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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Joan Didion: dos lecturas y un dolor
Por Miguel Cane
12 de noviembre, 2011
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Este  es para Gabriela Warkentin.

Some people walk on water
Some people walk on broken glass
Some just walk round and round
in their dreams

Some just keep falling down.
-Laurie Anderson

Este texto tiene muchos inicios:

Comienza el 6 de junio de 2007, en el un café frente a la playa, a unos pasos de mi casa, donde me siento a leer The Year of Magical Thinking, de Joan Didion, cuando lo acabo de comprar. Es el primer libro que compré desde mi exilio, para tener en mi nueva casa.

Comienza el 30 de diciembre de 2003, en la sala del apartamento de Joan Didion y John Gregory Dunne en el Upper East Side de Manhattan, minutos antes que ella llame al 911 y diga “vengan ya”.

Comienza la mañana del 27 de enero de 2006, cuando mi abuela María murió.

Comienza mientras abro mi ejemplar de Blue Nights, de Joan Didion, la semana pasada.

Comienza, siempre comienza.

No sé dónde termina.

O si terminará alguna vez.

O nunca.

I

Hace ya muchos años que leo  a Joan Didion.

De hecho, y ahora que me expongo ante ustedes en esta columna, les revelaré uno de mis secretos del oficio de escribano. Desde que comencé a dedicarme a escribir profesionalmente, alguna vez la he imitado (ojo, he dicho imitado, no plagiado, que conste), como a otros escritores que admiro, busco la manera de ver cómo funcionan sus mecanismos, de aplicarlos a mi propia manera de aproximarme, de descubrir cómo opera la magia de verdad — recuerden, lo mío es sólo prestidigitación, la verdad es que no tengo mucho talento — y cómo se aplica a las palabras. Así antes y después de Didion he buscado imitar a veces a Ira Levin o a Peter Straub, a Julio Cortázar o a Roberto Bolaño, o a Anne Sexton o a Auden, o a Pacheco, o a Juan Tovar. Sólo un poco, un ver si puedo encontrar el mismo sendero. Pero es una tarea muy difícil, casi imposible.

Descubrí a Joan Didion a principios de los 90, porque Bret Easton Ellis la adoraba (y la imitaba) y al enfant terrible yo lo adoraba en mi pálida y temblorosa juventud. Así leí Play it as it lays — confieso: me costó mucho poder entrar a esa novela- y luego The White Album (una colección de ensayos sobre la vida en California a fines de los 60) y A Book of Common Prayer, que es, en mi opinión, una de las grandes obras casi desconocidas de la literatura del siglo XX – para mayor referencia, se publicó en castellano bajo el poco auspicioso título de Diario de una burguesa a fines de los 70 y desde entonces no se ha reeditado. Cazadores de libros de segunda mano y editores en busca de textos interesantes, quedan avisados.

Joan (y aquí, la familiaridad que se obtiene, quizá, en base al haberla leído tanto) posee un estilo muy único para escribir, muy desapasionado. Es siempre fiel a los detalles, a lo que observa. Es una cronista excepcional, más que una narradora imaginativa. Describe las cosas tan fielmente que estamos ahí con sus personajes creados, o bien, con ella misma. Olemos, tocamos. Sabe conjurarlo todo y hacerlo real. No todo mundo puede, al menos no como ella (del mismo modo en que nadie escribe diálogos como Joyce Carol Oates, o nadie puede volver verosímil lo impensable como Levin y Cortázar, o nadie puede crear mundos perfectos de horror y pathos como Bolaño). Me gusta leerla. Lo hago siempre que puedo. Ustedes también deberían.

Cuando entro al café con el libro recién comprado, ya sé de qué trata. Siendo lector asiduo de su autora, su vida y los acontecimientos que rodean su obra, no me son indiferentes. Ya había leído sobre lo que da pie al ensayo narrativo que se compila en el libro (editado en español como El año del pensamiento mágico), de hecho, sabía más cosas que se sucedieron después.

Cuando empiezo a llorar, sin poder evitarlo y busco con pánico algo que pare las lágrimas antes de que alguien más las note, estoy sorprendido. Ya sabía a lo que venía al abrir el libro, pero no pensaba que fuera a dolerme. A sentir esto. A que se sintiera así, de nuevo.

Joan y su esposo John Gregory Dunne, se casaron en 1964. Juntos escribieron varios guiones cinematográficos (quizá uno de los más célebres sea The Panic on Needle Park). Joan es una periodista de opinión muy reconocida. John era un novelista de renombre.

Era.

