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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Eres cruel
Por Miguel Cane
19 de noviembre, 2011
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I can be cruel, I don’t know why.

-Tori Amos

No hay nada más fácil en esta vida, desde que somos niños, que ser cruel.

Más, si eres una criatura bonita (no importa tu sexo u orientación, bellísimo animal).

Y, acéptalo, siempre habrá alguien más [email protected] que tú.

La primera vez que vi cómo un corazón se partía -obvio, no vi al órgano astillarse, pulposo y sanguinolento en el interior de una cavidad torácica, pero déjenme usar la metáfora, aunque sea tan manida, pero no por ello menos efectiva- fue cuando yo tenía como quince años y vi cómo una chica a la que llamaremos Angie, le espetaba a un pobre diablo llamado Sergio la siguiente frase:

“¿Y qué esperabas? ¿Que después de eso ya fuera tu novia? ¡Nooo, mi rey! ¡Pero para nada! Ni loca ni pendeja andaba con un pinche naco tan feo como tú.”

Acto seguido, como si lo viésemos cuadro-por-cuadro, la cara de Sergio (que a la sazón está rodeado de toda la clase, que sabe cuánto ha perseguido a esta paloma, a la sazón la chica más guapa de la escuela) se desploma y cae rapidito al suelo, para hacerse añicos. Imaginenlo, por favor. Tal vez estuvieron pasaron por una escena semejante alguna vez: éste es un adolescente que muy salsita se creía el rey del mundo nada más porque había intercambiado fluidos corporales (léase, salivita) con la presa más dificil, misma que, con voz suficientemente clara para que todo mundo se entere, lo acaba de mandar a volar sin avión, de una patada en el fondillo.

¿No habría sido mejor decirle que no en privado, donde nadie más los viera?

Quizás… pero no habría sido bastante como para satisfacer la crueldad de Angie.

No soy ajeno a esa característica humana. He estado expuesta a ella muchas veces, incluso de adulto y Dios sabe que en más de una ocasión también he sido cruel, cosa de la que no me enorgullezco y que me avergüenza. Pero no deja de horrorizarme que para algunos sea tan gratuito, tan brutal y devastador, sólo porque sí. Porque se puede.

El peor ejemplo que conozco, sin embargo, no es ese.

Ocurrió muchos años después y no me sucedió a mí, pero nuevamente quiso el destino que fuera testigo, tal vez para contárselos ahora.

Fue en una fiesta, hace unos quince años, cuando comenzaba a dedicarme a esto que hago para ganarme la vida. No sé quién era la chica, ni cómo se llama. Nunca la volví a ver. Yo estaba en esa gala acompañando a una chica que se llama Marina, quien en ese entonces era mi compañera habitual para esa clase de eventos . La chica en cuestión estaba ahí entre las otras doscientas o trescientas personas. Cuando estoy rodeado de tanta gente, usualmente me desconecto y no sé con quién hablar, así que me vuelvo de piedra, y escucho y veo (ustedes no me creen, pero soy terriblemente timido).

Ella era una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida.

Así la vi, en un rincón, diciéndole algo al oído un hombre como de nuestra edad, a principios de sus veintes. Él iba vestido de esmoquin (todos los hombres lo estábamos) y él sólo asentía. Vi cómo los ojos se le llenaban gradualmente de lágrimas. Luego, ella le tocó la mejilla suavemente con la mano, se perdió entre la gente y él se volvió viejo, gris, sin vida, en cuestión de segundos.

La volví a encontrar un poco después, entre otras personas, mientras encendía un cigarrillo que le ofrecía otro hombre tan bien vestido como los demás, al que le acariciaba la mano con cariño.

Cariño que a mis ojos parecía verdadero.

Los vi como se ve a los frescos en el techo de la Sixtina.

Con admiración, con arrobo y también con un poco de horror.

Es una imagen que se quedó conmigo de manera indeleble y que en cierta forma, siempre he asociado con la crueldad. No sé por qué la guardé. Tampoco por qué es que la cuento ahora: sólo sé que descubro siempre tantas otras facetas en nosotros. Es tan fácil poder destruir a unos y construir a algunos más. Algunas veces destrozamos sin darnos cuenta – yo nunca supe que hubo una cierta chica en mis años de escuela, que tenía la esperanza (totalmente creada por sí misma) de que yo “me fijara” en ella – y otras, lo hacemos a propósito, con toda intención; están para que las tengamos presentes, las cosas que hemos escupido a la cara a esa persona a la que en un momento quisimos y que de repente nos ha hecho daño, y queremos regresarles no un golpe si no diez. Lo peor que he dicho en ese caso, con crueldad deliberada, fue a un hombre con el que salí, que era un calientavergas (lo cual, además, era totalmente cierto y aún hoy lo es) pero no tenía por qué señalárselo de ese modo, aunque estaba tan herido que medí muy bien el dardo y no le mentí, que eso es a veces aún más cruel y menos piadoso).

Hay quienes afirman que la crueldad es un mecanismo de defensa y que la persona cruel, ha sido lastimada anteriormente, que no busca quién se la deba sino quién se la pague. De este modo, los crueles nos enseñan a serlo, para defendernos de eso. Tal vez envilece, pero es lo que hay.

Lo extraño es cuando la gente que no es atractiva y se encuentra en desventaja a la que una en toda su bondad trata bien para ser buena persona… ¡es cruel! Entonces, no sólo te lastima por el comentario gratuito y malvado que hayan hecho sino por la indignación. ¿Como te atreves? Cuando era joven escuché una frase maravillosa de boca de una amiga (experta en romper corazones) que se peleaba sutilmente con otra señora desconocida “yo puedo hacer esto porque soy bonita y tú no”.

Awesome!

Pensé que éramos humanos, no cisnes. Pero a veces tengo mis dudas. La gente es cruel y bonita.

Son dos cosas inherentes de nuestra naturaleza.

Aunque nos estremezca, como el viento helado al atardecer.

Y cada día que pasa, la serpiente se come su propia cola.

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