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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Carta a un niño que no me conoce
Por Miguel Cane
9 de septiembre, 2011
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Septiembre de 2011.

 

Hola, Luciano.

No me conoces. Y la última vez que yo te vi, eras un bebé de cuatro meses. Te cargué, me sonreíste. Fue la última vez que te vi a ti, y que vi a tus padres. Fue en junio de 2001.

Hoy tienes diez años. No sé exactamente dónde vives, aunque me imagino que aún vives en Canadá con tus abuelos maternos. No sé si alguna vez te llevaron a México. No sé si alguna vez has ido a Uruguay. No sé si has ido a Nueva York, al lugar donde naciste. Pero lo que supongo es que tanto tus abuelos como tu tía So, te han hablado de todo antes. De quién eres, de dónde viniste. De con cuánto amor llegaste al mundo.

Por eso te escribo esta carta, aunque tal vez no la leas nunca, pero quería hacerlo.

Para contarte un poco de eso, y hablarte de tu mamá.

*

Conocí a tu madre cuando éramos muy jóvenes, sentado en una piscina, con los pies en el agua. Nunca me voy a olvidar de eso.

Yo ya conocía a So (Sophie) porque éramos compañeros de carrera en la Universidad. Era imposible no hacerse amigo de tu tía, con esa personalidad extrovertida, esa manera de hacer música con la risa y con las manos al hablar. Oírla en clase era lo más divertido del mundo; sobre todo porque ponía a parir a los profesores con sus preguntas, buscándole siempre los ángulos más extraños a los libros que leíamos para las asignaturas. Siempre fue así. Supongo que esa irresistible cualidad la compartía con tu madre. Aunque Jeane era muy diferente: en físico, en carácter, en todo.

Tu madre era mayor que nosotros, un par de años.

El 16 de julio de 2001 cumplió 29 años. Nos vimos por última vez un par de semanas antes. A manera de columna están las dos apariciones: Jeane en Cuernavaca, cuando la conocí, en 1995 y Jeane, contigo en brazos, en el apartamento de la 74 Oeste y Amsterdam. Solo fuimos amigos seis años. Y no fuimos amigos íntimos, de la clase de amigos que se cuentan todo, que comparten los sueños, los secretos, los libros, los gustos y aversiones. Pero que eso no obste para que yo pueda contarte cómo era conmigo, decirte que tu madre era – y así la recordaré siempre – mi amiga.

*

Aunque conocí a tu madre en 1995, hablamos más bien poco ese fin de semana. Me pareció hermosa, con el cabello oscuro de su madre mexicana y la piel de porcelana del padre canadiense. So decía que eran hijas del fuego y de la nieve y yo no me reía con ella, porque creía que era cierto. En ese entonces, tu madre estudiaba en Londres y ya conocía a tu padre.

No puedo hablarte mucho de tu padre, porque en realidad lo traté muy poco, casi nada. Mariano era un hombre de nuestra edad, lo recuerdo muy delgado y muy formal. Siempre muy serio, aunque amable. Si yo te dijera que tu padre (que tenía esa manera de hablar de su tierra, al sur del sur, pausada, elegante, cada frase precisa, como elegida con cuidado, a diferencia de mi manera mexicana de hablar, a veces atolondrada) fue mi amigo, mentiría. Pero puedo decirte, porque me consta, que estaba muy feliz de ser tu padre, que te esperó con entusiasmo y que te adoraba incondicionalmente. Porque se notaba al estar en tu presencia.

*

Tu madre era fuera de serie. Le gustaban los colores y las texturas. Iba cómoda con un par de jeans y tenis por la calle un sábado, o – como la vi una vez en el lobby del World Trade Center, donde trabajaba – con un traje en color grafito, falda a la rodilla, tacones altos, severa pero a la vez accesible, con un olor que a veces recuerdo pero que no sé qué era (nunca le pregunté qué perfume usaba, y ahora su fragancia viene a mí al recordarla), su cabello a los hombros, su sonrisa. Era sencilla pese al ostensible privilegio de su crianza y después, de su carrera. No hacía alarde nunca de la opulencia en la que creció. No era orgullosa, ni, en mi presencia al menos, desdeñosa como algunos niños de su posición. Siempre fue sencilla, serena, jovial. Es parte de la clase de verdad. Tu madre tenía clase en abundancia. Y carisma. Y una generosidad innata, una alegría contagiosa ante las cosas más simples, como puede ser un anuncio espectacular que llamaba su atención, o un músico callejero que tocaba pedazos de tubería a manera de percusiones o una larga caminata frente a los aparadores de la Quinta Avenida. O un helado de la calle. Un número musical. Un libro. Una película que había visto. Una copa de vino. Y desde luego, tú. Desde que estabas dentro. Tú eras su mayor alegría.

