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Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
El PRI de Coahuila, el PRI de Moreira
Por Onésimo Flores
28 de abril, 2011
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El PRI está acostumbrado a operar a través de jerarquías, de estructuras, de disciplina. La lógica fundacional del partido, facilitar la gobernabilidad del país, requería ser lo suficientemente amplio para dar cabida a todos, y lo suficientemente disciplinado para poder ejecutar las decisiones del momento.

Por ello, muchas de sus estructuras partidarias están diseñadas bajo una lógica corporativa, vertical, donde los votos de “las bases” se pagaban con puestos y favores para los “cuadros”. Dentro del lenguaje priísta tradicional, el gobernante “da línea” mientras los “liderazgos” “operan” y “movilizan”. El ciudadano representa el eslabón más débil de esta “estructura”, robado de su individualidad y empaquetado para fines propagandísticos bajo definiciones amorfas como “la gente” o “el pueblo”.

Este sistema fue durante décadas profundamente eficaz. Solo gracias a él podemos entender la reinvención priísta de cada sexenio, asociada a la personalidad e identidad ideológica del gobernante en turno. Hay un PRI de Miguel Alemán, uno de Echeverría, otro de Zedillo, todos diferentes. Solo gracias a ese control interno podía mantenerse una especie de congruencia, aunque fuese temporal, en las bancadas del partido en los Congresos, en las alcaldías y gubernaturas. Hoy que Salinas critica la polarización entre “neopopulistas” y “neoliberales” hace falta recordar que el PRI es tan amplio que da cabida a ambos.

Sin embargo, este modelo no funciona bien en ambientes de competitividad electoral. Cuando hay la posibilidad de alternancia, la disciplina se resquebraja, porque cada voto cuenta. El ciudadano se empodera, y quien se arroga representatividad para negociar canonjías se debilita. Para gobernar en dicho entorno es preciso plantear alternativas, justificar decisiones, rendir cuentas y mantener canales directos con la población.

Tras la derrota electoral del 2000, se abrió la posibilidad de replantear el significado de ser priísta. Soy de aquellos que vio con optimismo esa oportunidad. Quizá por primera vez en su historia, el PRI podría  priorizar al ciudadano antes que a la estructura, y a su programa antes que al candidato. Tal vez la coyuntura de la derrota serviría para definir un moderno proyecto de nación, que sin requerir un retorno al autoritarismo pudiese generar puentes y mandatos capaces de romper la parálisis.

Lamentablemente, dicho proceso de deliberación interna ha estado mediado por quienes llenaron el hueco dejado por el Presidente. Algunos gobernadores han asumido la franquicia como propia, encontrando en los peores excesos del pasado herramientas efectivas para afianzar su cacicazgo. Un ejemplo claro es el PRI de Coahuila, donde no hay mayor programa que aceitar la maquinaria para la elección del hermano de Humberto Moreira, actual gobernador con licencia. ¿Cuál es la diferencia entre el “dedazo” del PRI de otra época, y el actual en Coahuila? Como antaño, el gobernante eligió a su sucesor, utilizando los recursos del gobierno y los canales del partido para legitimarlo.

El problema de la candidatura de Rubén Moreira no es el nepotismo. Es coahuilense, y tiene el mismo derecho que cualquier otro ciudadano a ser votado. Sin embargo su candidatura está viciada de origen, pues se construyó artificialmente desde el poder, justo como se hacía en los setenta a nivel nacional.

El problema no es el nepotismo, sino la inequidad

Los apologistas afirman que Rubén ganó esa candidatura a pulso, por su trayectoria como Presidente del Partido y como Diputado Federal. Pero eso es mirar la ecuación al revés. Rubén no es candidato porque fue Presidente del PRI y diputado, sino más bien fue Presidente del PRI y diputado porque ya era el candidato de facto.  Su popularidad y margen de acción es producto de su aparente inevitabilidad.

Las señales de su ungimiento fueron claras, sobre todo para quienes sin deberle lealtad filial a Humberto Moreira, podrían construir una alternativa dentro del PRI. A los alcaldes los obligaron a renunciar para irse de diputados locales. Los Secretarios que intentaron brillar con luz propia salieron del Gabinete. A los diputados federales con tamaños les escatimaron sus logros. La “nueva clase política”, esa que los Moreira instalaron en Coahuila, representa bien lo que en otros lares describen como “dictadura de carpa amplia”, “donde todos caben, siempre y cuando no olviden quien es el anfitrión”.

Dicho modelo, aunque efectivo, representa un enorme retroceso democrático, que ya empieza a reflejarse en la cultura política de los funcionarios y en el diseño de las instituciones en Coahuila. Pero además, depende para subsistir de un priísmo dócil y acrítico, incompatible con el ejercicio de una ciudadanía plena. Convencidos de la solidez del castillo de cristal que han levantado, los promotores de ese PRI se rehúsan a ver la fragilidad que los rodea. Si ese es el partido que Humberto Moreira busca replicar a nivel nacional, caminamos para atrás.

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