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Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Quiero creer en mi presidente
Me gustaría revisar los hechos y concluir que el escándalo de la casa blanca fue creado artificialmente por intereses obscuros "que buscan desestabilizar al país". Sin embargo, pasan las semanas y no encuentro una sola explicación creíble. Ni los argumentos del vocero, ni los de la primera dama, ni los del presidente me parecen convincentes.
Por Onésimo Flores
4 de diciembre, 2014
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Un gobernante asignó contratos de obra pública. Un contratista se enriqueció. Este mismo contratista vendió una casa a la esposa del gobernante. Los tres hechos no demuestran, por sí mismos, acto alguno de corrupción. Quizá la esposa tiene el patrimonio suficiente para hacer la compra, quizá seleccionó a este contratista para que le construyera una casa a su gusto, y quizá pagó un precio justo, de su propio bolsillo. Quizá los negocios de gobierno y los negocios de la familia recayeron en el mismo contratista simplemente porque no hay mejor empresario constructor en México. Sin embargo cuando el gobernante es el presidente de la nación, cuando el contratista tiene una historia de ganar licitaciones multimillonarias –incluida una para construir un tren– y cuando el obsequio es una mansión valuada en $86 millones de pesos, hace falta despejar toda duda. La eficacia del gobierno depende de la honorabilidad del presidente. ¿Para qué pago impuestos, para qué apoyo las reformas, para qué voto por el PRI, si el líder del gobierno acaba de darle la razón a sus críticos más feroces?

Me gustaría revisar los hechos y coincidir con la teoría del complot. Me encantaría concluir que el escándalo de la casa blanca fue creado artificialmente por intereses obscuros “que buscan desestabilizar al país”. Sin embargo, pasan las semanas y no encuentro una sola explicación creíble. Ni los argumentos del vocero, ni los de la primera dama, ni los del presidente me parecen convincentes. Veo a un presidente molesto, que responde con la víscera, incapaz de darse cuenta de que cualquier persona razonable -incluso quienes estamos inclinados a creerle– lo encuentra atrapado en una posición sumamente comprometedora. ¿Será que nadie asesora al presidente? ¿Será que sus mejores asesores son cómplices? ¿Será que están tan decepcionados como nosotros, sin argumentos o energía para salir en su defensa?

En 1952, Richard Nixon enfrentó un escándalo similar, acusado por sus oponentes de sacar beneficio personal de las aportaciones a su campaña. El entonces candidato vicepresidencial contrató media hora en horario estelar en la televisión para comunicarse con el público. Ese discurso, hoy considerado un clásico de la comunicación política, resume el argumento que me hubiese gustado escuchar del presidente Enrique Peña. Con voz calmada, Nixon dijo que “la mejor respuesta a un ataque político o a una confusión honesta sobre los hechos es decir la verdad,” y procedió a detallar su versión. Ofreció a los televidentes una métrica para evaluarlo digno de la investidura presidencial. Según explicó, “la cuestión sobre si el dinero que recibí fue legal o ilegal no es suficiente. Debemos evaluar además si el hecho fue moralmente cuestionable, es decir, si el dinero fue destinado a uso personal, si fue entregado en secreto y manejado a espaldas del público, y si los obsequiantes recibieron favores especiales como contraprestación”. Nixon negó todo lo anterior, explicando cómo recibió el dinero y cómo lo gastó. Leyó las conclusiones de un auditor independiente y de un prestigiado despacho de abogados que respaldaban sus dichos, y detalló en ese momento “todo lo que he ganado, todo lo que he gastado, y todo lo que tengo”Al final, dijo que además del dinero había recibido un regalo adicional de uno de sus simpatizantes, y que había decidido quedárselo para su disfrute personal, sin importar lo que dijera la gente. Ese regalo era un perrito llamado Checkers.

¿Cuál es la diferencia entre el discurso “Checkers” de Nixon, y el discurso “Sierra Gorda” de Angélica Rivera? Olvidemos que Checkers es un perrito y Sierra Gorda una casa de $86 millones. Olvidemos que Nixon gastó el dinero para pagar su campaña, mientras que la pareja Presidencial obtuvo una lujosa residencia particular. La diferencia fundamental es que Nixon se defendió, con gran éxito, de la acusación que más importa: el conflicto de interés. En cambio en México ese tema sigue estando ausente de la defensa presidencial. Dudo que Angélica Rivera ganara esas cantidades, pero estaría dispuesto a creerlo. Lo que me parece inexplicable es que el Presidente y su esposa hayan aceptado participar en una operación inmobiliaria de tales magnitudes en condiciones tan ventajosas, que la operación se haya mantenido a espaldas del público -ausente en la declaración patrimonial del Presidente- y que este contratista apareciera meses después como uno de los empresarios más favorecidos por Peña con contratos gubernamentales. En lugar de enojarse, Peña debe de reconocer que la ciudadanía necesita respuestas contundentes. Defender la legalidad de la operación es importante, pero es mucho más urgente demostrar que las acciones del Presidente son moralmente intachables.

Quiero creer en mi Presidente, pero encuentro pocos argumentos para hacerlo. Si la  corrupción es –como dijera Peña Nieto– un problema cultural, Sierra Gorda 150 es la Casa de la Cultura.

 

@oneflores

 

 

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