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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Niños en la calle
En lugar de continuar adaptando la ciudad a los automóviles, lo lógico es pedirle a los automovilistas que se adapten a la ciudad. Algunos de ellos tendrán que salir más temprano de sus casas, mientras que otros tendrán que optar por modos más eficientes para muchos de sus trayectos, limitando el uso de sus autos a viajes esenciales (como ir al supermercado) o esporádicos (como ir de paseo los fines de semana). A cambio, sus hijos podrán jugar en las calles, caminar a la escuela y disfrutar la ciudad sin tanto miedo.
Por Onésimo Flores
29 de mayo, 2014
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En toda ciudad existe un acuerdo implícito sobre el buen uso de la vía pública. En la gran mayoría de nuestras urbes el objetivo de dicho acuerdo es bastante básico: minimizar los tiempos de traslado para quien viaja en automóvil. Para ello, las autoridades de estas ciudades ensanchan las vías, prolongan los ciclos verdes en los semáforos, incrementan los límites de velocidad y obligan a los peatones a utilizar puentes para cruzar la calle. Algunas incluso construyen distribuidores viales, segundos pisos y supervías que eliminan por completo la necesidad de los automovilistas de reducir su velocidad o detenerse en las intersecciones. Pocos cuestionan la lógica que sostiene este acuerdo, aún cuando es llevada hasta extremos increíbles, pues parece obvia, inevitable, inatacable.

Sostengo que existen alternativas legítimas a este acuerdo. Alguna ciudad podría decidir que proteger la salud y seguridad de sus niños es más importante que ahorrar algunos minutos a sus automovilistas. Sus autoridades podrían, por ejemplo, reducir la velocidad máxima en sus calles hasta que los autos circulen más lento que las bicicletas más rápidas, e incrementar radicalmente el presupuesto invertido en mejorar el espacio peatonal y ciclista. Un acuerdo así generaría múltiples cuestionamientos, pero todos parecen minucias si los comparamos con el número de vidas que podría salvarse. En lugar de continuar adaptando la ciudad a los automóviles, parece lógico pedirle a los automovilistas que se adapten a la ciudad. Algunos de ellos tendrán que salir más temprano de sus casas, mientras que otros tendrán que optar por modos más eficientes para muchos de sus trayectos, limitando el uso de sus autos a viajes esenciales (como ir al supermercado) o esporádicos (como ir de paseo los fines de semana). A cambio, sus hijos podrán jugar en las calles, caminar a la escuela y disfrutar la ciudad sin tanto miedo.

Creo que es posible construir una ciudad donde los niños no aprieten las manos de sus padres al cruzar la calle. Una ciudad donde el peatón sea quien tiene el paso franco y donde los automovilista frenen religiosamente en las esquinas. La ciudad que hoy construimos para privilegiar al automóvil es una donde el peatón vive de sobresalto en sobresalto: no corre por ejercicio ni por diversión, sino sólo para evitar ser arrollado. En este entorno los niños aprenden que la calle es un sitio peligroso que debe evitarse, y que sus derechos varían en función del vehículo que los transporta. Las nuevas generaciones de automovilistas no conocen ni los callejones ni las plazas. Desconocen la ruta del camión, la ubicación de las paradas y el costo de los pasajes. La ciudad vista desde la ventanilla del auto se transforma en un territorio ajeno que debe atravesarse lo más rápido posible, y los peatones se convierten en zombies que no han entendido el mensaje. Así las cosas, la ciudad más congestionada es también la más solitaria.

Hace tiempo falleció un niño de siete años en Saltillo. Se cayó de un puente peatonal en mal estado, única vía de acceso a su barrio desde la escuela. Semanas más tarde, otro niño murió arrollado por una unidad de transporte urbano. Supongo que ambos sucesos son demasiado comunes, pero sorprende que ni siquiera estas tragedias tan escandalosas hayan logrado detonar una discusión seria sobre este tema. ¿Cómo es posible que sigamos construyendo ciudades donde caminar en las calles equivalga a arriesgar el pellejo? No veo ni un plan gubernamental ni un movimiento ciudadano para evitar que estas muertes se repitan. Parece que nos conformamos con pequeñas intervenciones: un alcalde hace una ciclopista, el otro repara algunas banquetas. Y mientras tanto, nuestras ciudades siguen siendo transformadas en pistas de carreras.

Necesitamos más niños en la calle. Y para lograrlo, necesitamos mas calles para niños.

 

 

@oneflores

 

 

 

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