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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Dos horas en el cielo
Por Miguel Cane
19 de agosto, 2011
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Para Ernesto Diezmartínez y Alonso Ruvalcaba,
sin quienes, estas reseñas no existirían.

 

Vamos a sentarnos en la oscuridad, usted y yo.

Vamos a ver películas.

Pero con una particularidad. Estas películas que vamos a ver, no existen.

 

Todo comienzo, como la infancia, es inocente. Lo mismo con el del presente texto. La otra noche conversaba con dos colegas Ernesto Diezmartínez (Reforma) y Alonso Ruvalcaba (Letras Libres, Gatopardo), acerca de la lista de filmes “perdidos” (hago hincapié en el entrecomillado) compilada por Andrew O’Hehir para Salon (y que ustedes pueden leer aquí). Alonso dijo entonces  (y cito) “reseñar películas inexistentes ahorra el trabajo de no verlas.”

 

La frase se quedó conmigo. Como usted sabe, soy (o al menos me gano el pan como) crítico de cine en un periódico (Milenio) y más que otra cosa, soy un aficionado compulsivo del celuloide de toda la vida. Pero también soy un narrador. Ese es mi oficio: narrar(me) la vida.

En sueños, la conversación entre profesionales de la reseña volvió a mí y el resultado está aquí. Si cuento con su complicidad, sígame, póngase cómodo y espere a que se apaguen las luces.

 

Lo que hoy voy a mostrarles, son reseñas de diez películas que no existen, pero que pudieron/debieron filmarse en algún momento de la historia del cinema. Todas son de grandes directores – dos, son de Hitchcock y una de Buñuel — Algunas son secuelas, otras remakes, adaptaciones de novelas, obras de teatro, de cómics, una de ellas realmente se filmó y está perdida: todas forman parte del pasado, del presente y ¿quién lo sabe? Quizá alguna aparezca en cartelera, en un futuro. Después de todo, en sueños (y que conste que esto lo dice Neil Gaiman) toda historia susceptible de ser contada en cualquier formato, existe.

 

¿Están listos? Entonces, comenzaré en orden descendente por la número…

 

 

10. Kramer junto a Kramer (2010)

Con Dustin Hoffman, Meryl Streep, Matt Damon, Amy Adams y Jane Alexander.

Dirigida por Robert Benton

Treinta años después del catártico melodrama inspirado por la novela de Avery Corman y que arrasó con varios Oscares incluyendo mejor película, actor, actriz de reparto, guión adaptado y director, Benton reúne a parte de su elenco original y escribe el guión para ponernos al corriente de cuál es la onda con la fragmentada familia Kramer en pleno siglo XXI: Ted Kramer ahora ya sesentón, encara la idea de retirarse del mundo de la publicidad, que encuentra invadido por la misma clase de jóvenes adictos al trabajo (pero mucho más “moralmente flexibles”) que él fue en su tiempo y que son capaces de comérselo vivo si se descuida, sin miramientos. Por su parte, su ex mujer, Joanna, con la que no ha hablado realmente en años, encontró la paz mental que tanto necesitaba y tiene una vida sencilla como diseñadora de vestuario para una compañía de teatro neoyorquina. El único vínculo entre ambos es su hijo Billy, o bien, Bill (Matt Damon, que sustituye a Justin Henry), quien enfrenta un problema inesperado: su compañera, Liz (Keri Russell), con quien no está casado, fallece repentinamente de preclampsia después de dar a luz a su primogénito. Ahora Bill no solo debe hacerse cargo de un recién nacido, también debe enfrentar a los padres de su compañera (Chris Cooper y Celia Weston) en una batalla legal de custodia y mantener su estresante trabajo como analista financiero. Es entonces que los Kramer deben hacer a un lado sus añejos rencores y dar el último estirón hacia la madurez, para  ayudar a su hijo.

