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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Ay, qué lenguaje
Por Miguel Cane
23 de septiembre, 2011
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De pequeño yo no decía malas palabras.

El que ahora ocasionalmente sea indulgente con algún término cerril en mi léxico, obedece a una natural relajación en las normas sociales de mi generación, y si bien no hablo como un carretonero, procuro utilizar esta clase de lenguaje de manera tanto descriptiva como creativa y siempre como una definición, no necesariamente como un insulto, aunque como ya lo dijo Baudelaire, pocas cosas entusiasman más del mal gusto que el aristocrático placer de ofender.

Sin embargo la primera vez que utilicé este tipo de palabras, fue de un modo totalmente ingenuo. ¿Qué iba a saber yo?

I

En 1981, yo tenía siete años y era un niño muy bien portado, con un lenguaje impoluto.

Sólo una vez antes de esto, había dicho algo considerado “una grosería” y fue más bien como un acto de imitación; esto había sido por acompañar a “El Pecas”, mote con el que es conocido el menor de los hermanos de mi madre, a la sazón unos doce años mayor que yo, en un paseo en bicicleta.

Al pasar rápido como saeta frente a un niño de aspecto oriental, “El Pecas”, que tendría unos quince años, le espetó, rápido como metralleta: “¡Chino-Chino-Japonés! ¡Come caca y no me des!”… este colorido epíteto es de uso muy común en México, pero yo jamás había dicho la palabra “caca” — a mí me educaron para decirlo de otra manera, con una onomatopeya que todos conocen- y por lo mismo, cuando delante de mis padres repetí la frase completa y de corridito, la reacción fue de hilaridad más que otra cosa… aunque al “Pecas” sí le toco una buena regañada por andar “diciendo leperadas delante del niño”… aunque nada se compara a lo que unos cuatro o cinco años después vendría a ocurrir, cuando descubrí a una de mis grandes heroínas y aprendí mi primera palabrota con uso técnico.

II

En 1981, como les decía, yo tenía siete años y no podía entrar al cine a ver películas para adultos… mucho menos aquellas que eran de estreno más o menos reciente. O que tuvieran “violencia gráfica”. Ya saben, uno a esa edad es tan… impresionable.

Un día, mis padres tuvieron que salir a una boda y como mis abuelos iban con ellos, quien fue comisionada para cuidarme fue una de mis primas “las grandes”, cuyo nombre, para proteger su anonimato — ahora que es una responsable adulta, madre y esposa- ha sido cambiado y a quien me referiré en este espacio como “Paloma”.

Paloma era unos diez u once años mayor que yo, por lo que era una auténtica adulta y el que ella se ocupara de “echarme un ojito” era más una gozada que otra cosa: por lo regular ella y su novio (hoy marido, al que llamaremos “Jaime”, aunque ese no sea su nombre, pero su identidad se vería comprometida si ven la balconeada que le voy a dar a su pálida y temblorosa juventud aquí y el respeto de sus pacientes es basico, así que por eso el cambio de patronímico) me compraban toda clase de chucherías, me llevaban a merendar a Sanborns y me consentían más de la cuenta.

En esta ocasión, Paloma le dijo a mis padres que mientras ellos iban a esta boda repipi, que ella y Jaime me iban a llevar al cine y a dar una vuelta. Todos estuvieron de acuerdo… claro que Jaime, un muchacho sensato y confiable, omitió el detalle de mencionar qué película íbamos a ir a ver.

Resulta ser que Jaime tenía un tío que era taquillero o vigilante o encargado, del Cine Versalles — que hoy ya no existe, por cierto-, donde se exhibían películas que eran de estreno reciente (aunque no era de primera corrida) y casi siempre, para adultos, aunque no pornográficas, que conste. Eso estaba delegado a las “Salas de Arte” que se encontraban un poco más abajo, sobre paseo de la Reforma.

Ese sábado (debe haber sido antes de mayo, porque Mónica aún no nacía), me metieron de contrabando Paloma y Jaime, a ver Alien: el Octavo Pasajero.