El libro comienza precisamente con el instante en que su matrimonio de casi cuarenta años se disuelve de repente, la noche del 30 de diciembre de 2003, en el apartamento en que habían vivido por los últimos quince años. Joan le había servido la cena. Venían de visitar el hospital Beth Israel — que hoy ya no existe- a su hija de 38 años de edad, Quintana Roo Dunne (siempre me ha parecido pintoresco que la gente sofisticada le ponga a sus hijos algún nombre avant garde y créanme, este caso me parecía la neta), que se encontraba en coma, tras sufrir una neumonía fulminante y una fuerte infección. Mientras cenaban, John se derrumbó sobre su plato y cayó al suelo. Cuando lo bajaron de la ambulancia, ya estaba muerto.

Así, Joan comienza una exploración de su propio proceso de luto, de pérdida, de duelo.

Es por turnos exasperante y enternecedor ver a una mujer de setenta años, con “mundo”, de pronto encontrarse asustada como una niña, cómo da los primeros pasos a tientos, a trompicones, hacia lo que ahora deberá entender como realidad. Y su experiencia la comparte sin afectaciones, sin aires de grandilocuencia, sin los atavismos de tragedia que la hacen paradigma porque “le sucedió a ella”. No. La historia de Joan y John, en el momento de la muerte de él, es la historia de cualquiera y por eso me duele, porque la conozco. Porque ya estuve ahí.

Porque un día volveré, aún si no quiero.

Aún si no lo espero.

II

En esta foto, podrán ver a la joven familia: ellos son Joan y John en 1970, con Quintana. Es la pequeña que come la paleta helada cubierta de chocolate. tendrá cuatro años, poco más.

Quintana Roo Dunne también está muerta. Murió el 26 de agosto de 2005, a consecuencia de una pancreatitis devastadora y sorpresiva, que la fulminó en cosa de semanas. Irónicamente, esto es poco antes que aparezca en librerías el libro de su madre sobre el duelo. Yo sé que la hija también ha muerto, antes de comenzar mi lectura, después de pedir una taza de té. Lo sé, y sé que Joan se rehusó a escribir un apéndice acerca de esto. El luto por su hija lo llevó en privado y no lo exploró hasta la aparición de Blue Nights, el 1 de noviembre de 2011.

Pero igual cuando leo Blue Nights, aunque haya pasado mucho de saber la noticia, no puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas.

Cuando muere tu esposo, eres una viuda. Cuando mueren tus padres, eres un huérfano. ¿Qué eres cuando mueren tus hijos?

III

Lo que voy a contar ahora, lo saben sólo un puñado de personas, que lo vieron — o bien, lo percibieron- a retazos. Por episodios. Estuvieron ahí, pero no lo vieron todo. Carolina, mi amiga, llegó  porque la llamé. Hanna, mi ‘sister’, corrió a estar ahí. Otros amigos, igual. Pero lo que voy a contar, lo saben, lo intuyen, quizá se los he contado a ellos, pero no lo sabe mucha gentes más.

El día que mi abuela María murió, yo fui la persona más práctica en el sepelio.

Quienes estuvieron ahí, lo recuerdan. Ni una lágrima. Yo arreglé las flores, colgué un retrato suyo — un apunte a lápiz tomado de una fotografía del año en que se casó, 1939 – en la pared de la capilla en lugar del espantoso cristo lacerado que la agencia funeraria tenía colgado ahí dispuse el cuaderno de visitas para los que quisieran escribir algo. Recibía a la gente a la puerta, atendía el teléfono si sonaba.

Encontrarme de pronto con Joan y su experiencia, me remite de inmediato a esto, a lo que nadie más vio.

Mi abuela murió un viernes a las 4 am. Las exequias tuvieron lugar a lo largo del fin de semana. Fue hasta el domingo por la noche, cuando estábamos preparándonos para volver a una rutina, que me quedé solo en la que era la casa de mis padres, la casa en que crecí. La casa que ya no es mía. Esa noche, mandé a mis padres al super para quedarme a solas un rato. Subí a la que era mi habitación. Cerré la puerta, cerré las ventanas. Y comencé a gritar. No a llorar, sino a gritar, a gritar, un aullido prolongado, lo recuerdo ululante y desolado. Nunca pensé que tendría dentro de mí un sonido semejante. Eso es lo que recuerdo. Gritar de pie, primero, y luego de rodillas y luego de cara con el suelo.

Gritar, gritar, gritar hasta que la garganta se quiebra y los pulmones arden. Gritar. Eso fue lo que hice. Gritar cuando nadie me viera y nadie me oyera y no sé por qué les cuento esto ahora si ya no tiene caso, pero igual, es lo mismo: la muerte se manifiesta así, y no te queda nada más que hacer antes de que llegue el lunes y tengas que bañarte y vestirte y salir a trabajar. Pero hay un momento que es únicamente tuyo, para soltar la amarra, para que pasen por tu cabeza todos los momentos delo que fue tu educación, mala o buena, a manos de quien has perdido y que hizo lo que buenamente pudo; el afecto, los instantes crueles, los desconcertantes gestos de ternura, las instantáneas de la infancia, los últimos momentos de indefensión, la pérdida irreparable instalándose a vivir en tu existencia.

