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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Metrobús y Supervía, o buscando diferencias entre Narvarte y La Malinche
Por Onésimo Flores
7 de enero, 2011
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He seguido la protesta de los vecinos de la Narvarte contra la instalación de una terminal del Metrobus, y la protesta en La Malinche contra la supervía Poniente. La pregunta es, ¿son diferentes? En ambos casos los opositores reclaman al GDF el no haber consultado lo suficiente sus decisiones, y el haber concentrado los costos de la obra en un reducido grupo de individuos. En ambos casos cuestionan el daño ambiental y urbano causado por la nueva infraestructura, y ponen en tela de juicio los beneficios que traerán las obras a la población una vez que operen. Ambos episodios recuerdan a la vez al malogrado Aeropuerto en Texcoco, también cancelado ante una protesta de ciudadanos inconformes con la obra.

En inglés denominan NIMBY a un fenómeno que ocurre frecuentemente cuando un gobierno promueve la construcción de infraestructura en un sitio previamente poblado. Resulta que siempre hay alguien directamente afectado, y que sin verse obligado a discutir si la obra tiene sentido para la ciudad, puede atacarla simplemente afirmando “not in my backyard!” (“¡no en mi patio trasero!”). La razón de la militancia NIMBY es que los argumentos técnicos -incluso aquellos cuidadosamente construidos- pierden persuasividad cuando hay una distribución desigual de los costos, sobre todo ante los ojos de quienes deben cargar con la peor parte.

Por ejemplo, tener como vecino a un basurero tóxico no es una alternativa apetecible para nadie. Seguramente, si tu escuchas que hay una propuesta para construir uno en tu colonia, harás todo lo que esté a tu alcance para combatirlo. Y ningún estudio que demuestre que las ciudades necesitan basureros tóxicos, o que tu colonia es el sitio ideal para ubicar uno podría cambiar tu opinión. ¨Que lo construyan si quieren, pero no en mi patio trasero¨.

Igualmente existe otro nivel de protesta, abanderado por ciudadanos que no están “directamente” afectados por la obra en cuestión. Me refiero a aquellos que no sufrirán afectaciones inmediatas a su vida diaria -nadie les está expropiando, y no necesariamente viven en el barrio-. La protesta en estos casos es frecuentemente contra la idea del proyecto, independientemente de su ubicación, cuestionando la validez del cálculo costo-beneficio hecho por las autoridades. Quizá estos ciudadanos creen que la obra tiene efectos negativos importantes que no han sido suficientemente considerados (por ejemplo, los incrementos al tráfico o a las emisiones de carbono causados por las supervías) o que los beneficios están siendo sobre estimados por sus promotores (como aquel comentario de que solo la supervía “evitará el colapso del poniente de la ciudad”. Pffft).

En este segundo caso, que llamaré de “causas ciudadanas”, la carga de la prueba es mayor para los opositores. A diferencia de lo que ocurre en una protesta NIMBY, un simple “no” es insuficiente para dotar de legitimidad al movimiento de protesta. No basta que los opositores alerten sobre un perjuicio personal e inmediato asociado con la obra, sino que además deben dar argumentos convincentes de que las autoridades que fueron democráticamente electas para gobernarnos están equivocadas y que la ciudad (entendida como un todo) pierde con la selección de esa alternativa.

Cada uno de estos tipos de protesta tiene una naturaleza diferente. Los movimientos NIMBY se benefician del intenso activismo de sus promotores (pues nadie grita más fuerte que quien está en riesgo de perderlo todo). Sin embargo, pueden parecer egoístas, pues parten de un interés particular que busca imponerse sobre el interés general de la ciudad. Por su parte, las causas ciudadanas se benefician del poder del argumento razonado y entre sus filas siempre destacan los especialistas y los académicos independientes. Sin embargo, estos movimientos corren el riesgo de convertirse en ejercicios sobre-intelectualizados, con limitado respaldo popular. Finalmente, pocos ciudadanos tienen el tiempo o los recursos disponibles para pelear en favor de causas como la defensa del planeta o de las futuras generaciones, sobre todo cuando existen otras prioridades como completar el gasto (corretear la chuleta, como diría mi abuelo).

