Días siguientes - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Días siguientes
Por Miguel Cane
25 de noviembre, 2011
Comparte

Hablemos usted y yo.

Tal vez usted conozca a algún suicida.

Tal vez usted, como yo, sea un suicida fallido.

En ese caso, tal vez entienda lo que voy a contar ahora.

O tal vez usted condena el suicidio como lo peor del mundo. Eso es perfectamente entendible.

De todos modos, hágame compañía un rato. Camine conmigo y luego de oírme, váyase. No voy a ofenderme si lo hace.

 

*

Suicidio.

La mención de la palabra es como una pedrada contra una cristalera. Como un secreto vergonzoso. Hay gente que prefiere hablar en voz alta de un vicio inconfesable, antes que revelar siquiera que ha entretenido la idea de suicidarse, aún si ni siquiera lo ha intentado. Hay otros que conservan sus cicatrices – cuando las hay – a la mano, a la vista, acaso como una manera de recordatorio, de prevención. O acaso, de medallas.

Siempre he visto que es muy fácil condenar al suicida como un cobarde. Como alguien que recurre “a la puerta falsa” -usualmente, quien emite este juicio es muy posiblemente una persona que no ha experimentado los niveles de desesperación o angustia que suelen empujar a una persona a hacerlo. Porque es algo inexplicable, casi imposible de describir, sin que suene banal.

Cuando yo intenté suicidarme, tenía 16 años.

Puedo aducir, en mi descargo, que no sabía lo que hacía. No recuerdo demasiado de esos, los que son probablemente, los más oscuros días de mi vida. Pero sí sé una cosa. No fue un capricho. Quería morirme. De eso no me queda duda. No lo hubiera hecho si no hubiera querido hacerlo. A mí me encontraron por accidente. Pude – y aquí es cuando aparece la oscuridad como una posibilidad, la sensación de escalofrío que recorre mi espalda al escribirlo a más de dos décadas de distancia – haber muerto. Los terapeutas que tuve y mis padres, la gente en mi entorno que lo supo entonces y que al paso de los años se fue enterando, lo interpretaron, en su mayor parte como un “grito de ayuda”. Yo mismo no sé si lo fue. Solo sé que quería morirme. Que no tenía ganas de vivir. Y que era un patrón que se exacerbó, por distintos factores internos y externos que hicieron fusión en ese momento, pero que venía de mucho antes – mis recuerdos de tener pensamientos suicidas datan más o menos de 1979 u 80, la primera época de memoria lúcida que tengo – y que continúa aún hoy.

Sí. Aún hoy sigo pensándolo, aunque sea vagamente, de modo oblicuo, en passim, por lo menos una vez al día.

Soy de los que piensan que un suicida, como un adicto, como un alcohólico, lo es aún desde antes de que la hoja metálica toque la piel, o que la pastilla se disuelva en la lengua, o que el cañón nos dé en el canto de los dientes. Es algo intrínseco, que forma parte de (nuestro) código genético, de las circunvalaciones del cerebro.

Hay muchos ejemplos de lo que digo: Sylvia Plath, Virginia Woolf, Simone Weil, David Foster Wallace, Szandor Marài, Albert Camus, el propio Sócrates, la espléndida Anne Sexton. Tantos que estuvieron ahí y que desaparecieron por su propia mano, para escándalo y oprobio de muchos que se quedaron y no comprenden que ellos fueron suicidas desde siempre.

Pero lo que mucha gente no comprende, o creo que no comprende, es precisamente el hecho de sobrevivir cuando eres suicida nato. El que haya llegado a los treinta y siete años, con un intento previo, es una especie de logro, creo. Me gusta pensarlo. Virginia llegó a los cincuenta y nueve, antes de llenarse los bolsillos de piedras y sumergirse en el río. Que llegara a esa edad me parece un gran triunfo, un gran mérito suyo.

