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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Caminar sobre la cuerda floja, o del reto de regular servicios públicos
Así como en Boston y San Francisco un número creciente de usuarios está dispuesto a asumir los riesgos asociados con un sistema menos regulado, en México cada vez más personas están dispuestas a pagar por la tranquilidad que los taxis hoy no pueden garantizar. ¿Cómo? Abandonando el transporte público y adquiriendo un auto.
Por Onésimo Flores
23 de mayo, 2013
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Regular efectivamente un servicio público es similar a caminar sobre una cuerda floja. Los funámbulos -nombre con el que se conoce a estos trapecistas- saben que el truco está en saber mantener el equilibrio. Cada paso que dan hacia adelante genera inercia hacia un lado, misma que deben contrarrestar aplicando una fuerza igual en la dirección contraria. Para no caer, extienden lateralmente los brazos y administran proactivamente el peso de su propio cuerpo. Igualmente, el buen regulador sabe que tanto la laxitud como la rigidez en la aplicación de la normativa puede dañar o incluso colapsar el servicio. Tanto para beneficiar a los usuarios como a la sociedad en general, el buen regulador debe identificar hacia cuál de estos lados está inclinado el servicio, y hacer los debidos ajustes.

Ofrezco el servicio de taxis como ejemplo, pero lo mismo aplica para otras industrias. Es obvio que la sociedad gana cuando el servicio de taxi es prestado por un operador autorizado, debidamente capacitado, con sus papeles en regla y con un vehículo digno y de modelo reciente. Finalmente, no cualquier persona debe ser taxista, y no cualquier vehículo sirve para taxi. Condicionar la operación del servicio a la autorización y evaluación periódica del gobierno debe dar tranquilidad al usuario -y a la sociedad en general- de que el taxista cobrará una tarifa razonable, que responderá en caso de algún incidente,  y que alguien ha certificado tanto la competencia del conductor como las condiciones del vehículo.

Sin embargo, las reglas que establecemos como condición para otorgar un permiso o concesión de taxi deben balancearse con las necesidades del público. En muchas ciudades de los Estados Unidos, por ejemplo, la industria de taxis está tan sobre-regulada, que el servicio es escaso y las tarifas son altas. Acá hay un buen artículo sobre el tema. Las autoridades intervienen en todos los aspectos de la operación: limitan significativamente el número de taxis que pueden operar, detallan cuándo, cómo y dónde pueden recoger pasaje y establecen qué precio deben cobrar por sus servicios. Exigen vehículos grandes y nuevos, requieren equipos costosos -tales como sistemas de geo-localización, o terminales de cobro electrónico- y limitan los tipos de combustible permitidos. Los choferes deben cumplir una larga lista de requisitos, algunos justificables y otros ridículos. Pregúntenle a cualquier taxista en Los Ángeles: el reglamento tiene 916 artículos, y norma hasta el color de los zapatos de los chóferes.

La regulación detallada y estricta tiene aspectos benéficos. Por lo general los taxis en Estados Unidos son seguros, los conductores son confiables y los vehículos están en buen estado. Sin embargo, el servicio que ofrecen es menos accesible (en precio y cantidad) de lo que demanda el mercado. Tan es así que empresas de “ride-sharing” (como Lyft y SideCar) -cuyo modelo de negocio es convertir a cualquier persona con un vehículo y un celular en un taxista pirata- han encontrado un nicho que crece exponencialmente en ciudades como Boston y San Francisco. Pos supuesto, estas empresas están en guerra con la industra de taxis y con los reguladores del servicio. (Acá hay artículo que no puden perderse, detallando como hacen estas empresas para darle la vuelta a las reglas. Acá una nota sobre la (desesperada?) reacción de los reguladores). Otro ejemplo es la reciente entrada de los bici-taxis -“pedicabs”- al mercado norteamericano. Técnicamente, los pedicabs no cumplen las estrictas normas sobre seguridad que rigen a los taxis, pero sin duda ofrecen un servicio más conveniente y barato. (Acá pueden leer un texto sobre los conflictos de las empresas de pedicabs en Chicago.)

En ese contexto, ¿no sería mejor que las autoridades guarden su garrote? Para reestablecer el equilibrio, las autoridades que regulan el servicio de taxis en los Estados Unidos necesitan encontrar nuevos mecanismos que les permitan seguir protegiendo el interés público, SIN ahogar innovaciones que han demostrado reducir los precios y aumentar la oferta de servicios.

(Video promocional de Lyft):

(Por cierto, hay muchos otros ejemplos sobre como los reguladores en Estados Unidos están dando la batalla -a mi gusto perdida- contra un mercado que demanda más oferta y menores precios. Aquí está el caso de la industria hotelera. Acá pueden leer sobre el transporte inter-urbano).

El reto de los reguladores de servicios en contextos como el mexicano también tiene que ver con recuperar el equilibrio… pero para lograrlo necesitan cargarse en la dirección contraria. Usemos los taxis de nuevo como ejemplo: Cualquiera sabe que las reglas que actualmente norman el servicio son demasiado laxas o sencillamente no se cumplen. En la Ciudad de México al menos, el servicio de taxi está esencialmente desregulado. Hay un número indeterminado de taxis piratas (¿30, 40, 45 mil?), poca certeza sobre los antecedentes y capacitación de los chóferes, y la inspección de las unidades es poco rigurosa. La ausencia del estado explica los frecuentes asaltos y accidentes, pero también la conveniente ubiquidad del servicio y las tarifas relativamente bajas. Quizá la autoridad está consciente de estos beneficios, y lo que parece un caos es en realidad una estrategia efectiva para expandir la oferta de servicio disponible para una población con recursos limitados. Al menos eso es lo que podemos intuir de esta entrevista que concedió un taxista pirata al Periódico Reforma. Según explicó:

“Este servicio tiene un convenio con la Setravi para que trabajaran de una forma digamos ordenada, pero irregular; ordenada porque los tienen catalogadas e identificadas a las unidades, e irregular porque debería contar con las placas (de taxi).”

Sin embargo, el buen regulador debe cuidar el equilibrio. Así como en Boston y San Francisco un número creciente de usuarios está  dispuesto a asumir los riesgos asociados con un sistema de-regulado -como el que ofrecen las compañías de ride-sharing-, en México cada vez más personas están dispuestas a pagar por la tranquilidad que hoy no pueden garantizar nuestras autoridades. ¿Cómo? Abandonando el transporte público y/o adquiriendo un auto. ¿Cómo podemos decir que el transporte sustentable es una prioridad del gobierno, si este no puede garantizar que las alternativas al auto son seguras y confiables?

¿Cuál es el reto que enfrentan quienes regulan los servicio públicos en contextos como el nuestro? Encontrar formas de mejorar los estándares de servicio, sin reducir la oferta ni incrementar mucho los precios. En Estados Unidos, parece que las nuevas tecnologías estan dando una salida, pero en México observo más bien una parálisis. Unos hacen como que regulan, otros hacen como que cumplen, y el sistema está cada vez más desequilibrado. El hueco es enorme, y nuestras ciudades están urgidas de buenas ideas.

@oneflores

 

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