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Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Entre la "República Amorosa" y el "Estado Eficaz"
Por Onésimo Flores
15 de diciembre, 2011
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¿Hasta qué punto son mutuamente excluyentes el idealismo y el pragmatismo, la solidez de convicciones y la flexibilidad para encontrar acuerdos? ¿Es cierto que quien construye un proyecto alrededor de principios inamovibles como la honestidad y la justicia pierde capacidad de implementación? O por el contrario, ¿será cierto que “dormir con el enemigo” representa mejor estrategia frente a las resistencias de quienes bloquean propuestas reformadoras?

Hoy por hoy, existen solamente dos candidatos competitivos para suceder a Felipe Calderón: AMLO y EPN. Descarto al PAN, pues este partido está anclado por once años de pobre desempeño y por las profundas contradicciones de su mensaje. En política nada está escrito, pero es innegable que los candidatos del PAN pierden contundencia al ofrecer simultáneamente continuidad y cambio en un contexto donde “continuidad” suena a 60 mil muertos más y “cambio” nos recuerda la ingenuidad de Vicente Fox.

Esto deja a los mexicanos con un reducido menú de opciones para el futuro: La “República Amorosa” de Andrés Manuel o el “Estado Eficaz” de Enrique Peña.  Hasta el momento, sólo tenemos pincelazos del significado práctico de cada una de estas visiones de país. El primero habla de “regenerar la vida pública de México”, mientras que el segundo promete una estrategia “que nos unifique” y “nos convoque a todos”.

AMLO saca una espada, y promete guiarnos hasta un mítico destino donde todos podremos compartir su superioridad moral. En esta cruzada tendremos que enfrentar a las “élites del poder”, cuya profunda corrupción “es la causa principal de la desigualdad y de la actual tragedia nacional”. Más que reformas estructurales, nos dice AMLO, el país necesita confesarse y expiar sus culpas. De acuerdo a su Evangelio, nuestros intereses y los intereses de los grupos que tienen detenido al país tendrán que reformularse, moderarse y convertirse finalmente a la nueva religión. ¿Qué pasará con los herejes y con aquellos que pretendan mantener sus privilegios? ¿Qué pasará con aquellos que tengan opiniones divergentes sobre lo que implica en términos prácticos la honestidad, el amor y la justicia? AMLO no lo ha dicho aún, pero supongo que en la República Amorosa les correspondería la hoguera.

Quien ofrece gobernar desde el pedestal de la verdad absoluta te dice “sí” o “no” de manera clara y anticipada. Las discusiones entre quienes se aferran a posiciones totalizadoras tienden a convertirse en luchas pasionales, que no admiten medias tintas. Cuando debatimos sobre principios y valores, la narrativa pública se llena de héroes y villanos, de predicadores, conversos y herejes. Quienes se amarran en esa bandera pueden dar buenos resultados y eliminar obstáculos antes considerados inamovibles. Pero también podrían equivocarse, guiándonos no a un paraíso sino al precipicio, no al amor sino al odio.

Peña en cambio abre un paraguas tan amplio, que supuestamente puede acomodarnos a todos. Su narrativa describe una barca donde todos reman en direcciones opuestas, generando “polarización social” y “parálisis institucional”. El camino hacia la eficacia requiere, según el candidato del PRI, superar “discusiones circunstanciales a partir de prioridades consensuadas”. Es decir, no hay que predicar, sino sentarnos a negociar. Peña no propone “regenerar la vida pública”, sino ayudarnos a navegar las aguas de una vida pública que considera irremediablemente corrupta. Quizá a esto responde su alianza con personajes como Elba Esther Gordillo o su reticencia a marcar distancia de políticos legítimamente cuestionados como Humberto Moreira. Dado que en su diagnóstico demanda construir y mantener acuerdos, Peña parece invitarnos a cerrar los ojos mientras el PRI y sus aliados hacen el trabajo sucio.

Quien postula el consenso como objetivo nunca dirá “sí” o “no” sin condiciones, pues la claridad reduce el margen de negociación disponible frente a los intereses creados. Sí, pero. No, aunque. Estas fórmulas permiten avanzar, pero distan de ser la panacea, pues el objetivo nunca es el consenso por el consenso, sino el consenso para generar resultados. Como bien escribe Bish Sanyal, decir que los acuerdos son necesarios para gobernar no implica que todos los acuerdos sean buenos acuerdos. Con quién, cuándo y cómo se construyen alianzas es tan importante como el contenido de las mismas. Y si al final de cuentas, como en El Gatopardo, cambia todo para que todo siga igual, hemos perdido el tiempo.

Queremos una República Amorosa, pero pragmática. Demandamos un Estado Eficaz, pero con principios. Ojalá la campaña que inicia permita contrastar ambas visiones, y obligue a los candidatos a ser más precisos. Hoy hay tantas dudas, que ni el amor ni la eficacia son del todo convincentes.

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