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Ciudad Posible
Por Onésimo Flores
Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Política... Fundador de Jetty, la plataforma de transporte colectivo privado en la CDMX. Maestro en Políticas Públicas y Doctor en Planificación y Estudios Urbanos. (Leer más)
Un Centro para vivir
Por Onésimo Flores
19 de julio, 2012
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Edificios majestuosos, subutilizados. Calles señoriales venidas a menos. Es el centro, ese que construyó una generación que transitaba caminando. La arquitectura habla por si misma. Las líneas de las fachadas son caprichosas, llenas de detalles, trazadas para apreciarse a bajas velocidades. En alguna esquina hay una estatua, en alguna otra hay una fuente. Los edificios tienen nombres, y todavía hay quien se los sabe de memoria.

Algo pasó de pronto, que el centro nos quedó chico. Queríamos más espacio, y un jardín y estacionamiento garantizado. También buscábamos menos emociones. Nos convencimos de que escapar del centro era una manera de comprar privacidad, de escoger a tus vecinos, de fabricar una burbuja.  En solo una generación construimos una ciudad distinta: las bardas se volvieron más altas y desaparecieron las mecedoras del frente de las casas.

Supongo que alguna vez habitó el centro una generación que conocía a sus vecinos. Se saludaban en el puesto de periódico y en la frutería. Caminaban a sus empleos y el trayecto era un paseo. Sus casas no necesitaban jardines, porque los mejores  jardines estaban en las plazas. Por supuesto que había barreras sociales, pero la interacción diaria con gente distinta permitía un tipo de convivencia que pocos años después nos resulta extraña. Hoy, en los barrios “nuevos”, conocemos a pocos vecinos, y conversamos con ellos a través del claxon.

Observo la ventana de un segundo piso en el centro, una de aquellas que alguna vez se iluminó con una serenata. Hoy hay cemento y blocks ocupando el lugar de sus cortinas. En muchos edificios como este, no habita nadie más que los recuerdos de una generación ausente. La historia parece típica. Muere el abuelo, y los hijos intentan rentar su departamento. La casa se transforma en oficina, después en bodega y finalmente en una fachada llena de escombro. Las estadísticas dan miedo. Cada año las zonas más céntricas de nuestras ciudades pierden población, y con la población se les va la vida.

Dan las siete de la noche. Cierra el banco y la oficina de gobierno. El ambulante resguarda su mercancía, y poco a poco la luz se extingue. A veces la soledad nocturna llega a tal punto que los restaurantes de la zona dejan de ofrecer menú para la cena. Es en ese momento cuando un centro deja de ser un barrio. A las diez de la noche solo quedan sombras y susurros. Te advierten que caminar en la noche por el centro es peligroso. Y curiosamente es peligroso porque demasiada gente se lo ha creído.

Este proceso avanza a diferentes velocidades en ciudades distintas. Pero en todo México, cada edificio que pierde habitantes parece mandarnos el mismo mensaje: Nuestras ciudades han sido incapaces de compensar las inconveniencias de la densidad con una experiencia urbana de calidad. Algo tenemos que estar haciendo mal para que cada generación prefiera comenzar de nuevo. Así como nuestros padres dejaron el centro de nuestros abuelos, hoy nosotros abandonamos las colonias de nuestros padres. La consecuencia, si no tenemos cuidado, es que dejaremos atrás kilómetros enteros de ciudad hueca.

Siempre hay alguien que habla de rescatar el Centro, pero habitualmente el rescate se limita a transformar algunas cuadras en un museo.  El esfuerzo es valioso, pero  insuficiente. Para crear un centro vivo y auténtico es preciso atraer habitantes de tiempo completo. Mudarte al centro debería ser fácil, barato y conveniente. Esos segundos y terceros pisos, los que están encima de tiendas y comercios, podrían llenarse con familias. Para ello falta financiamiento, y apoyo técnico y flexibilidad en las normas que dificultan y encarecen su repoblamiento. Quienes viven en el Centro deberían recibir un premio que compense por habitar espacios reducidos: Las calles más limpias y seguras, los servicios más baratos y eficientes, los espacios públicos más dignos y la oferta de comercios más diversa.

Las más bellas ciudades reflejan el esfuerzo acumulado de una sucesión de generaciones. Cada nueva camada de habitantes es responsable de proteger, adaptar y mejorar marginalmente el entorno. Invertir para mantener un centro vivo -amable, habitable, eficiente- es la mejor muestra de agradecimiento con quienes pasaron por aquí antes, y la mejor forma de dejar un espacio verdaderamente memorable para quienes aún no llegan.

Algún día, quizás, vivir en el Centro volverá a ser envidiable.

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