Me compraron mis palomitas, mi copa Holanda (rico helado, mermelada de fresa, crema batida, nueces picadas, chocolate… ay, ay… así ha de saber la nostalgia), una bolsita de Freskas — una especie de chocolatina en esferas con relleno esponjoso sabores fresa, piña (¡Dios mío, qué asco!) y Limón (Mmmm… rico)- y mi cocacola y nos sentamos en la parte alta de la sala.

Claro, nada tonto, Jaime me acomodó en la fila delante de ellos, para poder sentarse detrás de mí y así poder aprovechar el tiempo de proyección de un modo más romántico con la Paloma, mientras yo me embebía con lo que en la pantalla se proyectaba, leyendo rapidito para que no se me fueran a ir los subtítulos.

Nunca fui fan de la Space Opera — tengo amigos que lo son, y muy devotos, cosa que respeto y admiro y que inclusive me genera una cierta ternura… pero yo siempre tuve problemas para agarrarle la onda; me causaba una como angustia y complejo de inferioridad el no entender ni jota del lingo y mitología de Star Güars (y hasta la fecha)- pero con la película de Ridley Scott me pasa algo extraordinario.

No importa cuántas veces la haya visto desde entonces (yo creo que habrán sido unas diez o doce a lo largo de este cuarto de siglo transcurrido), siempre ejerce una extraña fascinación sobre mí.

Será esto acaso por la luminosa presencia de Sigourney Weaver como Ellen Ripley, con ese aire de gracia absoluta aún en las circunstancias más brutales… ¡sí! ¡Se puede ser una heroína aterrada y armada, sin perder un ápice de gracia!

El caso es que la película no sólo me absorbió (y me hizo arrojar mi copa Holanda con la escena del alien saliéndosele del pecho a ese gran hombre llamado John Hurt) sino que también comenzó a absorber a Jaime. De pronto, la dulce y sensible Paloma, que me había expuesto a la experiencia más claustrofóbica — aún si estaba situada en el mismísimo cooossssmoooossssssss- a la que yo me había enfrentado en mi corta edad, ya no le parecía tan seductora e irresistible. Cuando acordé, Jaime estaba inclinado sobre su asiento y lo oía perfectamente a mis espaldas:
“¡Mira! ¡Mira nada más eso!”

“¡Mira qué efecto….!”

“¡Mira, Paloma, mira! ¡Te digo que mires y nomás no miras!”

 

Oh, pero yo miraba.

Y oía.

Cuando la película comenzó a acercarse a su clímax, cuando la tripulación del Nostromo ha sido casi totalmente arrasada por esa máquina de matar diseñada por H.R. Giger, yo prácticamente chorreaba baba… ya había olvidado mi shock-horror ante las imágenes convulsivas y perturbadoras (la secuencia en la que descubrimos que un miembro de la tripulación es sintético también me impactó… recuerden, yo le tengo una fobia atroz a los robots), para ser parte de la lucha de Ripley por sobrevivir.

Fue durante una escena clave, a esas alturas de la película, que oí a Jaime decir:

“Y mírala. Ahora se va a regresar por el pinche gato.”

Si bien en otras partes de habla hispana, éste no es un término peyorativo, en México la palabrita es un despectivo brutal y categórico, aunque puede tener diversos significados dependiendo del contexto (de hecho, es un vocablo sumamente complejo): Pinche puede significar cualquier cosa, desde “Estúpido”, “Imbécil”, hasta “Mísero”, “Ínfimo” o cosas peores. Y sin embargo, es también un adjetivo calificativo de uso muy común en el vernacular: “esta pinche gente”, “qué trato más pinche”, “nos caló la pinche lluvia”, “Fulano de tal se vio muy pinche”, “Pinche güey”, etcétera.

Pero yo jamás lo había oído.