En la historia también participan la enorme Jane Alexander como Margaret, la antigua vecina y confidente de ambos Kramer y Amy Adams como la proverbial consolación – en forma de una pediatra neonatóloga – después del duelo. Aunque predecible en su desarrollo, la película se esfuerza por ser “honesta” y tal vez ese sea un problema más que un acierto: sus intenciones son tan buenas, que acaba por tratar de complacer a todo el mundo, cosa que el original no hacía. Hoffman y Streep están en plena forma (de hecho, ella a base de puro carisma consigue redimir a un personaje que al inicio de su carrera la hizo particularmente odiosa para una generación) y la química entre ambos, que se dejaba asomar en la historia anterior, ahora la manejan con la maestría que dan los años, si bien la idea de un romance otoñal entre ex-parejas es algo ya visto y que se siente metido con cuña (sobre todo, cuando Ted ya tiene, ostensiblemente, una relación establecida con una editora – la interesante Embeth Davidtz – que repentinamente se disuelve sin motivo aparente, con el único fin de complacer a cierto sector del público, desperdiciando a la actriz). Benton sigue siendo un director competente y compasivo, con un estupendo oído para los diálogos, pero aún así, hay una cierta artificialidad en las tribulaciones de sus personajes. Por su parte, Damon da la misma nota de siempre a su personaje – podría atribuirse a agotamiento, es la quinta o sexta película que hace en un año… ¿de verdad no hay otro actor de su generación que pudiera hacer esto? ¿Alessandro Nivola? ¿El mismo Justin Henry? — y el resultado es cordial pero blandengue y de no ser por los actores que lo rodean – sus padres, “suegros” y futura/posible amante – sería mucho más notorio. Estreno de Hollywood para la época navideña, es un descarado intento no solo de apelar al público familiar y sentimental, si no también a la Academia (de ser nominados y ganar, Streep y Hoffman serían los primeros actores en obtener estatuillas dos veces por los mismos personajes en una secuela) y aunque no es de ninguna manera terrible ni fea – Darius Khondji sustituye al hoy extinto Néstor Almendros y su mirada a Nueva York es tan hermosa como siempre –, es tan eficiente en su intento de acercarse al molde original, que no puede evitar recordarle al espectador el corazón que aquella tenía y que a esta, por más que se esfuerza, le falta.

 

9. El Día del Delfín (1970)

Con Paul Newman, Sharon Tate, James Franciscus, Edward Asner y Kim Darby

Dirigida por Roman Polanski

Basada en la popular novela del francés Robert Merle Un animal doué de raison, que buscaba satirizar la llamada “Guerra Fria”, la primera (y hasta hoy única) incursión de Polanski en el género de la ciencia ficción es un interesante híbrido de géneros,  incluyendo además el espionaje, el suspense y una sutil vena de humor: en un laboratorio ubicado en la costa de Florida, el biólogo marino Jake Terrell (Newman) y su esposa, la bella e inteligente Maggie (la radiante Tate, a la sazón Mrs. Polanski) han logrado un descubrimiento: la comunicación entre delfines y humanos. Con lo que no contaban es que un agente corrupto de una agencia gubernamental (Franciscus, una especie de versión más barata de Steve McQueen) planea secuestrar a los dos delfines parlantes, Ivan y Bessie (o bien, conocidos como Fa y Be) para utilizarlos en un siniestro complot terrorista. Polanski es un experto en establecer atmósferas tensas sin perder el ritmo toda vez que ha echado a andar y, siguiendo el molde de Terence Young (padre de la saga de James Bond en cine), hace que la trama avance sin detenerse. El guión, del propio Polanski y su colaborador habitual Geràrd Brach toca un tema completamente inverosímil y lo dota de un aire de autenticidad que hace al espectador no solo identificarse con los delfines parlantes (voz del veterano Mel Blanc) sino con toda la odisea por la que los Terrell tienen que pasar para rescatarlos – esto no es del todo una sorpresa; en su filme anterior, El bebé de Rosemary, Polanski logró hacer creer a millones de espectadores alrededor del mundo, que una dulce y sensible Mia Farrow era no sólo el objeto de un complot por parte de un circulo de brujos, sino que además era la madre perpleja de un engendro infernal –, sin tener grandes problemas para convencernos de la lógica (por descabellada  que sea) de ésto. Newman hace uso de su encanto como leading man y encuentra en Tate una contraparte ideal: Los Terrell se sienten como una pareja de científicos genuina, sin que pese en su detrimento el tener aspectos de estrellas de cine. Tate además demuestra tener más sustancia de la que muchos podrían atribuirle; su Maggie es simpática, entrañable y sagaz, a la altura del personaje de Newman, que puede permitirse prácticamente cualquier cosa con su carrera. Por su parte, el veterano Asner (con una larga carrera en TV) está bastante bien como un acérbico y ambiguo funcionario que podría estar involucrado en el complot. Vistosa y bien realizada (la impresionante fotografía es de Arthur J. Ornitz), con el paranoide juego aparente en otras obras, esta cinta es producto totalmente de estudio (Paramount no dejaría que fuera de otra manera), sin embargo tiene la inquietante rúbrica de su autor, lo que la hace meritoria de más de un vistazo.

