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Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Cultura de barrio: vivir a costa de los demás
De ceder el paso al peatón o disminuir la velocidad en zonas escolares, a estacionarnos en doble fila y robarnos la energía eléctrica. ¿Qué tipo de acuerdo social queremos tener con nuestros vecinos?
Por Onésimo Flores
23 de enero, 2014
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Los primeros copos de nieve cayeron a las tres de la tarde de ayer y continúan de mañana, mientras escribo esta nota. El termómetro marca 14 grados bajo cero, mismos que quedan en evidencia al poner mi mano sobre cualquier ventana. Desde anoche fui notificado que mi oficina permanecerá cerrada hasta las once de la mañana y las noticias dan cuenta de que las clases en la escuela de mis hijos fueron canceladas. Todo indica que la mega-tormenta de hace algunas semanas -esa que los noticieros norteamericanos describen como un “Vórtex Polar”- está en proceso de repetirse. Pero este no es un artículo sobre el clima, sino sobre algo que algunos llaman “cultura”.

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Desde hace algunos años vivo en Boston, donde trabajo como catedrático e investigador. Las tremendas nevadas en esta ciudad ofrecen una rara oportunidad para entender cómo la sociedad humana desarrolla normas de convivencia. Me explico. De acuerdo con los reglamentos locales, cada vez que hay una tormenta de nieve, el gobierno es responsable de limpiar las avenidas y los propietarios de los inmuebles de limpiar las banquetas. El arreglo funciona bastante bien, pues la mayoría de los vecinos cumple con su parte. Quienes viven en edificios multifamiliares organizan turnos para palear nieve, y quienes rentan llegan a algún acuerdo con sus inquilinos. Al menos en mi calle, varios vecinos están limpiando sus banquetas desde muy temprano. El miedo a recibir una multa podría explicar parte de este comportamiento altruista, pero sospecho que pesa más la presión social que ejercen los demás vecinos. Finalmente, es claro que si alguien de la cuadra no cumple, el trabajo de los demás será en vano. En cambio, si todos hacen lo que les corresponde, el barrio será más accesible y seguro para todos. Por ello, a pocas horas de que termina de caer la nieve, casi todas las banquetas de mi barrio están habitualmente limpias de nieve y hielo.

Algo relativamente distinto sucede con los autos estacionados en las calles. Los tractores que pasan limpiando las calles empujan la nieve hacia los costados de los vehículos estacionados. En pocas horas, acumulan verdaderas cordilleras heladas -a veces de más de un metro de altura- que impiden su salida. Si bien no hay ni obligación legal ni presión social para mover estos autos, la gente tiene grandes incentivos para utilizarlos, particularmente ante este clima tan agreste. Sin embargo, estos automovilistas enfrentan un verdadero dilema. Aquellos que inviertan tiempo y esfuerzo físico en sacar sus vehículos, correrán el riesgo de que alguien más les “robe” “su” espacio, aprovechándose de su trabajo. Para resolver el problema, los automovilistas de esta ciudad han adoptado una práctica informal: dejan una silla, una caja, u otro objeto para “reservar” un estacionamiento en la vía pública. A media mañana, mi barrio ya muestra una decena de estos ejemplos de privatización del espacio público. Obviamente, esta estrategia resuelve un problema privado a costa de empeorar un problema público, reduciendo artificialmente la oferta de espacios disponibles para todos. Lo que es peor, cuando uno saca una silla, los demás sacan las suyas. Saben que si no reservan a tiempo “su” espacio, pronto estarán buscando estacionamiento a varias cuadras de distancia. Reservar espacios en la vía pública es ilegal, y en condiciones normales nadie se escaparía de una buena multa. Sin embargo, ante la emergencia del temporal, las autoridades se hacen de la vista gorda (o se ocupan de asuntos más importantes).

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Y he aquí el punto de este artículo, escrito para un público que goza de mucho mejor clima. Existen conductas -tales como mantener limpias nuestras banquetas, ceder el paso al peatón o disminuir la velocidad en zonas escolares- cuyo cumplimiento nos beneficia al tiempo en que beneficia a quienes nos rodean. Igualmente, existen otras -tales como estacionarnos en doble fila, o robarnos la energía eléctrica- que nos generan un beneficio, pero a costa de los demás. Ambos tipos de conductas tienden a multiplicarse de forma exponencial: Cuando alguien las adopta, es más fácil que el resto las adopte. Si vivimos entre gente que da para los demás, recibimos más de lo que damos. En cambio, si vivimos tratando de aprovecharnos de quienes nos rodean, terminaremos viviendo a la defensiva. En otras palabras, no es solamente el contenido de las leyes o la voluntad de las autoridades lo que finalmente determina el tipo de comunidad en el que vivimos. El resultado depende más del acuerdo que construimos con nuestros vecinos sobre cuáles conductas aceptamos y cuáles no. Hay quien dice que esto se llama cultura, y que con la cultura simplemente se nace. Yo creo que si no la tenemos, podríamos construirla.

 

@oneflores

 

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