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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Ciudad que no delibera, ciudad que no es democrática
Por Onésimo Flores
21 de septiembre, 2011
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Veo un póster en una ventana. Es una invitación gubernamental a una “reunión pública” en la que las autoridades presentarán alternativas de obras para un área importante de la ciudad. Existe la posibilidad de replantear una autopista urbana elevada, que durante décadas ha dividido el barrio en dos. Los estudios de impacto de tráfico están listos, el presupuesto está autorizado, y existen al menos tres diseños conceptuales de lo que quedaría en su lugar.

Solo falta una cosa: la opinión de los ciudadanos.

Este tipo de eventos distan de ser la panacea, pero representan un mínimo indispensable. No solo obligan a las autoridades a refinar y clarificar sus argumentos, sino que también funcionan como una invaluable fuente de ideas. “¿Ya consideraron el efecto en las calles vecinas?”, “aquí falta un cruce peatonal”, “¿cuánto cuesta hacer un túnel?”, ¡Podemos construir un parque en el espacio que se recupere!”.

Nunca falta algún asistente que descalifique todo o algún aspecto del proyecto. La sesión ofrece no solo la oportunidad de ventilar estos puntos de vista, sino que permite entender mejor a los intereses que se consideran afectados. Bien manejada, la ocasión puede transformarse en una rara oportunidad de deliberación, detonando una búsqueda conjunta de ajustes y soluciones. Por supuesto que no siempre se puede darle gusto a todos, pero si podría hacerse un esfuerzo honesto y razonable.

La diferencia es que la conversación pública obliga a la justificación mutua. Quién esté a favor o en contra de alguna alternativa debe presentar argumentos que puedan plantearse y defenderse ante los demás. No puedes pararte ahí y decir que el proyecto beneficia a tu compadre o afecta a la empresa de quien contribuyó a tu campaña. Como mínimo, el gobierno debe explicar claramente que se gana y que se pierde con cada opción, y los ciudadanos explican que elementos les gustan, que les disgusta y con que intensidad. Eso ya representa un avance, pues la construcción de consensos es más factible cuando discutimos y planteamos alternativas que cuando anunciamos hechos consumados.

En este caso particular, existen al menos dos grupos de interés. Estarán quienes usan la autopista solo para regresar a sus hogares después de trabajar. Seguramente pedirán mantener una vía de alta velocidad, preferentemente a desnivel, que minimice cruces y semáforos. También estarán los vecinos, cansados de las barreras físicas que generan las estructuras de concreto y molestos porque no pueden cruzar la calle sin largos rodeos. Exigirán que se bajen los límites de velocidad, que haya más accesos locales en la avenida, y que el segundo piso sea sustituido por un boulevard arbolado.

Ambas son preocupaciones legítimas, que ciertamente se contraponen. Dicha tensión puede llevar al abuso (una se impone, sin considerar la otra) o a la parálisis (una riñe tanto con la otra, que no decidimos nada). Sin embargo, este tipo de reuniones puede ayudar para atemperar estos riesgos. Funcionan de manera opuesta a los mítines políticos, donde todos asistentes están previamente de acuerdo. Al contar con la presencia del “otro”, no son los discursos más radicales los que sobresalen, sino aquellos que proponen ajustes o mecanismos de compensación que nos permiten avanzar.

Por supuesto que es posible manipular estas sesiones. Además, no todos tienen los mismos incentivos o recursos para participar, ni la misma elocuencia, ni la misma calidad de información. Sin embargo, incluir el análisis público de alternativas en el proceso de toma de decisiones urbanas ayuda a mejorar la dinámica. No es lo mismo despertar una mañana y encontrar bulldozers trabajando frente a tu puerta, que haber tenido oportunidad de conocer las opciones e incidir en la decisión. De hecho, esa diferencia distingue claramente a las democracias de los regimenes autoritarios.

La sesión que describo se realizó hace días en el área metropolitana de Boston, donde curso mi postgrado. Me hizo pensar en el Aeropuerto de Texcoco, en la supervía en el DF, en la Vía Express en Guadalajara y en el nuevo estadio de los Rayados en Monterrey. Pensé también en los $1,400 millones de pesos gastados en el Megadistribuidor Vial de Saltillo, sin que nunca hayamos discutido públicamente las alternativas. En todos estos casos la cerrazón y la ausencia de diálogo han sido la norma. El gobernante, que tiene todas las respuestas, decide y después nos avisa. Hacerlo puede ser “eficiente”, pero solo si analizamos el tema de forma superficial. Sin deliberación pública perdemos buenas ideas, tiempo, dinero, legitimidad, transparencia y la oportunidad de construir ciudadanía.

Creo que es un buen tema para los politólogos. Tendremos mucho IFE, y elecciones limpias. Pero si juzgamos la transición democrática mexicana a partir de la manera en que nuestros gobiernos deciden el futuro de nuestras ciudades estamos jodidos.

—-

facebook/ciudadposible

Twitter: @oneflores

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