 

8. La odisea de un hombre (1951)

Con John Wayne, Barbara Stanwyck, Sterling Haydn, Leo G. Carroll y Jan Sterling

Dirigida por John Ford

La que sea posiblemente la cinta más cruda y dolorosa en la filmografía de “El Duque” y el propio Ford, es mucho más que un Western o una historia de aventuras. Se trata de una crónica, bastante fiel – en la medida de lo posible – de la estremecedora historia verdadera de Hugh Glass y cómo en 1823 logró sobrevivir después de la traición de sus dos compañeros de caza y el ataque de un oso Grizzly en los bosques de Dakota del Sur, atravesando un territorio hostil gravemente herido, a lo largo de seis semanas, apenas pudiendo alimentarse de bayas y raíces, para, una vez recuperado, buscar venganza contra quienes lo abandonaron. Wayne, un actor de adusto carácter, encuentra en este personaje el lienzo ideal para plasmar su estilo habitual, como más adelante haría en Centauros del desierto. Su Hugh Glass es un hombre de carácter recio y empuje extraordinario, que desafía los elementos – e incluso los nervios del espectador – para llevarnos en un viaje doloroso y brutal. Como Mary Glass (un personaje imaginario, creado como complemento), la Stanwyck es el contrapunto: la mujer que debe sacar fuerzas de la nada, para mantener el hogar en pie convencida de que su hombre no ha muerto. Ford hace uso de las más básicas emociones humanas como arcilla, para moldear su historia. El filme prescinde de las tomas abiertas y establece un vínculo de intimidad casi asfixiante entre Glass y quienes lo siguen a través de los inhóspitos parajes, aprovechando la locación de un modo que no se estilaba en las cintas del género producidas por estudios establecidos, como en este caso, la Warner Bros. Abrumadora y pesimista, la película no fue un éxito de público – más acostumbrados a las películas de aventuras convencionales, y no se contó nunca entre las favoritas de Wayne, sin embargo, con el paso de los años ha ido adquiriendo una justificada reputación como un filme de culto.

 

7. Utopia (1932)

Con Rudolf Klein-Rogge, Marianne Hoppe, Alfred Abel y Paul Hartmann

Dirigida por Fritz Lang

El penúltimo filme alemán de Lang, realizado en vísperas del ascenso de los Nazis al poder, no es otra cosa más que una suerte de remake-secuela de su célebre Metrópolis, solo que con diálogos sonoros y algunos efectos visuales más sofisticados, aún si recicla algunos decorados. Producto de la época de oro de la UFA, cuenta con un nuevo guión de Lang y su esposa Thea Von Harbou (a propos de nada, simpatizante del Nacional-Socialismo) y una actuación notable a cargo de Klein-Rogge nuevamente como el Profesor Rothwang , mientras que Brigitte Helm se rehusó a repetir su interpretación como Maria y como la robota suplantadora (‘Die Maschinenmensch’) fue llamada Marianne Hoppe. Alfred Abel repitió como el “líder” Fredersen  y Paul Hartmann asumió el rol de Freder, el joven idealista y heróico. La cinta es más bien tibia (no tiene nada que Metrópolis no tuviera antes), pero funciona para expandir la historia original, que para entonces, la Von Harbou ya había novelado. La producción fue accidentada y fueron notorios los pleitos entre Lang y su mujer, al protestar esta ante el tono de denuncia del régimen totalitario que Lang había comenzado a aplicar al filme, acaso previendo la censura Nazi – que prohibió la exhibición de Utopia por años y bien pudo haberse perdido, de no haber llevado Lang consigo a América el negativo original cuando se exilió –. Considerada inferior (incluso técnicamente, aún si se realizó con más recursos) a la original, Utopia no ha tenido mucha circulación desde su “redescubrimiento” a principios de los 90. Actualmente no existe en formatos de video digital.

