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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Coahuila y sus 40 ladrones
Javier Villarreal está detenido y confeso en Estados Unidos. Ya declaró qué hizo, y cómo, y con quién. Lamentablemente el Contralor de Coahuila no se ha dado por enterado. El Congreso dice que el asunto no le interesa. El Procurador -un hombre bueno, hasta que dejó de serlo- sigue encontrando excusas para no hacer nada. Pareciera que estamos donde comenzamos.
Por Onésimo Flores
25 de septiembre, 2014
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Durante seis largos años, una banda de 40 ladrones saqueó a todos en el pueblo. Los ladrones primero se llevaron la leche, luego regresaron por la vaca y finalmente se apropiaron de la granja. Se comieron las hostias, se pusieron las sotanas del cura, y se embolsaron las limosnas. No hay en el pueblo una sola casa que no haya recibido su visita. Joyas, coches, tierras, con todo arrasaron estos ladrones. Antes y después de cada golpe, los ladrones se reunían adentro de una cueva. Ahí escogieron a sus víctimas, planearon sus acciones y se repartieron el botín. Ahí adentro de la cueva todavía están los testigos, los documentos, y la más grande colección de huellas digitales jamás imaginada. Aún tanto tiempo después, esa cueva contiene toda la evidencia.

Resulta sin embargo que las autoridades del pueblo nunca encontraron nada. El asunto es muy curioso, porque adentro de esta cueva está la Procuraduría de Justicia, la Secretaría de la Contraloría y el Congreso del Estado. Ahí adentro, justo donde los ladrones celebraban sus juntas, está la Auditoría Superior, el Instituto de Transparencia y el Poder Judicial. Paradójicamente, las autoridades siempre han tenido la contraseña de la cueva. Cada mañana los funcionarios gritan “ábrete Sésamo”, y entran a sus oficinas sin dejar de ofrecerle cafecito a los bandidos. Uno podría pensar que son incompetentes, pero la historia que hoy les cuento es mucho más triste que eso.

Han pasado días, meses y años, y los ladrones siguen tan prósperos y tan impunes como siempre. Algunos pusieron negocios, otros viajan por el mundo y muchos tienen el descaro de seguir habitando dentro de la cueva. Por su parte, las autoridades locales siguen actuando como si nada hubiese pasado. No es difícil verlos deambular por el pueblo, con los ojos vendados, la boca tapada y los oídos cubiertos. Dedican una mitad del día a inventar programas y promover leyes, y la otra mitad a evitar tropezar con la evidencia. Son ellos los que piden dar vuelta a la página y mirar para adelante. Ellos, los que nos cuidan y nos representan.

Sin embargo, una mañana cualquiera la policía del pueblo vecino sacó a todos de su cómoda rutina. El anuncio corrió como pólvora. Uno de sus agentes atrapó a uno de nuestros maleantes, de apellido Villarreal. El suceso fue un tanto accidental. El ladrón en cuestión tuvo la osadía de comprar la mitad del pueblo vecino, y a este agente le pareció sospechoso. Como allá los policías sí investigan, en poco tiempo decomisó las propiedades, congeló las cuentas y detuvo al ladrón. Mientras la policía de nuestro pueblo está en la cueva durmiendo encima de toneladas de evidencia, en aquel lado bastaron unos meses para obtener una confesión firmada y poner a temblar a toda una pandilla de maleantes. Los ingenuos y los inocentes del pueblo no han tardado en hacer la pregunta. Si aquellos ya agarraron al primero, ¿por qué no vamos nosotros por los treinta y nueve ladrones que faltan?

El ladrón detenido ya está confeso. Ya declaró qué hizo, y cómo, y con quién. En sus declaraciones el delincuente dio fechas, nombres, cifras. El juicio será en enero, y seguramente generará más datos útiles. Nuestras autoridades podrían solicitar los expedientes, y seguir las pistas que ya tienen nuestros vecinos para ver hasta donde nos llevan. Podrían aprovechar que conocen cada centímetro de la cueva, y colaborar con nuestros vecinos hasta lograr cerrar el círculo. Podrían husmear en los archivos, obtener testimonios de excolaboradores y reconstruir cada uno de los pasos del detenido. Si de hacer justicia se tratara, hoy ninguna autoridad del pueblo dedicaría tiempo a otra cosa.

Lamentablemente el Contralor no se ha dado por enterado. El Congreso dice que el asunto no le interesa. El Procurador -un hombre bueno, hasta que dejó de serlo- sigue encontrando excusas para no hacer nada. Pareciera que estamos donde comenzamos. Ante la evidencia de un crimen tan obsceno, una pasividad gubernamental que aturde. ¿Qué se supone que debemos pensar? Cada quien sacará sus conclusiones, pero les comparto la mía: los 40 ladrones están seguros en su cueva, pero no porque ésta tenga anchas paredes de piedra, sino porque hay un ejército de funcionarios coahuilenses trabajando como veladores en la puerta.

 

@oneflores

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