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Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
El paradigma de “modernizar”
Cuando no revisamos de forma crítica las premisas que acompañan a un proyecto “modernizador”, extendemos un cheque en blanco a sus proponentes. En otras palabras, “modernizar” puede ser sinónimo de civilizar, colonizar, re-programar, desarrollar, reformar, o transformar. Sugiere cambio, pero no necesariamente para bien.
Por Onésimo Flores
15 de agosto, 2013
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La palabra “modernización” es un tanto peligrosa. Según la entiendo, se refiere a aquellas acciones que buscan reemplazar un paradigma con otro. Presumiblemente, intentamos “modernizar” algo que encontramos problemático, ineficiente o insatisfactorio. El asunto se vuelve un poco tautológico. Un proyecto “modernizador” no puede considerarse plenamente exitoso hasta que se vuelve tan aceptado que se convierte en regla.

El uso del concepto está plagado de premisas peligrosas. Primero, asume que la situación actual es causa de los problemas identificados. Segundo, asume que los problemas identificados merecen prioridad frente a otros problemas que nos aquejan. Y tercero, considera que la “modernización” planteada efectivamente resolverá los problemas identificados sin causar molestias peores que la situación actual. Evidentemente, todo proyecto modernizador amenaza a quienes se benefician del sistema tradicional, y por lo tanto genera resistencias. Al mismo tiempo, dichos proyectos alimentan esperanzas a partir de promesas de cumplimiento incierto o imposible, por lo que inevitablemente generan decepción poco después de implementadas. En otras palabras, es imposible entender la “modernización” de cualquier cosa sin tomar en cuenta el potencial de conflicto que trae implícita.

Uno de los problemas del concepto es que pocas soluciones son universalmente efectivas. Habitualmente, para atender el reto A, hay que dejar de dar tanta importancia al reto B, y hay que asumir los costos de ignorar el reto C. De hecho, el uso de la palabra “modernización” frecuentemente esconde un cambio de prioridades. En una sociedad plural, llegar a un consenso sobre la importancia relativa de cada reto es difícil. ¿Qué es más importante, la eficiencia o la equidad? ¿La cobertura o la intensidad de un servicio? ¿Los problemas presentes o los problemas futuros? ¿La estética o la funcionalidad? ¿Los intereses de quienes viven en la misma calle, en la misma ciudad, en el mismo país o en el mismo planeta? Como no hay respuestas universales, los campeones de una solución en particular tienden a usar la retórica de la modernización como atajo. En lugar de plantear un debate que genere un mandato claro sobre la necesidad de priorizar A sobre B, simplemente decretan que A representa la ruta modernizadora, y que por tanto, es de utilidad incontrovertible. Las dudas o críticas pueden desestimarse como obstáculos al progreso.

Lo que es peor, cuando el objetivo planteado es simplemente “modernizar,” la métrica de éxito se vuelve tan abstracta que la implementación del proyecto, plan o política basta para declarar misión cumplida sin mediar una evaluación rigurosa. Así las cosas, algo es “moderno” sólo porque fue inaugurado o establecido recientemente y no porque resuelve problema alguno. De hecho, cuando no revisamos de forma crítica las premisas que acompañan a un proyecto “modernizador”, extendemos un cheque en blanco a sus proponentes. En otras palabras, “modernizar” puede ser sinónimo de civilizar, colonizar, re-programar, desarrollar, reformar, o transformar. Sugiere cambio, pero no necesariamente para bien. Sin contexto o mayor detalle, “modernizar” es una palabra útil para quienes necesitan asumir mucho pero quieren explicar poco.

Lo anterior no busca desestimar el uso de la palabra por completo. La humanidad evidentemente tiene problemas que requieren soluciones y las alternativas de solución disponibles en un momento preciso vienen acompañadas de márgenes amplios de riesgo. Nuestras autoridades no son profetas ni magos y por ello difícilmente pueden comprometerse a decir con absoluta certeza que el plan A causará el efecto B con la intensidad y costo previsto, dentro del plazo anunciado. Dada la incertidumbre, es justo y quizá necesario echar mano de herramientas de racionalización, que apunten a un estadio de desarrollo deseable pero inevitablemente abstracto. Aunque sea solamente por un fetiche gramatical, prefiero ser gobernado por alguien que promete “modernizar el Estado” que por alguien que promete dejarlo “más mejor,” aunque sean formas distintas de decir lo mismo.

El problema viene cuando ahí termina la conversación pública. Si la justificación de toda acción pública es simplemente “modernizar”, y la autoridad asume el monopolio de identificar aquello que necesita “modernizarse” y de seleccionar cuales soluciones sirven para “modernizar,” estamos ante una situación peligrosamente autoritaria. Todo plan, programa, política u obra pública trae implícita una teoría. Si hacemos X, generaremos Y. En una democracia, esa teoría debe transparentarse y debatirse, no necesariamente hasta el punto de alcanzar un consenso, pero al menos hasta dejar en claro la lógica de la decisión, evidenciar los costos y las alternativas, y fijar los parámetros para una evaluación posterior. Cuando el abuso de la palabra “modernización” se torna paradigma, el público pierde.

@oneflores

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