A los suicidas se tiende a juzgarlos (juzgarnos, si ya admití que soy uno), como cobardes, como fracasos probados. Pero yo aquí me pongo en otra perspectiva y les ofrezco otro punto de vista: el vivir tanto como se puede llegar a vivir, llegar al final de un día con vida, es también un logro, tan valioso como el que tiene cualquiera al ver su jornada cabalmente rendida. Virginia supo que era suicida, igual que lo hemos sabido muchos, desde muy joven. Hizo esfuerzos extraordinarios, casi heróicos, por mantenerse con vida, por abrazarse al mundo exterior. Todos los suicidas lo hemos hecho, lo hacemos cada día. Cuesta mucho, es como mantenerse a flote en mar abierto, sin dejar de mover las piernas.

Siempre que oigo a alguien – habitualmente es alguien que no sabe lo que hice – condenar a un suicida, pienso en que tal vez sería mejor concentrarse en los genuinos méritos de los actos de la vida de esa persona, sus logros a mayor o menor escala, su afecto prodigado en caso de hacerlo, en vez de escupir sobre su tumba. Después de todo, y usted lo sabe, todos morimos. El modo exacto en que ocurra, no puede ser más importante que sus acciones en vida.

Hay una frase alusiva de Nietzche que no deja de hacerme gracia por lo certera: “Los parientes de un suicida siempre toman a mal que aquél no haya seguido viviendo por consideración a la dignidad de la familia.” Esto es cierto. Existen tantas posibilidades como individuos, como “salidas”. Cada quién encuentra la que más se adecua a su gusto, recurso, elección, intelecto o incluso, valor – yo sería incapaz de cortarme las venas o de meterme un tiro o de saltar por la ventana. Puede usted decir que pertenezco a la variedad de suicidas de cama. No voy a meter la cabeza en el horno, tampoco, por mucho amor que le tenga a Sylvia-.

El propio Tolstoi, creador de una de las suicidas más famosas de la historia (Anna Karenina) lo puso de este modo: “ entiendo que la posibilidad de matarse constituye una válvula de seguridad. Teniéndola, el hombre no tiene derecho a decir que la vida es insoportable.”  

Cuando sobrevives a un intento de suicidio, los días que quedan, son los días siguientes. Los que te van mostrando una forma de reincorporarte a la vida. Aprender a integrarte a un proceso del que te saliste, por cualquiera de las razones que puedan aducirse. Es difícil, tienes que tomar cada pieza de tu cuerpo roto y colocarla en su sitio, esperar a que sane. Muchas veces no sucede. Pero vives. Y cada día siguiente, es un mérito que nadie puede quitarte.

Supongo – a lo largo de estos veinte años de supervivencia es lo que he llegado a pensar – que el verdadero “tabú” del suicidio, es el dolor o resentimiento, por parte de los que se quedan. Un precio alto que se paga, pero que muchas veces, es inevitable. No todo el mundo tiene la fuerza o el deseo de seguir adelante. La sociedad humana es la fiesta de la que muchos se van temprano, porque cuesta mucho soportarla.

Es verdad que cuando tienes hijos, o dependientes – en mi caso es mi perra, Audrey – la posibilidad te queda vedada. Muchos lo interpretan así. Otros sabemos que está ahí. Como el tic-tac de un reloj. Un mecanismo suizo de movimiento “perpetuo” que se detendrá en algún momento. Y cuando se detenga, ya sea por causas naturales, por causas externas, por accidente o por nuestra propia mano, habrá que girar el picaporte y entrar en la habitación blanca que espera.

Y por mientras, cada día seguimos adelante. Y pensamos en ello. Lo contemplamos. Lo devolvemos al estante en el que se encuentra, con las otras nociones y certezas que nos componen. Y vivimos.

Y eso es todo.

Gracias por escucharme. Ahora puede seguir su camino. Yo me quedo aquí a mirar el paisaje un rato más.

 

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.