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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Lo que un urbanista debe aprenderle a un arquitecto
Nadie visita Puebla o Juárez o Torreón para admirar los delicados trazos de sus calles o la estupenda calidad de sus parques. A pesar de los esfuerzos de muchos urbanistas que trabajan en las burocracias de nuestros municipios o que sobreviven como consultores, nuestras ciudades crecen sin guía aparente.
Por Onésimo Flores
26 de marzo, 2015
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En México somos buenos para hacer arquitectura, pero malos para hacer planeación urbana. Nuestros mejores arquitectos ganan premios internacionales, y sus obras, tangibles y notorias, engalanan nuestras ciudades. El urbanista mexicano, en cambio, es notoriamente desconocido. Nadie visita Puebla o Juárez o Torreón para admirar los delicados trazos de sus calles o la estupenda calidad de sus parques. A pesar de los esfuerzos de muchos urbanistas que trabajan en las burocracias de nuestros municipios o que sobreviven como consultores, nuestras ciudades crecen sin guía aparente.

El arquitecto tiene grandes ventajas sobre el urbanista. Para empezar, disfruta de mayor control sobre su proyecto. El arquitecto tiene que confrontar su visión con la del cliente, hasta negociar un equilibrio entre lo deseable y lo posible. A veces tiene que arrancarle permisos a las diversas burocracias, o atender los reclamos de algunos vecinos. Tiene que considerar los costos de la obra, y tomar en cuenta los intereses de quienes finalmente ocuparán sus edificios. Obviamente, el control del arquitecto sobre sus obras nunca es absoluto. Sin embargo las complejidades que limitan y abruman a los arquitectos se magnifican notoriamente en el caso de los urbanistas.

El arquitecto construye en terrenos vacíos o interviene inmuebles desocupados. Al hacerlo goza de las mismas libertades que las de un escultor. Puede apropiarse de una pieza en bruto, y moldearla a fuerza de técnica, creatividad y talento hasta hacerla propia. El urbanista solo podría darse ese lujo de forma excepcional. En esta era no existen tantos faraones dispuestos a ordenar la construcción de nuevas capitales. Lo que existen son ciudades vivas, que se expanden hacia arriba y hacia los lados a gusto de millones de pequeños intereses con pocos incentivos para coordinarse. Para esculpir el David en esas condiciones, Miguel Ángel tendría que encontrar la forma de negociar cada golpe sin comprometer su visión en el proceso.

El urbanista no tiene un cliente, sino muchos. Muchos de estos “clientes” nunca solicitan sus servicios. No hay, entre estos clientes, consenso forzoso sobre cuál es el problema a resolver, y mucho menos sobre las soluciones que eventualmente serán planteadas. Hoy más que nunca, los habitantes de nuestras ciudades tienen diagnósticos distintos sobre los problemas colectivos. Según a quien le preguntes, el tráfico automotriz se resuelve construyendo más avenidas para coches o reservando carriles al transporte urbano y a las bicicletas. Una calle llena de transeúntes en las noches puede considerarse, por ese solo hecho, peligrosa o segura. La protección de inmuebles históricos puede representar un intento de proteger nuestro patrimonio o de vulnerar nuestros derechos de propiedad. El urbanista tiene que lidiar con puntos de vista que no solamente chocan entre sí, sino que además son simultáneamente legítimos.

A pesar de las diferencias, el método del arquitecto podría servir a los urbanistas. El arquitecto exitoso transforma los sueños abstractos de su cliente en un proyecto tan valiente como concreto. Escucha y considera las restricciones del entorno, pero no por ello deja de vender sus ideas, defender su visión, y enamorar a quien lo escucha.  En cambio el urbanista parece tan resignado, tan sensible del entorno, que deja de ser ambicioso. Sin duda lidia con intereses contradictorios hasta llegar a planes capaces de generar consensos. Sin embargo, para lograrlo usualmente descafeína sus ideas más ambiciosas hasta dejarlas irreconocibles, o las disfraza bajo un lenguaje que nadie cuestiona porque nadie entiende. El urbanista mexicano es, paradójicamente, conservador y mesurado. El status quo le demanda propuestas que no toquen intereses, que no ofendan, que no limiten libertades, que no tengan dientes. Le exige ideas tan abstractas que no despierten ninguna oposición concreta. Por ello resulta tan raro encontrar un plan de desarrollo urbano que emocione, y más raro encontrar uno que además se respete.

En México sabemos construir edificios extraordinarios, pero no desarrollar buenas ciudades. ¿De qué nos sirve tener islotes de buena arquitectura rodeados de ciudades que se caen a pedazos? Los problemas de nuestras urbes son enormes -congestión, contaminación, criminalidad, inequidad, segregación, etc.- y no hemos encontrado forma de romper (o al menos atemperar) un crecimiento inercial y desordenado que solo los profundiza. Tenemos planeación urbana, pero es de un tipo tan transaccional que no logra ser transformadora. El urbanista mexicano se auto-sabotea al pretender darle gusto a todos, siempre. Sus ideas son rehenes de un consenso que no desea cambiar el curso de nada. Quizá deberían aprender un poco de los arquitectos: la sensibilidad de discutir y adaptar una idea, no implica renunciar a defenderla.

 

@oneflores

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