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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Aprendiendo de Cancún
Supongo que todos hemos caído en la trampa. Observamos caos en nuestras ciudades, y emitimos juicios sumarios sobre el “desastre” que nos rodea. Olvidamos frecuentemente que muchos de esos problemas tienen su origen en éxitos pasados.
Por Onésimo Flores
12 de marzo, 2015
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El título del panel era sugerente: “Cancún: Urbanismo todo excluido”. Un puñado de futuros urbanistas, arquitectos, sociólogos y diseñadores –casi todos extranjeros- presentarían las conclusiones de un viaje de investigación a esta ciudad mexicana. Habían prometido documentar con entrevistas, planos, videos y fotografías “la otra cara” del popular destino turístico, lejos de las playas, los resorts y los clubes. Asistí intrigado, no solo deseoso de conocer sus reflexiones, sino también de descubrir como nos miran desde afuera.

Tras dos horas de presentaciones –todas interesantes y profundas- me daba vueltas la cabeza. Los planos mostraron cómo las milpas se convirtieron en mega desarrollos de vivienda Infonavit, y los cocotales en hoteles “todo incluido” de cinco estrellas. A juzgar por las presentaciones, cada nuevo resort esconde una historia de explotación, con ejidatarios como víctimas y desarrolladores como victimarios. Según el panel, la ciudad que rodea la zona hotelera es un desastre. La vivienda tiene pobre calidad, el transporte es malo y los salarios son bajos. Los panelistas organizaron una serie de talleres en Villas Otoch, un desarrollo de vivienda popular al norte de Cancún. Documentaron como la mayoría de la gente trabaja de noche y duerme de día, que las familias de Villas Otoch rara vez disfrutan de las playas, y que perciben pocos beneficios del turismo, además de sus sueldos. Observaron que el barrio está lleno de casas abandonadas y que sus habitantes invierten casi hora y media diaria para desplazarse en tres camiones hasta sus fuentes de empleo.

Las preguntas del público versan sobre el drenaje en los barrios populares, sobre la seguridad en el empleo y sobre la aparente ausencia del estado. Los panelistas explican que las aguas negras se tiran en la laguna, que muchos hombres y mujeres pierden su empleo en la industria turística en cuanto cumplen 35 años, y que el gobierno está cooptado por los hoteleros y las mafias. El evento termina cuando un panelista narra que un niño le confesó que a pesar de vivir en Cancún, nunca había nadado en el mar. Los miembros del público, conformado en su mayoría por extranjeros, se suman sin más a la depresión colectiva. El consenso pronto parece inatacable. Cancún es un destino turístico de clase mundial, rodeado una ciudad vulnerable y vulnerada.

Simpatizo con los panelistas y comparto su diagnóstico. Sin embargo yo no podría tildar nunca a Cancún como “desastre”. Toda ciudad tiene claroscuros, pero el caso de Cancún puede leerse de forma distinta, con sesgo positivo. Cancún fue diseñada y construida apenas en los años setenta, desde cero. Fue, en buena medida, un valiente experimento impulsado desde el Estado para atraer inversiones al país. Antes de la zona hotelera, Cancún era selva. Hoy Cancún es un destino de clase mundial, y quizá el más importante motor económico en el sureste del país. Con todos sus problemas, alberga a casi un millón de habitantes y sigue creciendo. Miles de mexicanos emigran hacia ella cada año porque promete mejores oportunidades de trabajo y desarrollo. Ningún otro desarrollo turístico –quizá ninguna otra ciudad en el país- ha tenido tanto éxito en tan poco tiempo.

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Cierto, la industria turística concentra la riqueza en pocas manos, y no parece haber mecanismos eficientes para redistribuirla entre la población. Cierto, no hay vivienda a precios accesibles ni alternativas eficientes de transporte para los trabajadores en zonas cercanas a las fuentes de empleo. Cierto, Cancún necesita urgentemente diversificar su economía para evitar el riesgo de un colapso. Sin embargo, todos esos problemas –diagnosticados desde hace mucho- son mejor descritos como una agenda concreta de intervención. Es en el “qué hacer” donde nos faltan ideas.

Supongo que todos hemos caído en la trampa. Observamos caos en nuestras ciudades, y emitimos juicios sumarios sobre el “desastre” que nos rodea. Olvidamos frecuentemente que muchos de esos problemas tienen su origen en éxitos pasados. El ciclo de problema-solución-problema nunca termina realmente. México necesitaba empleos -cualquier tipo de empleo- y Cancún los proveyó. Ahora México necesita mejores empleos, y el reto es identificar intervenciones que ayuden a que Cancún evolucione. En otras palabras, quien realmente desee contribuir al debate, debe ir mucho más allá del diagnóstico. No es difícil encontrar problemas, injusticias y conflictos en una ciudad, sobre todo cuando esta crece de forma acelerada. La pregunta, en Cancún y en todos lados, es ¿qué hacer al respecto?

 

@oneflores

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