*

Aunque ella yo simpatizamos siempre, realmente no fuimos amigos hasta el verano de 1997, cuando viajé por primera vez solo a Nueva York, donde ya vivía ella con tu padre, en un estudio pequeño en Riverside Drive. El encuentro fue organizado por So, que al saber de mis vacaciones  a la Gran Manzana – las primeras que hacía yo solo, como adulto — me insistió que la buscara. A partir de entonces, se hizo ritual entre nosotros el encuentro cada vez que por trabajo o placer yo visitara la ciudad, que en los años siguientes, fue con tanta frecuencia como pude (en 2000 pasé varios meses en Washington y casi cada fin de semana iba y nos veíamos, vi distintas etapas de su embarazo de cerca. Era una dicha palpable).

Estoy en deuda con ella por muchas cosas. Fue gracias a Jeane que asistí a mi primer musical de Broadway – que no fue el consabido Cats, sino una joyita  de corta temporada llamada Ragtime-, también con ella y Mariano fue que cené y comí en el Windows on the World (aunque tu padre decía, y no le faltaba razón, que era un exceso para turistas, pero a tu madre le encantaba la vista, similar, me imagino, a la que tendrían desde sus espacios de trabajo) y gracias a su experiencia, conocí algunos restaurantes que no figuran en las pretenciosas guías como la Zagat y descubrí tiendas de libros y curiosidades que no forman parte del circuito habitual del shopping. Algunas veces, si tenía tiempo (se hacía tiempo), Jeane me acompañaba y en esas caminatas, hablábamos.

*

Tu madre era una escucha extraordinaria, Luciano.

Realmente sabía escuchar. Te miraba al hacerlo, como si lo que le estuvieras diciendo fuera lo más importante del mundo. Y siempre tenía una palabra amena, una palabra cálida qué decirte. El ánimo no le faltaba. Ni la sonrisa. No la idealizo porque no esté ahora, lo digo porque conmigo fue así siempre, las ocasiones que nos vimos. Seguramente también tenía defectos; sería impaciente o cascarrabias como muchos de nosotros. O desordenada (aunque las dos o tres veces que fui al apartamento nunca lo vi así) o despistada. Pero siempre cálida y solidaria.

Estoy seguro de que habría sido una extraordinaria madre para ti, Luciano.

*

Voy a serte sincero. No recuerdo mucho de ese día.

Para entonces, yo ya vivía en México de nuevo. Estaba sin trabajo. Había visitado Nueva York por última vez en junio de ese año, y el último mail de tu madre – una nota breve, en la que me ponía al tanto de ti, de que estaba ajustándose a volver al trabajo después de la licencia por maternidad – me había llegado en agosto. Estábamos, como todo el mundo, inmersos en lo que es la “normalidad” (lo que quiera que eso quiera decir). Me bastaba saberla bien. Le escribiría de nuevo en Navidad y tal vez, con suerte, iría a Manhattan otra vez en 2002 y seguro nos veríamos, aunque fuera solo una vez, te vería a ti, que ya estarías caminando, tal vez incluso hablarías.

Me despertó la incredulidad.

La incapacidad de creerme lo que me decía la pantalla.

Lo que, me imagino, haz visto y no necesitas que te describa.

Lo único que me consuela es, y esto supongo que lo sabes, aún en su horrorosa injusticia, es que no estaba sola. Que tu padre estaba cerca. Quiero creer – tengo esta absurda idea – que estuvieron juntos. Como cada uno de los años de su relación. Cerca el uno del otro. Quizá abrazados, sus manos sobre el ruido. Que no oyeran el ruido. Que no, misericordiosamente, sintieran el terror de saberse sin salida. De no volverte a ver. De verse privados, como todos en su entorno, de su vida, por algo que no tenía nada qué ver con nadie, ya fueran como tus padres, profesionistas, o camareros, o bomberos, madres, padres. Gente que fue inmolada por nada. Por nada. Por nada.

Deseo que no supieran. Que no temieran. Tal vez no fue así, pero al menos en mi deseo, no sufrieron.

*

Vi una foto tuya, no hace mucho, gracias a tu tía So.

Eres muy parecido a tu madre. Tienes también rasgos de tu padre. Me gusta pensar que eres un niño que ha crecido amado, feliz.

No sé cómo te han explicado lo que ocurrió entonces, lo que sigue ocurriendo ahora. Que tantos otros niños se quedaron sin familia, de un solo golpe. Y no solo en Nueva York esa mañana de martes, sino que sucede en muchos países, cada día. De pronto, el terror sin previo aviso.

No sé si quizá lo mejor es que crezcas como tu madre: sin temor del horror que pueda venir, porque no sirve de nada temerle, anticiparlo. Que crezcas sin amargura por algo que fue inevitable, que arrastró a tantos consigo. Pienso en tu madre, en lo mucho que te quiso, en la ilusión con que te esperó. En su alegría siempre.

No son cosas perdidas.
Porque viven, pese a todo.
Todo lo bueno de tus padres, ellos mismos.
Viven en ti.

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