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Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Las razones de mi voto por Peña
Por Onésimo Flores
28 de junio, 2012
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Leí a Andrés Lajous, a Gerardo Esquivel y a algunos otros justificar los votos que emitirán el próximo domingo. Como inteligentes que son, justifican su decisión sin dejar de mencionar su inconformidad con algunos aspectos de la propuesta de su candidato. Me parece que el ejercicio es valioso. Como bien apuntó Carlos Bravo en un estupendo artículo, difícilmente existirá un candidato que no nos genere dudas, por lo que bien vale votar por aquel que nos genere dudas con las que estamos dispuestos a convivir. El problema, en mi caso, es que el ejercicio de decidir cual duda me causa menos conflicto resultó un proceso profundamente complicado.

Comienzo por lo fácil. No puedo votar ni por Quadri ni por Josefina. Creo que es más factible una reforma educativa profunda si el SNTE no cuenta con un partido político para chantajear a las autoridades y creo que tras doce años de desgaste y magros resultados es sano que el PAN regrese a la oposición. Me quedo pues ante la disyuntiva de elegir entre las dudas que me causan EPN y AMLO. No se si Peña logrará desvincularse del sector más rancio y corrupto del PRI, y no estoy seguro de que el ala moderna y dispuesta al consenso de la izquierda mexicana logrará dominar la agenda de AMLO.

Confieso que me atrae la oferta de EPN, respaldada por la presencia de algunos perfiles renovadores como Luis Videgaray. Mirando más allá de la crítica fácil, veo a un equipo priísta dispuesto a romper dogmas (como plantear la participación del sector privado en PEMEX), a poner en la mesa ideas ambiciosas (como una reforma fiscal para financiar una política de seguridad social universal, inspirada en el Plan Levy) e incluso capaz de distanciarse de las ovejas descarriadas del partido (como demostró la ‘sugerencia’ de que Moreira dejara la directiva del partido).

No comparto la idea de quienes sostienen que votar por el PRI es regresar al autoritarismo. México ha cambiado y el PRI también. Me parece incongruente decir que los resultados electorales del PRD en el DF avalan su desempeño, mientras que los triunfos del PRI en los estados son solo atribuibles al clientelismo y a la ignorancia. En ambos partidos hay prácticas deleznables, como también hay políticas exitosas y funcionarios efectivos que los ciudadanos castigan y premian.

No estoy convencido por el argumento que dice que “los gobiernos del PRI son corruptos”. En esta columna y en mis espacios en el Vanguardia y en el Siglo de Torreón he escrito hasta el cansancio de un gobierno priísta que sin duda me parece corrupto, y coincido en que hay varios gobiernos estatales priístas que sin duda son corruptos. Sin embargo, no creo que sean corruptos por ser priístas, sino por la falta de contrapesos, por la falta de vigilancia, por la ausencia de alternativas creíbles, y por la falta de una ciudadanía crítica y participativa. Creo que al menos a nivel nacional, estos elementos no faltan.

Creo que tanto el PRI como el PRD son instituciones conformadas por individuos, y que entre la maleza de ambos destaca un número suficiente de patriotas dispuestos a hacer la diferencia desde el servicio público. En otras palabras, no me siento cómodo aplicando definiciones totalizadoras a grupos tremendamente diversos. No todos los priístas son Fidel Herrera, y no todos los perredistas son Andrés Lajous. Quizá por ello las dudas que siento ante la posibilidad de votar por Peña son mucho menos dramáticas que las que plantean algunos opinadores que admiro y respeto.

No temo que la restauración del PRI implique el retorno a la censura, ni que augure una repetición del ’68. Evidentemente no comparto las declaraciones poco pensadas de personajes como Pedro Joaquín Coldwell (ante las protestas de estudiantes en la Ibero), pero encuentro problemas en distinguirlas de la actitud ante la crítica que mostraron Emilio González en Jalisco o por el propio Ebrard en los albores de las protestas contra la Supervía-Poniente. Tampoco comparto la idea de que votar por el PRI represente “una rendición ante el crimen organizado” como por cierto declaró Josefina, como no podríamos decir que lo que sucede en Morelos o Michoacán es suficiente para catalogar al PAN y al PRD.

Más bien, temo la posibilidad de que los intereses económicos y los sindicatos priístas (y filo-priístas como el SNTE) descarrilen o descafeínen las reformas planteadas por Peña, que los gobernadores dispendiosos absorban los recursos necesarios para impulsar políticas nacionales y que lealtades mal entendidas sigan protegiendo a personajes como Yarrington, Montiel y Moreira. De hecho, esta última duda me inclina a no votar por el PRI para diputado o senador, pues considero que los candidatos del PRI en Coahuila son corresponsables -aunque sea por omisión- del desastre financiero que todos conocemos.

