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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Cuando pase el temblor
Por Miguel Cane
16 de septiembre, 2011
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Para ti, que estabas ahí. Que recuerdas.

 

Si de algún modo pudiera poner fecha para el día en que, efectivamente, mi infancia terminó, sería el Jueves, 19 de septiembre de 1985.

Lo más curioso, es que para mucha, muchísima gente que conozco, es fecha no tiene el mismo significado. Es acaso pertinente a su experiencia. O bien, el olvido ejerce su influencia — donde conmigo nunca es posible-. Son más de veinticinco años de los sismos que, en cierto modo, vinieron a cambiar a mi ciudad (para siempre) y la vida de mi familia, en otro sentido (¿No es horroroso que tarde o temprano, todo lo que aparece en esta columna es acerca de cómo me afecta a mí? — A veces soy horrible, ustedes sabrán disculpar).

Ahora me preguntan (los que se acuerdan) ¿dónde te agarró el temblor?

Pues en la calle, según recuerdo.

A bordo de un auto, con mis padres.

Ese día mi papá iba a llevar a mi madre más temprano a la oficina, porque él tenía una junta importante con unos clientes en la colonia Roma.

Este era el año en que yo acababa de cambiar de escuela: había ingresado a la secundaria. pero apenas acababa de cumplir 11 años. La presión, la infinita presión de ser un “niño tan brillante” en una escuela ultra-conservadora, católica y de la extrema derecha, misma que le recomendaron a mi padre por ser “muy estricta”, un plantel que “construye carácter”.

Yo pasé seis años en un colegio progresivo, lo que se llama “escuela activa”, con niños y niñas de mi edad y eran los primeros días de adaptarme a un mundo principalmente hostil y poco receptivo para un crío como el que entonces era yo. Esos tres años de escuela fueron un infierno… pero esa no es la historia que hoy me ocupa, sino el temblor.

Yo no recuerdo que el temblor fuese tan fuerte, tan ominoso.

O será que en la bruma del tiempo transcurrido y otros efectos aplicados a la vida, hacen que se sienta como amortiguado. No lo sé.

Recuerdo el vaivén de los cables telefónicos, la sorpresa en el rostro de mi madre, la confusión. Me dejaron unos cuantos momentos después, a la puerta del colegio.

No habíamos terminado de formarnos en el patio (los de primer año, por estaturas, yo era el primero… a los 11 años medía como 1.50 y era delgadito, el más pequeño de la escuela en edad y tamaño. No crecí a la estatura que ahora tengo hasta los 17 años), cuando el padre director, el mismo vetarro y fanático de mente tapiada, que meses después me denunciaría públicamente como pecador delante de todo el alumnado por haberme atrevido a donar a la biblioteca del plantel un ejemplar de Anna Karenina, libro nefasto que promovía el adulterio y (¡Dios nos guarde!) el suicidio, salió a decirnos que no había clases y que nos fuéramos. Y sin mayor ceremonia, nos echó a la calle.

Así. Como perritos.

Yo no había regresado nunca a mi casa solo.

Al menos no, todavía.

Donde los otros niños se fueron a sus casas porque vivían en el barrio, o fueron sus madres que vivían cerca por ellos, yo me quedé afuera del colegio, esperaba que tal vez mi papá volviera por mí. Pero luego, oí los rumores, entre las madres que venían por sus hijos. “Muertos” “Tanta gente”. ¿Y si algo había pasado? ¿Y si no volvía a ver a mis padres jamás? — esto sin importar que los hubiera visto bien ya pasado el sismo… comprendan, así es este asunto del pánico.

Y la verdad es que a ellos no les había pasado realmente nada, o nada grave.

Mi padre dejó a mamá en su oficina y luego fue a su junta… pero él sí, ya no tenía clientes. El edificio se había derrumbado. Él volvió a la oficina y le dijo a mi madre. Mi madre llamó a la guardería donde mi hermana (entonces Mónica acababa de cumplir cuatro años) estaba inscrita. La escuela estaba sin daños y los niños bien, pero recomendaban que, si podían ir por ella, así lo hicieran. Entonces mi mamá preguntó dónde estaba yo. Mi padre dijo que seguramente estaría yo en la escuela. Como era un recinto de estricta disciplina, que prohibía episodios de histeria, ciertamente no interrumpirían clases por el sismo.