Tanto para aprovechar estas fortalezas como para compensar (o disfrazar) estas debilidades, ambos tipos de movimientos tienden a presentarse juntos.

Así el opositor NIMBY busca enmarcar sus argumentos bajo una retórica de ¨causa ciudadanas”. Los ejemplos son muchos: “Esta no es una lucha contra el aeropuerto, sino a favor de los derechos humanos”. “Esto no es contra la Torre Bicentenario, sino en defensa del patrimonio artístico de todos los mexicanos”. “Esto no es contra el Macrobús de Guadalajara, sino contra la intromisión del Gobierno Estatal sobre la autonomía municipal”. Y así. Igualmente, el activista de “causas ciudadanas” busca nutrirse del apoyo de aquellos directamente afectados por las obras para fortalecer su capacidad de movilización.

Dicha simbiosis representa un ejercicio propio de cualquier estrategia política. Por ejemplo, no podríamos entender el triunfo de los ejidatarios de Atenco contra el Presidente Fox y contra el Gobernador Montiel en el caso del malogrado aeropuerto, sin la vinculación desarrollada entre un movimiento eminentemente NIMBY de los ejidatarios y un sinnúmero de ¨causas ciudadanas¨ abanderadas por especialistas y activistas en derechos humanos, ecología y derechos indígenas.

La mezcla de ambos tipos de protesta es frecuentemente tan profunda, que en ocasiones resulta difícil distinguir. La protesta en La Malinche, ¿es primordialmente en contra de las expropriaciones o a favor de alternativas más sostenibles de movilidad para la ciudad? La protesta de la Narvarte, ¿es en contra de la instalación de una terminal de transporte público en una colonia de clase media, o en contra de la idea del Metrobús? Sabemos que no hay respuesta absoluta, y que la complejidad de ambos casos hace difícil cualquier clasificación. ¿Pero qué predomina, la protesta NIMBY o la defensa de una “causa ciudadana”?

Creo que la distinción no es ociosa. El argumento en contra de la Supervía no es eminentemente una defensa al barrio de La Malinche. Claro que los vecinos están activos, y con razón. Pero los argumentos de fondo más importantes en contra de esa vialidad podrían sostenerse incluso si el trazo hubiese sido diferente. En cambio, me parece que la protesta de la Narvarte representa un esfuerzo entendible de vecinos preocupados por defender ¨su¨ barrio y ´sus´ palmeras. Puedo estar equivocado, pero hasta el momento no he visto ningún argumento esgrimido desde la Narvarte en contra del modelo BRT utilizado por el Metrobús para toda la ciudad. Los opositores parecen decir, “que construyan el Metrobús si quieren, pero no en mi patio trasero¨.

La distinción entre ambos tipos de protesta es importante pues cada una tiene un propósito distinto. No es lo mismo dialogar con alguien que defiende su propiedad que con quien defiende una idea diferente de ciudad. La alternativa para destrabar protestas como la de la Narvarte es hacer modificaciones en los márgenes del proyecto, negociando de forma empática y respetuosa con los afectados. Pero una vez que existe un planteamiento razonable (y en todo caso defendible públicamente) en la mesa, no veo razón que justifique poner el interés de los vecinos sobre el interés de la ciudad. En cambio, en casos como el de la Supervía, el gobierno está obligado por la protesta no solo a negociar con los afectados directamente, sino también a escuchar y debatir con quienes han manifestado una visión distinta. Por supuesto que no es necesario alcanzar unanimidad absoluta. Pero al menos hay que mostrar apertura y disposición al debate. El decir que una obra “va porque va” implica una convicción de que ya no existe nada que discutir, que el opositor es un necio, y que sus puntos de vista no merecen ser valorados.

Confundir o echar en el mismo saco todas las protestas contra obras de infraestructura da pie a estrategias equivocadas, tanto del gobierno como de los mismos opositores, y conduce al escalamiento de los conflictos en la ciudad. En el caso de la Narvarte, no hacía falta dar una falsa apariencia de diálogo, sobre todo si no existía margen o justificación técnica para ceder. En el caso de la Supervía, las “putizas” de funcionarios contra activistas ayudan poco al proyecto del Gobierno. Para vencer o desactivar una causa ciudadana es necesario ofrecer mejores argumentos que los opositores.

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