Me pregunto si más allá de algunos anuncios diseñados para responder a coyunturas de campaña, Peña podrá gobernar con verdadera independencia frente a los intereses económicos y regionales que lo han impulsado hasta ahora y que en buena medida evitaron que muchas de las propuestas y compromisos hoy planteados se hubieran materializado antes. Supongo que me pregunto cuál será la lógica que caracterizará a Peña como líder priísta en Los Pinos: La del Presidente que manda, o la del Presidente que debe.

Esta duda me inclinó transitoriamente a considerar un voto por AMLO. Con ese ánimo escuché con atención sus participaciones en el programa Tercer Grado y en los tres debates presidenciales. Abrí mi mente para escucharlo, buscando infructuosamente ser convencido. Busqué escuchar de su boca argumentos como los que da Andrés Lajous para racionalizar la pensión universal para adultos mayores o como los que ofrece Edgar Amador para explicar el uso radical de la transparencia para blindar algunas licitaciones importantes realizadas en el GDF. Ambos ejemplos existen, y sin duda hablan bien del candidato. Sin embargo no encontré que AMLO se apropiara de ellos o que los describiera con la misma pasión.

Comparto los sentimientos del candidato de las izquierdas, pero me preocupa profundamente la forma en que plantea transformarlos en políticas. En cada aparición, AMLO sostiene que para eficientar la administración y combatir la corrupción, hay que recortar la burocracia y bajarle el sueldo a los funcionarios. Para hacer más competitivo al país, parece dispuesto a incrementar los subsidios a las gasolinas. Lo primero ahuyentará al talento, y lo segundo beneficiará a los más ricos a costa de los más pobres. AMLO promete bajar los impuestos (eg IETU) al mismo tiempo en que ofrece incrementar el gasto público (eg 5 refinerías). Según la receta que sigue de su diagnóstico, todo es cuestión de quitar a los corruptos e ineficientes y comenzar a administrar la abundancia.

Sin dejar de reconocer sus éxitos como gobernante del DF, muchas de las recetas que AMLO seleccionó para resaltar en la campaña me parecen equivocadas y populistas. Pero esto no es tan grave como el hecho de que una y otra vez el candidato de las izquierdas pareció confirmar que no está dispuesto a revisar premisas que asumió previamente como dogmas. Es decir, no veo en AMLO a un demócrata dispuesto a la deliberación, sino a un predicador que busca gobernar por aclamación. Como bien observa Jesus Silva Herzog, alguien que cree que ya lo sabe todo puede resultar más peligroso que alguien que no lee. Y es ahí donde mis dudas sobre AMLO crecen, incluso tanto que sobrepasan mi miedo a tener un Presidente priísta capturado por quienes se asumen como “causa” de su victoria.

Con muchas dudas, pienso votar por Enrique Peña, porque creo que es más probable que el y su equipo cercano logren domar a los intereses del priísmo bronco y abrirse un espacio para gobernar con autonomía, a que el equipo que rodea a AMLO logre convencerlo de ajustar la ruta cuando sea necesario. Ebrard, Juan Ramón de la Fuente y Claudia Sheimbaum son tremendos perfiles, y si alguno de ellos estuviese en la boleta quizá mi análisis sería distinto. ¿Pero qué Secretario convencerá a AMLO que invertir en un tren bala y bajar el precio de la gasolina representan intervenciones dispendiosas, regresivas y poco efectivas?

Puedo estar equivocado, pero supongo que un Presidente priísta tendrá mejores elementos para prevenir los abusos y excesos que caracterizan a muchos estados, como el mío, mientras que dudo que la izquierda moderna lograría evitar algunos de los dispendios y abusos que probablemente resultarán de las políticas anunciadas por AMLO.

Andrés Manuel tuvo seis años para plantear no solo lo que quiere cambiar en el país, sino también para entusiasmarnos con el como. Lo escuché primero buscando a un líder que, como sugirió Arturo Franco, nos vendiera una historia sobre nuestro futuro. Lo escuché de nuevo, buscando semillas de una izquierda dispuesta a defender y a dar argumentos a favor de planteamientos tan claros como estos. Y lamentablemente, tras buscar contenido dentro de su república amorosa, encontré poco más que una repetición cuidada del discurso de hace seis años.