Y los niños a esa edad, somos esponjas…

… y yo era una esponjita de lo peor…

III

Sin que yo manifestara mayor trauma por haber presenciado de principio a fin una hiperviolenta película de clasifiación “C”, fui devuelto a la casa de mis padres, donde Paloma vio que me bañara, me pusiera la pijama, tomara mi leche (¡Sí! ¡Todos tenemos un pasado! ¿Y qué?) y me fuera a la camita. Al día siguiente la volvería a ver porque había una reunión precisamente en casa de sus padres — familiares de mi rama paterna-. Dormí como un bendito y no soñé ni con alienígenas asesinos ni con robots clandestinos. Eso lo sé, porque si los hubiera soñado, seguro se habrían estampado para siempre en mi sórdida vendimia (la memoria). Mas fueron otras cosas las que se me grabaron.
Durante la comida familiar de domingo, seguí siendo el niño sensación que siempre era, por dócil, bien educado, correcto, afable y de notable vocabulario, obtenido principalmente de los libros que leía, bajo la supervisión de mi abuelo y tocayo. Todo fue muy bien, hasta que a los postres, me volví hacia nuestra anfitriona, la madre de Paloma y le pregunté, con absoluta dulzura:
“Tiyita… ¿dónde anda tu pinche gato?”
Se hizo un silencio y todas las miradas adultas se volvieron a mi diminuta y enclenque persona.

“¿Qué dijiste?”
“Que dónde anda tu pinche gato.”

Una de las tías abuelas exclamó la frase que da título a esta entrega con aire de escándalo [“¡Ay, qué lenguaje!”] y mi santa madre, rauda como relámpago me tomó de los hombros, haciendo que mi cabeza (ya desde entonces demasiado grande para mi cuerpo) se balanceara como esos muñequitos cabezones que están tan de moda y que a mí me traen recuerdos poco gentiles. “¿De dónde sacaste esa palabra?”

“¿Cuál?”

“Esa que acabas de decir.”
“¿Gato, mami?”
“No. La… la otra.”
“¡Ah! ¡Pinche!”
Lo dije con una frescura tan singular, que mi madre comprendió que la repetía yo sin la malicia y el sano sarcasmo que pocos años después aprendería a manejar con pasmosa maestría — tan así, que aún ahora, si despliego mi lengua con presteza, puedo insultar espectacularmente a alguno y ni cuenta se da… bueno, ya saben, uno tiene que aprender a sobrevivir con lo que puede- y por lo mismo, no me reventó un soplamocos (que aquí entre nos, habría sido merecido).
Entonces, procedí a hacer algo que todos inevitablemente hemos hecho a esa edad: echar de cabeza a Jaime.

“¿Cómo? ¿Jaime lo dijo?” Esto por parte de sus futuros suegros, a los que estoy seguro no les hizo gracia que el “buen muchacho” dijera palabrotas delante del “niño”.
“Sí, ayer que me llevaron al cine a ver Alien el octavo pasajero…”
Paloma, que había presenciado todo discretamente desde la puerta de la cocina, me miró con horror, como a aquél que señala a un culpable en juzgado lleno, en tanto que mi pobre madre me miraba al borde del desmayo, al no saber qué era peor: que su hijito como botarate anduviera repitiendo leperadas alegremente o que, en manos de dos adolescentes tarambanas, hubiera ido a ver esa película a escondidas, efectivamente cometiendo un delito al violar la ley.
Así fue como aprendí que con una palabrita, puedes hacer de todo, desde derrumbarle el copete a una señora decente y bien educada (como la Tía Josefita — que huelga decir ni era mi tía, ni se llamaba Josefita, y ya se murió además, pero hay que respetar su anonimato de todos modos-) hasta ganar esos valiosos cinco segundos de ventaja para echar a correr y escabullírtele al matón de la escuela secundaria.

Mi lexicón se enriquecería en términos variopintos y de naturaleza evidentemente soez, cuando me sumergí en el teatro escrito por Emilio Carballido; algunas de sus farsas se sostenían cuidadosamente cimentadas en las palabrotas y los insultos utilizados con ingenio… pero esa es una historia que les contaré otro (pinche) día.

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