 

6. Les Femmes de Stepford (1974)

Con Jacqueline Bissett, Jill Clayburgh, John Beck, Robert Duvall y Susan Sarandon

Dirigida por François Truffaut

Tras haber realizado un solo filme en inglés (Fahrenheit 451, en 1966) Truffaut aún mantenía su obsesión con las historias americanas y deseaba filmar una cinta que fuera “completamente estadounidense”, pero que al mismo tiempo tuviera los elementos subversivos en la narración que ya le habían llamado anteriormente la atención – como en las novelas de Cornell Woolrich que adaptó en sus homenajes a Hitchcock como La Novia Vestía de Negro y La Sirena del Mississippi en 1967/68 –; en este caso se decidió por una novela de Ira Levin, autor de probado éxito de crítica y ventas con Un beso antes de morir (filmada por Gerd Oswald en 1956) y El bebé de Rosemary (que había puesto a Polanski en los cuernos de la luna en 1968). Truffaut se asoció con Columbia Pictures para realizar la que sería su única película de Hollywood, a la que se incorporó apenas terminar La noche americana, en 1973. La novela The Stepford Wives, le gustó mucho a Truffaut, que la veía como una sátira siniestra del consumismo estadounidense, del machismo misógino aún prevalente en la era de la “liberación femenina”. El rodaje tuvo lugar en locaciones de Connecticut (señaladas por el propio Levin a Truffaut), que optó por llevar como protagonista a Jacqueline Bisset (con quien sostenía un discreto romance desde su filme anterior), que interpretó a Joanna Eberhart, un ama de casa, madre y fotógrafa aficionada, que descubre algo tenebroso en el elegante y armonioso suburbio residencial al que su marido traslada a la familia, dejando Nueva York, sin un motivo aparente. Todas las mujeres en la localidad parecen obsesionadas en complacer a sus maridos de manera absoluta, convirtiéndose en cuestión de tiempo, en una mezcla de objetos sexuales y esclavas domésticas. Pronto, Joanna descubrirá que hay algo aún más aterrador de lo que supone, detrás de la conducta plácida y amigable de sus vecinas. Al anunciarse que Truffaut trabajaría en América, decenas de actores y actrices manifestaron su interés, sin embargo, prefirió utilizar actores y actrices que principalmente trabajaran en anuncios de televisión y soap operas para interpretar al guapo pero taimado marido de Joanna, a los habitantes del pueblo y sus esposas-modelo, mientras que para el persuasivo villano utilizó a Robert Duvall, a quien admiraba por su trabajo con Coppola. Susan Sarandon tiene uno de sus primeros roles de importancia como Carol Van Sant, la hermosa vecina de junto, cuya ostentación de talento en labores domésticas es la primera alarma que Joanna encuentra, y llegó con Truffaut recomendada por Louis Malle, con quien sostuviera una larga relación y filmara Pretty Baby y Atlantic City, posteriormente. Aunque la novela fue un éxito de ventas y los productores esperaban un nuevo Bebé de Rosemary, la cinta fue recibida con estupor por el público, que no supo cómo digerir el guión de William Goldman, el humor cruel y su unión con la atmósfera angustiosa a plena luz del día conseguida por Truffaut y el pesimismo ambiguo con desenlace abierto que, como en la novela – y este fue un punto que el director se rehusó a comprometer – se niega a resolver el misterio de lo planteado, dejándolo al libre albedrío del espectador que debe aceptar que su heroína ha sucumbido al mal inexplicable que se extiende de casa en casa por Stepford (implicando la posibilidad, incluso, del asesinato en masa), convirtiéndola en una cosa. Producto muy de su tiempo, fue una experiencia agotadora para el cineasta que casi de inmediato huyó para filmar Adele H., toda vez que se sacó la espina de hacer una película sobre temas muy norteamericanos, que su mirada europea dotó de un aire tan elegante como lúgubre. El filme, no obstante su mediocre paso por la taquilla, fue bien recibido por la crítica y en Francia tuvo mejor acogida (de hecho, aún hoy se le considera más un filme europeo).

