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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Instantáneas para un cumpleaños
Por Miguel Cane
9 de junio, 2011
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Gracias a Benito Taibo,

que me enseñó a contar cosas de esta manera.

 

Tengo sobre mi mesa de trabajo, algunas fotografías.

Todas pertenecen a distintos momentos en diversas décadas. Trato de ponerlas en órden. No sé si pueda. Y tampoco sé si realmente importa. Están ahí, porque todas significan algo.

 

1: El niño (no cabe duda que lo es, aunque lleve gafas que lo hacen verse mayor, en cuanto camina o abre la boca, se revela su corta edad, su pequeño tamaño) está sentado junto con su abuelo en una de las butacas del cine Bella Época, en la colonia Condesa. En el futuro, esta sala se convertirá en una librería elegante (pero de atmósfera extrañamente estéril, o al menos así la verá), pero ahora mismo, es todavía un templo en el que se rinde culto a los monstruos sagrados del cine. El niño (tiene cinco años, está cerca de los seis) ha visto películas antes – habitualmente en el cine Continental, o bien, “la casa de Disney”, que un día, dentro de unos veinte años, ya habrá dejado de existir y será pasto de las cadenas que todo lo tragan – , pero todas de dibujos animados. Esta es la primera película-película que ve. En la pantalla, una joven vestida de fiesta (posiblemente muy desvelada, porque ya amanece) bebe a sorbos un café frente al escaparate de la joyería Tiffany & Co., en un Nueva York de cuento de hadas, que evidentemente, ya no existe. El niño mira el dulce (y triste) rostro de la joven con gafas oscuras y peinado de salón, su neblina y sus perlas. Ella es Audrey Hepburn. Él se ha enamorado por primera vez.

 

2: El niño, el mismo de la foto anterior,  fue hijo único. Hasta hace unos meses. Ahora está sentado a la sombra de un árbol con la que es su hermanita bebé. Es hermosa. No sabe que tendrá una relación compleja – difícil y contenciosa en la infancia y adolescencia, suspicaz en la primera adultez, hasta llegar a ser sosegada y hasta medianamente cómplice a larga distancia – pero siempre afectuosa y estrecha con ella. Son siete años de diferencia. En realidad, son dos hijos únicos. En la foto, el niño contempla con curiosidad a la niña, que es perfecta. La niña le devuelve la sonrisa deslumbrante que más adelante, cuando ella sea madre, heredarán sus hijos y que le darán al hombre en que se habrá convertido el niño, cuando los tenga en brazos.

 

3: El niño ya no es tal. Es la primera vez que viaja solo y lejos de casa. La ciudad es antigua, nebulosa (pese a ser verano), cada calle cuenta una historia. En su curso no hay otros chicos o chicas que hablen español, así que tiene que adoptar el idioma que vino a aprender, más rápido de lo que pensaba. En la sexta semana, ya estará pensando en inglés. Irá a sus primeras fiestas y su primer concierto al aire libre, de un grupo que se llama los Stone Roses, a los que no conoce. Cuando vuelva a casa, no sólo habrá crecido verticalmente; también será una persona completamente distinta. La experiencia será perdurable. Es la primera probadita de lo que será el exilio voluntario, casi veinte años después. Y no le teme, para nada.

 

4: El niño se ha convertido en hombre. El hombre con el que camina por la calle de Bucareli, tiene cabello blanco. Es bajito y jovial. Es su jefe. Lo ha mandado a ciclos en la cineteca nacional. Le ha enseñado a escribir una reseña sin paja. Le ha mostrado el oficio de ser albañil con palabras. Van a tomar un taxi, que los llevará a Culiacán 76, donde el joven – tiene apenas veintidós años – comerá todos los martes por diez años. La familia del jefe lo acoge, empezando por su esposa, que se convertirá en su amiga, en figura de influencia en su vida por muchos años. Esta  escena se repetirá por muchos años en esa casa y en otros escenarios. El Jefe seguirá siendo el Jefe, aún cuando ya no trabajen juntos. Le habrá dado un oficio al joven. Nació escritor, pero el Jefe es quien le enseña qué hacer con esa vocación.

 

5: El joven con Emma Thompson, que le da la mano. Con Liv Ullmann, que sonríe dulcemente. Con Nicole Kidman, que dice que si alguien cree que es perfecta, es porque no la ha visto a las siete de la mañana, cuando necesita desesperadamente de una taza de café. Con Faye Dunaway, que amenaza con darle un bolsazo. Con Meryl Streep, a la que perdona por el rencor que le sembró Kramer v. Kramer. Con Clint Eastwood, que le contesta a todas las preguntas, con monosílabos. Con Lou Reed, que lo mira perplejo y tartamudea. Con Gwyneth Paltrow, que tiene ocho meses de embarazo y lo invita a sentir la patada en su vientre. Con Tilda Swinton, que se ríe con él en un jardín inglés. Con muchos otros. El joven siempre es el mismo. Se vuelve invisible. Aprendió a volverse invisible. Estas instantáneas se irán haciendo más y más escasas. Se quedarán en recuerdos.

 

6: El joven es un hombre de casi treinta y tres años. Va con dos maletas y una mochila al hombro. No es que no mire atrás por ingratitud. Sabe que su familia estará en la terminal hasta que no lo vean más. Es sólo que teme que le falle el valor y se regrese. Por eso no se detiene. Se va, pero no del todo. Cuando llegue a donde va, con él van otras imágenes otras palabras, fragmentos de otra tierra. De su vida anterior, que se van a ir entrelazando con la nueva hasta que esta deje de ser “nueva” y sea solamente su vida en el exilio, como en cualquier otra parte.

 

7: El hombre cumple hoy 37 años. No sabe cómo fue que sucedió, pero llegó.

Pensaba que, al cumplirlos (y claro, esto lo pensaba antes, como a los 17), se sentiría como dice Evelyn Waugh (en boca de Sebastian, uno de sus personajes) en ese portento de librazo que se llama Brideshead Revisited: “Oh, I don’t feel old. I feel middle-aged, which is infinitely worse!”

… pero no es así.
Cuando cumplió treinta, sentía que iba subiendo una montaña, que era muy dura e inclinada. Ahora, se da cuenta de que no ha llegado ni a la mitad, pero no siente ningún tipo de cansancio. Al contrario: el camino, aún con sus tramos sinuosos, se ha vuelto más claro, menos escarpado — aunque falta mucho por llegar.

 

Así, pues, son 37. Y tiene mucho para mostrar con ello: cicatrices como medallas, un sinfín de anécdotas, amigos entrañables que componen una familia ecléctica, dispersa, pero extraordinaria y sobre todo: suya. Y también tiene, naturalmente, una familia natural, que ahora también componen dos niños, sus sobrinos, ambos menores a los cuatro años, que  en cierta forma, son el futuro para el que, en parte escribe.

 

Son treinta y siete. Y el que escribe en esta mesa, se siente tan bien, como a los cinco, a los siete, a  los  quince,  veintiuno, veinticinco, treinta y  tres, y como, espera, se sentirá al último día: como en el primero: feliz, feliz y muy honrado de que no solo escribe. Sino también que hay quien lee. Sin lectores, nada tendría sentido.

Y es una fortuna, no ser un eco que se pierde, mientras escribe, y escribe…

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