Irreparable.

Siempre me ha asustado el peso, la textura, la dimensión de esa palabra. Irreparable: sin remedio posible. Sin compostura. Y me estremezco al pensar en lo irreparable. ¿Existe aparte de la muerte, lo irreparable? (sí, por supuesto, dice una voz en mi interior. Lo sabes).

Pero igual, cuando me quebré por completo, lo hice a solas.

Nadie me ve cuando lloro.

IV

3 de Noviembre, 2011.

Blue Nights acaba de aparecer y compro mi ejemplar en una librería de Londres, donde me encuentro en ese momento. Ha pasado mucho tiempo desde que leí el libro anterior. En el transcurso de esto, Joan y Vanessa Redgrave montaron un monólogo basado en él.

Es particularmente doloroso, cuando piensas que Vanessa acababa de terminar la temporada cuando su hija Natasha Richardson murió, a consecuencia de un accidente estúpido de ski. Es precisamente eso el detonador para que Joan comience a contar cómo sobrevivió al segundo luto: la muerte de Quintana, ocurrida solo veinte meses después de la de John.

Perderlo absolutamente todo y seguir en pie.

Desde mi cama de hotel, acompaño a Joan en sus pasos elípticos por las páginas del libro. Voy con ella desde un día en Marzo de 1966, cuando ella y John adoptan a una hermosa recién nacida en un hospital de Los Ángeles, hasta la alegre e idiosincrática boda de Quintana, unos meses antes de la muerte de su padre, hasta el día de 2005 en que un médico les anuncia a ella y su yerno, Gerald Ryan, que Quintana tiene muerte cerebral.

Los recuerdos que Joan tiene de su relación con su hija, no son necesariamente idílicos: la relación entre ambas es enormemente compleja (y aquí, la dolorosa e inquietante familiaridad), llena de texturas, de escenas. Quintana crece y madura en las páginas escritas por su madre, que a su vez examina su entrada en la vejez, su súbita fragilidad.

Esta no es una autobiografía. Es un ‘memoir’, el recuento narrado de un acontecimiento o una serie de ellos, si bien, no es fácil para la autora: tiene que desnudarse de nuevo, abrir su herida, sus heridas y mostrarlas como quien lo hace ante un anfiteatro lleno de médicos: esta es la cicatriz que me quedó a la muerte de mi compañero. Esta es la cicatriz de la muerte de mi hija.

La leo y la comprendo. Me remueve cosas. Ha pasado mucho desde la última vez que la leí. Desde entonces, he pasado por otro tipo de lutos. El hombre al que amé durante cinco años finalmente me hizo pedazos (ustedes lo leyeron aquí).  En el transcurso de mi exilio, murió mi primer jefe y después uno de mis amigos más cercanos en esta ciudad, perdí para siempre lo que fue mi hogar de la infancia y de hecho, me quedé sin casa a la cuál volver en México (ahora eso ya está resuelto, pero fue angustioso). Todo eso, aunque de ninguna manera se compara con la tragedia que vive Joan Didion, es también un duelo por el que pasas y aprendes a encararlo y a seguir hacia la vejez totalmente sola, aunque sea algo tan difícil.

Hay un párrafo que, al leerlo, me paraliza por la claridad con que me habla:

‘ “Pero tienes recuerdos maravillosos,” me decía la gente, como si los recuerdos fueran un consuelo. No lo son. Los recuerdos son, por definición, tiempo pasado. Cosas perdidas. Ya no son. Los recuerdos son esos uniformes escolares en el armario, las fotografías borrosas y viejas, invitaciones a bodas de gente que ya no sigue casada, esquelas fúnebres de gente cuyos rostros no puedes recordar. Los recuerdos son cosas que ya no quieres recordar.’

Algunas veces pienso lo mismo. Quisiera que mi memoria pudiera borrarse.

Pero no se puede. Joan lo entiende y nos lo explica.

Termino el libro en la quietud de la madrugada. Lo contemplo. Pienso que Joan Didion es una mujer mucho más valiente que yo, por supuesto. Le agradezco que compartiera sus pérdidas conmigo. El sabor del mío entonces, aunque han pasado ya tantos días y tantas noches, no deja de ser terriblemente amargo, es un poquito más tolerable.

Esto es aprender a seguir viviendo.


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