 

5. Mary Rose (1965)

Con Lee Remick, Cliff Robertson, Diane Baker, y Agnes Moorehead

Dirigida por Alfred Hitchcock

Adaptada por Jay Presson Allen (la autora del guión de Marnie) de una obra teatral de J.M. Barrie – mismo autor de Peter Pan –, esta cinta había sido una obsesión largamente acariciada por Hitchcock. Éste había visto la puesta en escena cuando era un niño y desde entonces había tenido la trama metida en su cabeza. Tras varios intentos infructuosos por lograr filmarla, en 1964, después de la polémica de Marnie y desafiando a su socio Lew Wasserman, entonces mandamás de Universal, se salió con la suya. El rol principal, originalmente lo había pensado para ‘Tippi’ Hedren, pero tras el muy mal final de sus relaciones laborales, optó por sustituirla con Lee Remick, a quien consideraba más bella, más cercana a su ideal de “rubia de hielo” — en la vena de Ingrid Bergman y Grace Kelly, a quienes siempre de un modo u otro buscó reemplazar – y mucho mejor actriz que la Hedren. Con un presupuesto inferior a los tres millones de dólares y utilizando principalmente al equipo de todas sus confianzas, Hitchcock trasladó la acción de la Escocia de fines del siglo XIX a la Nueva Inglaterra contemporánea, para contar la historia de Mary Rose, quien, de pequeña, al ser llevada por sus padres a una isla en la costa de Massachusetts, desaparece misteriosamente y sin dejar rastro por tres semanas. Al reaparecer, la niña no muestra rastros de heridas, maltrato o siquiera hambre. Es como si no hubiera desaparecido nunca. Al paso de los años, Mary Rose (Remick, esplendorosa en technicolor) ahora casada con un millonario bostoniano y con un hijo pequeño, vuelve a la misma isla de vacaciones y desaparecer nuevamente, esta vez por espacio de veinte años. Así, Hitch da un salto al futuro, optando por mostrarlo como una época atemporal, prescindiendo de los clichés propios de la época y centra la trama en el hijo de Mary Rose (Robertson) que al reaparecer su madre, la encuentra igual como el día de su desaparición: ahora es una mujer más joven que él. Valiéndose de elementos sobrenaturales que asumió con naturalidad (igual que en Los Pájaros) Hitchcock presenta un mundo donde nada es lo que parece y donde tanto la protagonista, como quienes la rodean, creen haber perdido la razón. Modesta en sus recursos, Mary Rose tuvo un éxito significativo – más incluso que Cortina rasgada, que Hitch tuvo que dirigir casi de inmediato para complacer a Wasserman & Co., llevando como protagonistas a Paul Newman y Julie Andrews, básicamente porque eran imanes de taquilla – y funciona como un relato de fantasmas muy bien logrado, hecho con amor (se nota que Hitchcock estaba haciéndola para el niño que fue) y con una  formidable interpretación de la hermosa Remick, que lamentablemente fue ignorada por la Academia.

 

