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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Con todos menos contigo
Por Miguel Cane
1 de junio, 2011
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There’s a club, if you like to go

you’d meet someone

to really love you

so you go and you stand

on your own,

and you leave

on your own,

and you go home,

and you cry
and you want to

die…

–The Smiths
How Soon is Now?

 

Esta es la verdad, no tendría porqué negarla o aplicarle pestañas postizas.

Odio los antros.

Así, sin preámbulos.

Los aborrezco como al instituto – léase reclusorio – ultraconservador, católico y de extrema derecha donde mi papá me obligó a cursar tres años de secundaria, rodeado de bravucones y torturadores juveniles, así como fanáticos religiosos. Los odio tanto como a los Boy Scouts — donde por obligación desperdicié nueve años de mi niñez y de los cuales, salvo contadas y honrosas excepciones, no conservo amistades o buenos recuerdos.

Odio los antros. ¡Los odio con odio caníbal!
Ahora bien, debo confesar que tuve (tiempo pasado del verbo ya llovió) mi era discotequera y que, desde hace años, he asistido a muchas fiestas y me encantan las cenas, reconozco que esta abominación mía hacia la vida nocturna en bares y discotecas (por mí, la tal Alicia Bridges y su I love the nightlife pueden irse derechito a la mierda), es la manera en que manifiesto mi disgusto ante las exigencias e injusticias propias de la condición gay (¡dios nos guarde!) que obliga a tanto miembro del gremio a incorporarse al mercadillo de carnes – o carnisalchichonería– y filetitos que suelen exhibirse sin pudor alguno en (poco) sofisticados garitos de vicio y perdición que abundan como hongos en esta ciudad.
De hecho, acudir ocasionalmente a algún antro, ha de ser una especie de manifestación de un reprimido masoquismo mío, porque me da horror desde el momento en que tengo que pensar en qué clase de garras me pondré – que, siguiendo fielmente los dictados de la moda, preferentemente parezcan de firma, aunque se corra el riesgo de sufrir consabido secuestro express… aunque ahora que lo pienso, es una paradoja, ya que si no luce uno como figurín de catálogo, podría volverse invisible ipso facto, tras ser barrido de arriba abajo por la runfla de mariconas poseras que alzarán la ceja al estilo María Félix y luego procederán a ignorarte, como que al resto de la exótica fauna que cruce la puerta tras de tí.
Así pues, la sola idea de ir y probar suerte en un antro me aterra, pero como las malditas matemáticas, es un mal necesario.
Además, es una soba (por no decir joda) encontrar un antro decente en la ciudad de México: y no me refiero precisamente a la calidad moral del grueso de sus parroquianos; mas bien apunto, insinúo, sugiero y manifiesto los detalles pertinentes a la música, calidad no adulterada de las bebidas –¿qué rayos le pondrán a la cerveza en algunos? Hay sitios donde a la tercera Lager se te borra el cassette por lo que corres el riesgo de amanecer encuerado y, como reza la leyenda urbana, sin algún órgano interno, en un muladar de las afueras, o por lo menos, más manoseado que el periódico de ayer-, y sobre todo a la actitud del personal y locuelas asiduas al Cha-Cha-Cha que bailotean de aquí para allá, haciéndose una Shakira y una Paulina, mismas que se comunican entre ellas con chillidos estridentes que terminan con cualquiera de éstas palabras: mana, loca, golfa o Peyyya (léase: perra). Exactamente la clase de criaturas que siempre he pensado hacen que nos crean a todos iguales y nomás no, que conste.

