, se obliga a detallar las consecuencias de su intervención. Si antes estábamos mal porque nadie estaba a cargo, ¿por qué ahora que él se encarga, parece seguir todo igual?

En busca de pistas, reviso el mensaje que leyó en su Informe de Gobierno: “La seguridad es y seguirá siendo mi mayor compromiso”. “Hoy tenemos una acción coordinada que antes no existía entre el Ejército, la Marina y la Policía Estatal”.  “Hoy tenemos una policía más fuerte y mejor preparada”. “Ahora contamos con leyes modernas y eficaces para combatir la delincuencia, pero sobre todo, ahora tienen un gobierno decidido a terminar con el crimen”. Todas estas frases son grandes y ambiciosas, establecen distancia con el pasado y tienen un significado irremediablemente ambiguo.

Entiendo que toda acción de gobierno requiere tiempo para producir resultados, pero ¿qué sucedió este año con el número de robos, de desaparecidos y de homicidios? Si el Gobierno no propone una métrica para medir su desempeño, la ciudadanía recurre a las experiencias personales y a las historias de los diarios. Quizá están pasando muchas cosas buenas, pero la gente tiene motivos para seguir sintiendo miedo.

Cuando nadie se encargaba, asesinaron al Director de Bibliotecas del Estado. Hoy que alguien se encarga, tocó el turno al Secretario Ejecutivo del Instituto Estatal Electoral. Cuando nadie se encargaba, un puñado de reos obtenía permiso para salir a masacrar gente en Torreón. Ahora que él se encarga, 132 reos recibieron permiso para escapar del penal de Piedras Negras. Cuando nadie se encargaba, mataron a un sobrino del Gobernador. Ahora que él se encarga, se repitió la historia. Antes y ahora, balaceras en las calles. Antes y ahora, fosas con personas ejecutadas. Antes y ahora, secuestros y desaparecidos. ¿Hay alguna estadística oficial, de fuente seria y confiable, capaz de combatir la percepción de que la situación de seguridad sigue empeorando?

Recuerdo bien la Navidad de 2011, otro día en el que la violencia sacudió a Coahuila. El día 24 de diciembre hubo una balacera en Saltillo que dejó cinco muertos según los diarios. En Torreón encontraron dos decapitados y por la tarde dos jóvenes fueron ejecutados. ¿Será distinto este año, o volveremos a celebrar muertos del miedo?

 

Ahí le encargo.

 

 

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