4. La Muerte y yo (2010)

Con Anne Hathaway, Michael Arangano, Samuel L. Jackson y Frances McDormand

Dirigida por Neil Gaiman

El icónico escritor hace su debut como director de cine, con mejor suerte que Frank Miller (El Espíritu fue una cosa infumable), con un filme pequeñito, tierno, inteligente y muy ameno, basado en la miniserie escrita por él Death: The High Cost of Living, que se publicó a mediados de los 90, con ilustraciones de Chris Bachalo y Mark Buckingham. En la cinta, que es muy apegada al cómic, conocemos a Didi (la Hathaway, que utiliza al máximo su encanto personal), una jovencita ‘gótica’ que se pasea despreocupadamente por Nueva York y que traba amistad con Sexton (Arangano, en un rol que codiciara Shia LeBeouf, que finalmente no lo obtuvo, por suerte) un joven suicida fallido, al que revela su secreto: en realidad ella es la muerte, literalmente, tal cual, pero durante veinticuatro horas cada siglo, se permite ser humana y vivir como ellos lo hacen; así come un hot dog de la calle, conoce gente e interactúa con dos personajes que en cierta forma conocen su secreto: El Eremita (Jackson) y una pordiosera “loca” llamada “Mad Hettie” (grande McDormand) que además está buscando su corazón perdido. Sin embargo, Sexton, que no sabe si creerle, se alarma al percatarse de que durante estas veinticuatro horas, la Muerte es tan mortal como cualquiera y está expuesta a cualquier tipo de peligro… Gaiman conoce perfectamente los mecanismos de su argumento – ya se ha visto antes en Death takes a Holiday (1934) y el sobrevalorado remake ¿Conoces a Joe Black?(1998) – pero consigue hacer, en su guión, que la parca sea un personaje eminentemente querible y simpático. Naturalmente, el carisma deslumbrante de la Hathaway ayuda muchísimo: es una actriz completa (lo dejó ver desde El Diablo viste a la Moda y La Boda de Rachel) y este es un rol pleno de matices, de brotes que hacen que uno la acepte no sólo como la muerte en sí, sino como una muchacha encantadora. Tras una producción larga y accidentada (hubo un tiempo en que este rol lo iba a interpretar la hoy devaluadísima Winona Ryder) Gaiman se sale con la suya y trabaja con un equipo sólido (tener a Harris Savides como director de fotografía es un acierto, igual que la banda sonora a cargo de Tori Amos, alegre y vivaz, pese a algunos de los temas de la trama) para ofrecer una película que gusta por lo que es: un cuento de hadas extraño, donde no es necesario tener un final feliz.

 

3. London after Midnight (1927)

Con Lon Chaney, Marceline Day, Conrad Nagel, Henry B. Walthall, y Polly Moran

Dirigida por Tod Browning

Mucho ruido y pocas nueces en esta cinta poco vista de Browning, lo que le ha llevado a tener la etiqueta de “perdida” (por muchos años se creyó así, al igual que la mítica Tower of Fear, con Boris Karloff y Bela Lugosi, misma que efectivamente sigue sin ser vista desde 1938). La cinta es protagonizada por le legendario Lon Chaney, que haciendo uso de su gran talento para caracterizarse como personajes extraños encarna al inspector Edward Burke de Scotland Yard, quien establece un plan, simulando ser un vampiro hipnotizador, para develar un misterioso crimen ocurrido en la residencia de Lord Roger Balfour, cuya hija Lucille, corre grave peligro. Más una trama de misterio que una historia de terror, la cinta fue re-filmada por Browning en 1935 como La marca del vampiro, para contar básicamente la misma trama pero con diálogos grabados y uso de música, pero sin Chaney – en su lugar el personaje de Chaney es interpretado por John Barrymore y el vampiro por (obviamente) Lugosi himself – y esto resultó en que el remake fuera muy inferior. Si la cinta tiene una reputación de “tesoro” es más por sus temas que por su ejecución. Browning tendría un muchísimo mejor momento profesional pocos años después con Drácula y la monumental Freaks misma que sería el non-plus-ultra de su carrera, pese a que tanta controversia causó.

 

2. The Exterminating Angel (1963)

Con Michael Redgrave, James Mason, Deborah Kerr, Dirk Bogarde, Thora Hird, Vanessa Redgrave, James Fox, Shirley Anne Field, Margaret Leighton, Alan Bates, Terence Stamp y Julie Christie

