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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Londres, más allá de las medallas
Por Onésimo Flores
2 de agosto, 2012
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La inauguración de los Juegos Olímpicos fue estupenda y las instalaciones donde los atletas se disputan la gloria lucen majestuosas. El tiempo, dedicación y sobre todo los $14,500 millones de dólares  invertidos por el gobierno británico para organizar estos Juegos pueden apreciarse con facilidad. Sin embargo, ¿es una buena idea gastar tanto dinero en un evento que dura solo un par de semanas? ¿Qué queda para la sede tras los Juegos? ¿Infraestructura de clase mundial y una economía inyectada con esteroides o mega-obras semi-abandonadas y ciudades coqueteando con la bancarrota?

La lista de elefantes blancos en las ciudades Olímpicas es larga. El imponente Nido de Pájaro y el impactante Cubo de Agua de Beijing casi no se utilizan y muchas de las instalaciones olímpicas de Atenas están cerradas y en ruinas. La ciudad de Barcelona recién terminó de pagar su deuda de $6,000 millones de dólares contraída para organizar los Juegos de 1992.

Para que la inversión se justifique, los beneficios de este tipo de eventos deberían ir más allá del sentimiento de orgullo nacional que siembran entre la población. Lo habitual es argumentar que ser sede sirve para detonar actividad económica y para acelerar la construcción de infraestructura. Sin embargo, la evidencia muestra que aún tras contabilizar estos beneficios el saldo neto no siempre es positivo, sobre todo al utilizar horizontes más largos de tiempo. Según ha documentado Andrew Zimbalist, autor del International Handbook on the Economics of Mega Sporting Events y de una decena de libros sobre la economía del deporte profesional, la competencia por ganar la sede olímpica es capturada habitualmente por intereses privados que llevan a prometer mucho más de lo que las ciudades pueden y deben costear. Según sostiene Zimbalist, hay suficientes razones para concluir que ser sede de unos juegos olímpicos representa una “estrategia perdedora”.

 


Para enfrentar esta crítica, los organizadores de estos eventos deben entender y evaluar estas oportunidades como un instrumento y no como un fin en si mismos. Dado que durante una breve ventana de tiempo confluyen intereses privados y voluntad política suficientes para hacer grandes transformaciones en la ciudad sede, es preciso hacer un esfuerzo concertado por orientar parte significativa de esta energía hacia proyectos que trasciendan lo eminentemente deportivo.

Creo que Londres así lo entendió. No es casual que Ricky Burdett, Consejero de Desarrollo Urbano del Comité Organizador de Londres 2012, sostenga desde hace varios años que el objetivo esencial de estos Juegos Olímpicos es

“construir un pedazo de ciudad”.

 


 

(Por cierto, acá hay una entrevista de Burdett en Español)

El Plan puesto en marcha efectivamente va en esa dirección. Mirenlo ustedes mismos. El sitio seleccionado para las competencias está en una zona subutilizada y socialmente segregada del este de Londres, cuya revitalización sería lenta y quizás imposible sin un evento focalizador como los Juegos Olímpicos. Tras el evento, este distrito contará con un parque de 226 hectáreas y acceso directo a la extensa red de metro de la ciudad. Para minimizar el síndrome del “elefante blanco”, serán retirados 20,000 asientos del Estadio Olímpico, y podrían retirarse más si no fructifican los esfuerzos en marcha para encontrarle inquilino permanente. Otras instalaciones deportivas, como el centro acuático, serán transformadas en escuelas, bibliotecas y centros para artes. Este proceso es conducido por la “Corporación para el Desarrollo del Legado de Londres 2012”, un organismo público establecido por el alcalde, cuyos planes incluyen la construcción de cinco nuevos barrios en la zona, con capacidad para 11,000 viviendas y 91,000 metros cuadrados para desarrollo comercial.

Según Burdett, la intención es

“detonar algo tan fuerte que dentro de treinta años podamos mirar hacia atrás y concluir que sin los Juegos del 2012, no habría tanta gente viviendo en esta parte de Londres”.

En otras palabras, la promesa de los organizadores trasciende al éxito deportivo. Las medallas no estorban, pero el verdadero reto explícitamente planteado es utilizar los Juegos como excusa útil para dejar un Londres más habitable, más bello, más verde y menos segregado. Solo el tiempo dirá si la apuesta fue efectiva, pero el comentario es relevante pues establece una nueva métrica para evaluar la organización de justas deportivas internacionales.

¿Cómo cambió Guadalajara, por ejemplo, tras más de $5,500 millones de pesos invertidos por el gobierno mexicano en la organización de los Juegos Panamericanos 2011? ¿Cuál es la oferta para los tapatíos asociada con la postulación de su ciudad para organizar los Juegos Olímpicos Juveniles de 2018? ¿Cuál será el “legado” urbano de las Olimpiadas de Río de Janeiro en el 2016?

(Por cierto, la promesa olímpica de Río no pinta mal…)

Una posible lección de Londres es que el éxito de estos eventos no puede medirse solo por el glamour de las inauguraciones, por el número de medallas obtenidas por atletas locales, o por una lista de inversiones inconexas en infraestructura. Para que el esfuerzo realmente valga la pena, es preciso demostrar que la organización del evento permite generar consensos y atraer recursos necesarios para dejar una mejor ciudad… aún cuando el pebetero se extinga y el mundo encuentre nuevas distracciones.

 

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