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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Sigo contando mofles
Por Onésimo Flores
4 de abril, 2011
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El día de ayer un buen amigo hizo en twitter algunos cuestionamientos sobre mi último artículo en Animal Político. Sugiere que “llevo mi argumento demasiado lejos”, pues “los datos históricos muestran que a mayor ingreso, mayor consumo de automóviles”. Explica que la demanda de coches crece con el ingreso, y que esto se debe a que “un coche te da independencia, movilidad, estatus”. Si bien mi interlocutor reconoce la existencia de externalidades negativas asociadas al auto (contaminación, congestión, etc) y destaca el papel del Estado para mitigarlas, concluye afirmando que

“no debería ser controversial decir que el incremento en diversos bienes (refrigeradores, computadoras Y COCHES) indica más bienestar”.

Existen dos premisas en su argumento: Primero, que a mayor ingreso más autos. Y segundo, que a más automóviles mayor bienestar. Intentaré responder a ambos, no en ánimo de confrontar, sino de poner en la mesa algunos elementos adicionales que sin duda tienen implicaciones importantes en términos de política pública.

Comienzo concediendo que la tasa de motorización (número de vehículos por 1000 habitantes) históricamente ha crecido en el mismo sentido que el nivel de ingresos de la población. Esta tendencia se puede apreciar claramente en esta gráfica de “Cities on the Move” (Banco Mundial, 2003) (pdf):

Sin embargo, esta misma gráfica sugiere que el nivel de ingresos no es el único factor que incide en la tasa de motorización. Por ejemplo, podemos ver como Israel tiene la misma tasa de motorización que Polonia (a pesar de que sus habitantes ganan, en promedio, el triple) o como la República Checa tiene una tasa de motorización seis veces mayor a la de Chile (a pesar de contar con un ingreso per cápita similar). De acuerdo con esta fuente, México tiene una tasa de motorización superior a la que tenían Francia, Inglaterra, Japón y España cuando sus niveles de ingreso eran similares al nuestro, lo que no tendría que ser sorprendente, salvo por el hecho de que países como Chile, Tailandia y Singapore muestran un desempeño opuesto.

En otras palabras, hay espacio para cuando menos cuestionar la relación “inevitable” entre ingreso y motorización. El tema ya ha sido estudiado en el pasado, y de hecho fue objeto de una evaluación profunda de 32 ciudades realizada por Peter Newman y Jeff Kenworthy, y que fue posteriormente actualizada por Felix Laube. La siguiente tabla muestra un resumen (hagan click sobre la imagen para verla más grande):

Revisen las estadísticas. Si “a mayor ingreso, mayor consumo de automóviles” ¿cómo explicar que Sydney, la ciudad con mayores ingresos per cápita de Australia, sea también la de menor tasa de motorización de las 6 estudiadas en ese continente? ¿Cómo entender que los habitantes de Vancouver viajen el doble de kilómetros en coche por año que los habitantes de Montreal?  ¿Y por qué será que la tasa de motorización de las ciudades “ricas” de Asia consideradas en el estudio (Hong Kong, Singapur y Tokio) sea comparable a la de las ciudades “pobres” del mismo continente  (Kuala Lumpur, Surabaya, Bangkok, Manila, Jakarta y Seul)? ¿Cómo pueden estos dos grupos de ciudades asiáticas tener tasas de motorización tan similares (promedios de 217 vs 227) cuando la diferencia en sus ingresos es de casi 10 a 1?

La razón es que si bien el nivel de ingreso es importante, existen muchos otros factores que aceleran o mitigan el crecimiento de la motorización. El punto de mi artículo es que muchos de estos factores pueden modificarse y que de hecho, tienen que ver con decisiones de política pública que tanto alcaldes como gobernadores toman todos los días. Por ejemplo: las políticas de uso de suelo, la disponibilidad de estacionamiento, la calidad del transporte urbano, la densidad de población, las inversiones en determinado tipo de obras, etc.

Y eso me lleva a la segunda premisa: la idea de que el número de coches es un buen indicador de “bienestar”. Para cuestionarla, recurro nuevamente a la tabla mostrada arriba. Frankfurt tiene 478 autos por cada 1000 habitantes, mientras que Copenhague tiene solamente 283. ¿En serio es válido utilizar esta estadística para afirmar que los habitantes de Frankfurt están “mejor” que los habitantes de Copenhague?

Supongo que más que ser indicativo de “bienestar”, la diferencia sugiere que los habitantes de la capital danesa necesitan menos el coche, ¿no? No podemos responder con contundencia, pues sin duda es difícil distinguir entre quienes compran su coche por gusto y quienes lo adquieren por necesidad.  Aunque parezca una sutileza, el tema es importante y amerita al menos una exploración más profunda de parte de nuestras autoridades. Los datos de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares 2008 sugieren que las familias mexicanas que tienen auto gastan entre el 24 y el 41% de sus ingresos mensuales en comprarlo y mantenerlo. Sin duda habrá quienes tomen esta decisión financiera por gusto (“independencia, estatus”), ¿pero cuántos lo harán porque sus alternativas de movilidad no son accesibles, o seguras, o confiables, o competitivas?

Me parece que utilizar el número de vehículos como medida de bienestar social, es como afirmar sin mayor explicación que un tanque de oxígeno hace feliz a quien está sumergido bajo el agua. Por supuesto que en términos estrictos el buzo gana con el tanque, pero el punto es que el ambiente que lo rodea no le deja alternativa. El tanque de oxígeno es tan indispensable para el buzo, como el coche ya es para muchos mexicanos. Siguiendo con la metáfora, creo que en lugar de aplaudir el incremento en el número de tanques, nuestras autoridades podrían esforzarse por sacarnos del agua. Por supuesto que suena difícil. Pero lo cierto es que muchas de nuestras ciudades están todavía a tiempo para hacer del auto un artículo menos necesario.

Entre menos se requiera tener un coche para disfrutar y aprovechar plenamente la ciudad, más bienestar, y no al revés.

Postdata: En su último tuit, mi amigo pregunta si todavía tengo el Hyundai Accent 2002 que me vendió cuando coincidimos como estudiantes de maestría en Boston hace cuatro años. La respuesta es que si.  Confieso que vivir sin coche con dos bebés y un invierno del carajo es complicado.

Pero devuelvo la pregunta, ahora que mi amigo vive en la Ciudad de México, ¿cuántos coches hay en su garage? ¿Estos, son reflejo de su nivel de bienestar, o de las características de la ciudad en que vive? 😉

@oneflores

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