Dirigida por Luis Buñuel

Cuando Buñuel y su colaborador Luis Alcoriza concibieron esta cinta tras el éxito de Viridiana, filmada en España con capital mexicano, decidieron que la única manera en que realmente podría funcionar al gusto del director, sería filmándola en Londres, con actores ingleses. Sólo así, señaló, podía una historia de este tipo ser contada, aunque sin recursos, tendría que conformarse con lo que tuviera a la mano. Cuando, por mediación del novelista Carlos Fuentes, el productor Joseph E. Levine supo esto, se asoció con John Schlesinger y juntos reunieron suficiente capital (y actores dispuestos) para llevar a Buñuel a los estudios Shepperton, donde le dieron carta blanca. De este modo, un virtual ‘quien es quien’ del teatro y el cinema británicos de la era se dieron cita para trabajar a las órdenes de Buñuel, la mayor parte trabajando por muy poco, pero ansiosos de verlo en acción. La trama es simple: Edmund y Lucille Nobile (Mason y Kerr) son un matrimonio perteneciente a la alta burguesía, que reciben en casa, después de una noche en la ópera, a un selecto grupo de amigos tan elegantes y sofisticados como ellos, para una velada amena. No obstante, hay problemas que solo el pobre Jules (Bogarde), el leal y estirado mayordomo, tiene que enfrentar: la servidumbre ha escapado de la casa justo antes de la llegada de los invitados. Desde ahí las cosas se complican sin que éstos se den cuenta hasta bien avanzada la noche, cuando no pueden abandonar el salón donde habían estado reunidos. Pronto, los elegantes amigos de los Nobile, comienzan – como en El Señor de las Moscas – a sucumbir a su instinto animal, siendo capaces de llegar a la Barbarie. Buñuel utilizó a la perfección a todos los miembros de su equipo, todos ellos fogueados en el teatro, y dispuestos a participar del absurdo delirante (y espeluznante) que proponía. Vanessa Redgrave hace su debut cinematográfico con el enigmático rol de Laura ‘la Walkyria’ una bellísima joven que ostensiblemente retiene su virginidad como un arma; su padre, Michael, interpreta a un conductor de orquesta casado con una mujer varias décadas más joven que él (Field), mientras que Stamp y Christie tienen una breve aparición como unos jóvenes comprometidos en vísperas de una boda de alta sociedad, que ante su encierro, toman una decisión abrupta y violenta. Extravagante y extraordinario, el filme se despoja rápidamente de todo artificio para mostrar la crudeza humana de esta gente habituada al lujo ostentoso y Buñuel se da vuelo explotándolos en una situación monstruosa tras otra, hasta llegar a un aparente anticlímax que se extiende un poco más para alcanzar proporciones catastróficas. Muy admirado por los estudiosos de la obra de Buñuel – quien se dedicaría desde entonces a hacer el resto de su obra básicamente en Europa – el filme es bellísimo (los cinefotógrafos Freddie Francis y Nicolas Roeg comparten créditos) y todos los actores están insuperables, en lo que muchos consideran la paliza más salvaje jamás acometida contra la burguesía captada en celuloide.

 

1. Kaleidoscope (1967)

Con Michael Caine, Candice Bergen, Edward G. Robinson, Joanna Pettet y James Fox

Dirigida por Alfred Hitchcock

Después de realizar Psicosis en 1960, Hitchcock estaba interesado en empujar un poco más el límite de la obsesión que tenía con el sexo y violencia – que data desde La sombra de una  duda– de este modo, y deslumbrado por los cambios vertiginosos de los tiempos que se vivían (la explosión del pop art, la contracultura, la revolución sexual, las drogas, el colorido), decidió encargar a Benn Levy y Samuel Taylor (co-guionista de Vértigo) que escribieran la historia de un asesino psicópata y maniático sexual, que asesinaba a jóvenes mujeres después de violarlas en sitios públicos en Manhattan, como el museo Guggenheim o Central Park. Los tres protagonistas centrales de la trama son el guapo y cínico Edgar Braeden (Caine) un atleta profesional – y el principal sospechoso de los asesinatos, ya que una de las víctimas era su ex novia– , la hermosa Karen Wade (Bergen, versión “ye-yé” de la rubia Hitchcock, con  formidable guardarropa cortesia de Mary Quant), hija del Fiscal de distrito (el siempre sólido Robinson), que ha ordenado se investigue el caso al estallar el pánico generalizado en la ciudad y el muy formal Ned Bannister (Fox), la mano derecha del fiscal y pretendiente de Karen. Como nota interesante se puede decir que la mismísima Faye Dunaway (pre- Bonnie & Clyde) aparece durante los primeros diez minutos, como una inocente vendedora que acaba siendo espiada, secuestrada, violada y brutalmente apuñalada en una de las secuencias más perturbadoras jamás filmadas por Hitchcock (aunque no tan memorable como la escena de la ducha, por supuesto). El recurso narrativo de mantener oculta la identidad del asesino – aunque nosotros somos sus ojos cuando comete sus crímenes – hoy en día esta muy visto, pero en el momento en que Hitchcock rodó la cinta (septiembre de 1966) este resultó ser un elemento inesperado y muy bien sostenido hasta la impactante revelación final, durante un elegante baile de máscaras en el Hotel Plaza, en el que la bella Karen se encuentra a merced del asesino. Si bien el tema del “hombre equivocado” es una constante en el canon Hitchcockiano, la revelación final y el desenlace violento y abrupto son tan fuertes, que la reacción del público fue de total estupefacción y horror: Hitchcock se había librado del código Hayes y se permitía por primera vez en años hacer algo en total libertad, pero la gente que pagaba boleto el domingo por la tarde en Kansas, tardó en asimilarlo. Para cuando volvió a esta obsesión suya con el sexo y la muerte violenta (en Frenesí, del ’72, misma que tuvo que irse a filmar a Gran Bretaña, muy desencantado del público americano), lo hizo con más sorna y humor negro, pero Kaleidoscope queda para la posteridad como el brillante filme número 53 del maestro del suspense, con un ritmo frenético y estilo muy de la época (Roy Litchenstein tiene crédito como asesor visual) y que junto con Los Pájaros, es quizá el más ambiguo y pesimista de toda su obra.