Confieso que esta decisión fue difícil. Quienes me conocen y han conversado conmigo saben que durante la campaña cambié varias veces mi intención de voto… incluso, contraviniendo lo que ya he escrito sobre el tema, jugué con la idea de anular mi boleta. Lamento en serio comentarios como esteeste. Sin embargo, creo que hay que decidir entre las alternativas, observar que sucede y mirar el futuro con optimismo. Mi voto no es un cheque en blanco, ni implica que estoy de acuerdo con absolutamente todo lo que dice o hace Peña y el PRI. Como dije al principio, no hay ningún candidato que no me genere dudas, y con esto en mente estoy escogiendo el riesgo que quiero correr como elector. Otros llegarán a otras conclusiones, y que bueno. Estoy seguro que muchos disentirán conmigo, y que encontrarán en Peña fallas mucho más graves e insalvables que las que yo aprecio. Seguramente habrá quien use argumentos similares para escoger a Josefina, o que encuentren mis dudas sobre AMLO poco contundentes (o menos contundentes que sus dudas sobre EPN). Quizá mi reflexión está influenciada por el hecho de haber sido funcionario en dos Gobiernos priístas, uno federal y uno local, rodeado por jefes y compañeros honestos, patriotas y comprometidos, y por mi convicción quizá terca (y algo masoquista) de que el PRI puede ofrecer mucho más que las corruptelas de algunos de sus caciques regionales. Quizá mi decisión también tiene que ver con la innegable pobreza de las alternativas.

Dado el contexto, escojo ver al PRI del milagro mexicano, al PRI que construyó los cimientos de un Estado fuerte, al PRI que impulsó las políticas que industrializaron y llevaron empleo a mi estado. Por supuesto que esta mirada es bastante selectiva. Es cierto que en ese partido hay mucha mugre y tela de donde cortar, como existe en el PAN y en el PRD, y también es cierto que hay temas en los que el desempeño de Peña como gobernante no fue ejemplar. Pero finalmente uno de estos dos caballeros será Presidente, y hoy por hoy, al menos a mi, votar por AMLO me genera dudas menos tolerables que votar por Peña.

En todo caso, me parece tremendamente positivo que el electorado mexicano esté reclamando un cambio. Bajo cualquiera de los escenarios que hoy parecen factibles, México cambiará el domingo, y cambiará para bien.

—-

Nota: Recibí mil y un mensajes criticando este texto. Obviamente, muchos no comparten mis opiniones. Me dicen que este es uno de los pocos “votos razonados” publicados a favor de Peña, y eso en si mismo dice mucho. A juzgar por la distribución de los comentarios, no tienen de que preocuparse, pues evidentemente las encuestas están equivocadas y AMLO o Josefina ganarán de calle. Agradezco a los que se tomaron la molestia de ofrecerme contra-argumentos serios y reflexivos, y a quienes no aprovecharon mi texto para llenar mi timeline con insultos. Me entristeció en particular este tweet, sobre todo porque sugiere que hubo quienes entendieron mi voto como una renuncia a mi libertad editorial, como una inconsistencia frente a mi crítica contra el grupo que tiene secuestrado al PRI de mi estado (Coahuila).  Nada más lejano. Es solamente una opinión, sesgada como la de todos, sustentada en los argumentos personales que compartí en el artículo. Si no les convence mi punto de vista, que bueno, salgan a votar en masa el domingo y hagan Presidente a la alternativa de su preferencia.

Me quedo con esto: Gane quien gane, tenemos una ciudadanía tan crítica y tan participativa, que el ganador deberá refrendar permanentemente su respaldo popular. Si gana Peña, espero que la izquierda aproveche la coyuntura, se reinvente y reconstruya, sentando las bases para la construcción de una alianza  amplia que les permita ganar. Espero que el PAN se reinvente tras un ejercicio autocrítico de su gestión, y que emergan nuevos liderazgos que lo coloquen como una alternativa competitiva. Y espero, verdaderamente, que el PRI llegue al poder sensibilizado por poderosas críticas como las que ustedes han ofrecido, comprometido a hacer un gobierno que demuestre que los electores eligieron bien. En todo caso, creo que no debemos subestimar a la sociedad civil, con argumentos que sugieren que un triunfo de Peña representa necesariamente 70 años de presidencia imperial. México tiene instituciones fuertes y elecciones competitivas. Son seis años… Si Peña lo hace mal y los demás ofrecen una alternativa convincente, el PRI pierde la próxima. Se llama democracia.

 

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