Entiendan (y hago hincapié en esto), no es que mi papá fuera un tipo insensible: es sólo que en ese momento estaba avocado a hacer de mí un hombrecito y no quería aceptar aún los signos tan evidentes de mi futuro que se manifestaban desde que aprendí a caminar y comencé a hablar… pero esa es harina de otro costal y nada tiene qué ver con la historia del terremoto, tampoco.

Ahora comprendo que mi padre estaba en un profundo estado de choque debido al derrumbe y trataba de mantener a ultranza una noción de “normalidad” — Imagínense cómo se sentiría, por ejemplo, la mamá de Patricia Campbell Hearst cuando su hija pasó de secuestrada a guerrillera armada -. A instancias de mi mamá, fue por mí, pero ya no me encontró. Me buscó, para encontrarme a salvo y ya en casa (yo había recorrido el camino de memoria, y aunque un tanto retirado, llegué bien).

En parte, el que hubiera temblado a las 7:19 am fue lo que más repercusiones tuvo, tanto a corto plazo como de un modo más permanente (amén de que de ahí viene mi terror hacia los temblores y, a veces, soñar que tiembla la tierra). De haber temblado una hora o dos más temprano, el librero hecho por mi padre para mí, con estanterías hechas con tablones y ladrillos, mismo que se desplomó sobre mi cama, me habría aplastado. Recuerdo ver mi cama cubierta por esos libros, tablones y ladrillos.

Acaso fue ahí que mi infancia se terminó de verdad. (Aún si comenzó a terminarse en una mañana a fines de diciembre de 1981 cuando murió mi abuelo, o en una casa en Cuernavaca durante la semana santa de 1984, como ya les conté). Ya no iba a poder seguir siendo niño. Mi ciudad, mi país, mi familia — todo era diferente.

Yo había terminado de dejar mi infancia como una sierpe que ha cambiado de piel, aún si ésto no fuera un misterio gozoso (nada) y el mundo se había, literalmente, colapsado a mi alrededor.

En los días siguientes, hubo mucho movimiento.

Mis padres, que formaban parte de un grupo de scouts de Azcapotzalco, inmediatamente se unieron a brigadas de rescate y ayuda a los damnificados. Mi padre estuvo en la peor zona de Tlatelolco ayudando a remover escombros, a transportar agua y haciendo valla, mientras mi madre se dedicó a recopilar ropa y a preparar comida para los campamentos. Desde mi perspectiva del niño moroso y desconfiado en el que me convertí ese año, los recuerdo, comprometidos, urgentes, yendo y viniendo. Me parecían, de un modo extraño y simultáneamente maravilloso, mis padres de siempre y a la vez, figuras heróicas. Ninguno habla acerca de los que hicieron, de lo que vieron esos días. Yo no les hago preguntas tampoco.

Eran jóvenes. Al menos, ahora así me lo parecen. En ese entonces, papá tenía 42 años y mamá 35, pero ustedes saben que tener esa edad entonces era muy distinto a tenerla ahora. Me eran tan extraños como nunca antes y ahora, que estoy más cerca de su edad, quizá los comprendo mejor. Lo mismo, así se acabó mi infancia, en medio de tanta confusión y asombro.

Y entre otras cosas, me quedó un cierto, inevitable, temor a los temblores. Por años he soñado, a veces, que la tierra tiembla. Sueño que tiembla y me angustia, porque se siente profundamente real.

A veces, me olvido por completo del temblor… otras ocasiones, me despierto en las noches y me abrazo a mí mismo. Me estremezco y me pregunto quién me va a proteger en estos tiempos desesperados, quién va a cuidar de mí… y entonces termino de despertar y me percato de que nadie va a cuidar de mí. Que no seré arropado por nadie.

Que estoy solo y que está bien, porque es la realidad y no tiembla la tierra y aunque temblase, no temo.

Me tengo a mí, y por el momento, basta.
Nadie va a fallarme, porque no espero nada de nadie.

Ha habido otros temblores, tanto reales como figurativos, en mi camino hasta aquí, a este punto en mi vida, en que no necesito nada, en el que estoy en el equilibrio de mis deseos y necesidades, absorbiéndolo todo, creciendo.

Vendrán otros temblores y yo los esperaré alerta.

Ahora, ustedes cuéntenme, ¿dónde estaban cuando pasó el temblor?

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