 

 

 

 

NOTAS:

  • – Ninguna de estas películas existe como las he descrito.
  • – La 10 y la 4 son completamente imaginarias (si bien ha habido planes para filmarlas desde hace años, pero jamás se han concretado).
  • – La 9 de hecho casi existió. Roman Polanski estaba en Londres reunido con Robert Merle y Geràrd Brach para escribir el guión en agosto de 1969, cuando Sharon Tate fue asesinada. Polanski abandonó el proyecto. Paramount lo retomó con Mike Nichols, George C. Scott y su esposa, Trish Van De Vere. La cinta se estrenó en 1973, con un guión de Buck Henry. Fue un fracaso espectacular.
  • – La 8 tampoco existe, aunque la historia de Hugh Glass es real. La próxima cinta de Alejandro González Iñárritu, con Christian Bale, ostensiblemente se basará en una novela de Michael Punka, que la cuenta con detalle.
  • – La 7 es, evidentemente, un invento. Aún cuando en los años 30 era costumbre hacer remakes de cintas mudas, muchas veces con el mismo director y elenco, para que el público las “redescubriera”.
  • – La 6 existe. Y es estupenda. Pero no está dirigida por Truffaut, sino por el espléndido cineasta británico Bryan Forbes (Plan Siniestro, King Rat). Las protagonistas son Katharine Ross y la formidable Paula Prentiss. Haga todo lo posible por verla. The Stepford Wives es una de mis películas favoritas. El remake con Nicole Kidman (que reniega de él) es una mierda injustificable y debe usted de evitarlo a toda costa.
  • – La 3 existió, aunque el último “master” conocido, se destruyó en el terrible incendio de la MGM en 1967. Hoy en dia se le considera uno de los filmes perdidos más buscados y obsesiona a muchos. Yo solo he visto la versión de 1935 y una reconstrucción hecha por TCM con fotogramas, en 2002. Sigo pensando que está muy sobrevalorada, pero vaya usted a saber.
  • – La 2, efectivamente, existe. La rodó Buñuel en México, con locación en Las Lomas y en un foro de los estudios Churubusco. Con un impresionante reparto de actores mexicanos y españoles que incluyó a Silvia Pinal, Enrique Rambal, Augusto Benedico, Claudio Brook, Ofelia Guilmáin, Jacqueline Andere, Luis Beristáin y – brevemente – a la eximia Rita Macedo. No obstante, la declaración de haber deseado realizarla en Europa, la hizo en Mi Último Suspiro, su autobiografía: “A veces he lamentado haber rodado en México El Ángel exterminador. Lo imaginaba más bien en París o en Londres, con actores europeos y un cierto lujo en el vestuario y los accesorios. En México, pese a mis esfuerzos por elegir actores cuyo físico no evocara necesariamente a México…” No obstante, es una de las mejores cintas mexicanas jamás realizadas y no debería de tenerse estos comentarios en su contra.
  • – La 5 y la 1, son dos proyectos que Alfred Hitchcock trató, por años, de sacar adelante pero no pudo por diversas circunstancias. Estas reseñas ostensiblemente son mi visión de lo que pudieron haber sido, si Hitchcock no hubiera desistido de ello.
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