Pero sí, su presencia en un antro es de rigeur y ni modo.
Como decía, hallar un lugar que valga la pena es difícil las más de las veces, pero no siempre imposible, aunque casi todos los establecimientos pensados para la hipotética comunidad gay que conozco, de un modo u otro carecen de humanidad y pretenden ser réplica del padrísimo club que aparece en la primera escena en El Ansia/The Hunger, sólo que la Deneuve y Bowie jamás pondrán un pie en ellos; sin embargo al no haber de otra sopa en el menú, como bien apunta la voz de la experiencia, si quieres conocer a alguien, tú te arreglas, te aguantas y ahí te estás, aunque sea un rato, para circular, mostrando tu mejor sonrisa.
Ergo, la noche señalada, me baño por segunda vez en el día, me pongo champú y acondicionador y tallo bien mis rinconcitos (you never know), ya que en este escenario, estás obligado a hacer lo que un gran número de mujeres: tienes que verte lo mejor posible, sólo que en vez de tener un busto espectacular, debes tener una entrepierna monumental – entonces, pienso, por default yo ya perdí.
Una vez que se cruza la puerta que separa a la calle del congal disfrazado de bar quesque cosmopolita, la cosa se pone buena, mas no dura. En el aire suena la última rola de Belinda (pero no Carlisle, lástima) y la chaviza se arremolina en la pista, accesorizados con lentes de burbuja, atuendo Grypho couture – aunque sea pirata, es de cajón entre la tropa- y plataformas para bailotear. Pido una coca light y (para mi creciente horror) la canción cambia por el cover de un viejo numerito de Raphael: ¿qué pasará, qué misterio habrá? ¡puede ser mi gran noche! grita el mediocre imitador del divo de Linares y lo corea junto a mí un ñor que se nota, dejó atrás los cincuenta hace un buen rato.
El presunto muestra una sonrisa salpicada de nicotina y correspondo al gesto, aún si en mi cabeza hay una voz que grita alarmada: haga lo que quiera pero por su santa madre, no me toque; no obstante, descubro casi enseguida que la dentadura amarillenta no se desnuda para mí, sino para un morenazo de fuego que está a mis espaldas, así que me aparto de la barra y procedo a cumplir el onceavo mandamiento (no estorbarás) y sigo las miradas de varios concurrentes, ya que todas se centran en un mismo punto. El drama comienza aquí.
Esto es lo que se deja ver: entra al local un bastante potable fulanito de uno setenta y pico, pectorales impresionantes, ajustados jeans forzados por no muy discreto paquete, nutridos bíceps y tríceps que enmarcan abdomen de lavadero bajo camiseta pegada. Por si no bastara, adorna su carita de niño Televisa con candado de algunos días y ostenta arracada deslumbrante en su oreja. Como dijo Joe Jackson: All the gays are macho, see the leather shine.
Su actitud desdeñosa para el resto de los pobres mortales que chorrean baba a distancia en cuanto aparece, es un estímulo más. Yo soy realista, sé que de éstas pulgas no brincan en mi proverbial petate, pero lo mismo, no puedo dejar de mirar: supongo que no faltará mucho para que le manden una cerveza. Esto es lo que se conoce como chacalón de cierta categoría. Me pregunto si será chichifo (vulgo: prostituto) y de a cómo va la pedrada con él.
Ataviado con mis garritas de marca – que son tan elegantes que nadie las identifica de cualquier modo, lástima de ropita- me incorporo al ambiente como una sombra y checo cómo entra en acción, ahora convertido en un auténtico espía: yo soy la verdadera Rosa Klebb.
Pronto, se desarrolla la escena: el plato fuerte es un monito tipo graduado de la Ibero o del Itam, al que desde lejos se le nota lo esnob: es la clase de rey del clóset con el que alguna vez fui a dar al catre, y que sólo se digna a aparecer por aquí para buscar carnita, generalmente hasta la peineta con una que otra droga recreacional que se mete para echarse valor antes de aparecer por estos lares, no lo vaya a identificar algún conocido o peor aún, le vayan con el chisme a su jefe corporativo o a su mamá.
Veo cómo éste y el muñecazo en renta se descubren de un lado a otro del antro: como dice la canción de Bosé, su olor atrae a la ciencia, su carne al predador. A estas alturas del poema, yo ya soy prácticamente invisible, mientras el efebo en cuestión, que actúa como una suerte de Brad Pitt de petatiux, extiende su musculatura como cola de pavorreal. El pobrecito niño rico se acerca y posa cerca de él. Se hacen tarugos por unos minutos, aunque son más obvios que las criaturas que se hacen Shakiras; yo oigo mientras se saludan con varoniles “hola”, ¡Ay! total, por mí ni se preocupen, chicos, yo como Liv Ullmann, ya casi no estoy aquí.
El triste y patético juego del ligue de bar se desenvuelve ante mí como una obra de teatro que ya conozco, que es más, podría escribir con ojos vendados: mientras los menos agraciados, los gordos, los obvios, los de escasos recursos y los que no parecen estrellas de comerciales observan (observamos, aunque yo sea invisible) purgados muchos por la envidia, los jóvenes concupiscentes en pleno éxtasis se coquetean, y luego comienzan a intercambiar saliva con singular alegría. En un ligero respiro que se dan, oigo hablar al presunto quesque gigoló y descubro, sin sorpresa, que es cubanito. Últimamente, todo mundo anda con modelo de importación: argentinos, cubanos, ibizencos y un largo etcétera-etcétera-etcétera, que lucen cuerpazos de gym, como si ésto no costara esfuerzo.
Así, al cabo de un rato de faje sin pudor alguno, el pedante mirrrey parece satisfecho, nos mira a todos con cara de “vean y sufran” (otra razón para que me choquen estos lugares y no soporte a esa clase de gente), mientras se relame los labios y se come con los ojos a su bizcochito para la noche… hasta que  sucede algo más.
El huracán caribeño mira su celular, dice “ya vengo”, acerca el teléfono a su oido mientras va al baño. El otro parece que fuera a reventar de orgullo. Pasan cinco minutos, luego diez y quince. Entonces recuerdo de que este lugar tiene una discreta salida junto a los baños. Seguramente llamó el mejor postor, el pájaro voló y nuestro Príncipe de las Lomas parece de repente mortificado al recordar las posibilidades del oficio también.
Así las cosas, humillado, va a tener que esperar otro rato antes de irse como los demás, que ahora lo miran con el mismo desprecio que prodigó con esmero apenas media hora antes. Por alguna extraña razón, este desenlace consigue hacerme sentir reivindicado y no puedo evitar sonreírme a la mala mientras me alejo de la barra, con un inexplicable brote de gozo en mi retorcido y negro corazón.
Pero no hay que llorar, cantaba María Luisa Landín, hay que saber perder. Lo que sí, aunque salgo riéndome del lugar, tampoco quiere decir que me guste. La verdad es que odio los antros… y no me importa admitirlo. Al final de cuentas, siempre resulta de este modo:

En tierra de Mirrreyes, la Reina es gay.

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