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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Odiando a Brenda
Por Miguel Cane
1 de octubre, 2011
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Odiando a Brenda

Para Miri, que fue adicta junto conmigo

Para Tipi, que odiaba a Brenda tanto como yo.

Yo confieso, ante Dios Todopoderoso y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y televisión.

Por mi culpa (golpe de pecho), por mi culpa (golpe de pecho), por mi grandísima culpa (golpe de pecho — auch.)

Por eso ruego a Santa Mary Tyler Moore siempre Virgen, a los Ángeles de Charlie, a los Santos y Los Invasores y a vosotros hermanos, que intercedáis por mí ante Hechizada y Dios, Nuestro Señor.

(Y si no se han ofendido — no era mi intención-, ni los he perdido, please sigan leyendo)

****

Yo confieso.

Fui adicto a Beverly Hills 90210.

 

De hecho, y en menor medida, aún lo soy. Al menos ahora puedo ver episodios en DVD sin ocultarlo. Ya no es un sucio secretito.

Pero cuando iba en Preparatoria, que fue cuando me envicié por primera vez con este dramón pseudonihilista para el adolescente materialista y muy hip, tenía que negar mi adicción y satisfacerla prácticamente en secreto. Tenía que fingir que abiertamente menospreciaba este producto extranjerizante que venía a enajenar a la chaviza.

Pero lo confieso: entre 1990 y 1994 estuve clavadísimo con la serie. Algo de culpa tendría la morbosa fascinación que ejercía sobre los seguidores (secretos y no) de la serie, el odiar a Brenda Walsh (Shannen Doherty) que se había empezado a tornar en una criaturita detestable hacia el pincipio de la segunda temporada (en septiembre de 1991) cuando le montaba a su novio Dylan escenitas como ésta, musicalizada por los hoy extintos R.E.M – lo que hace más aún digna de una cápsula de tiempo el motivo de esta diatriba.

 

 

De algún modo inexplicable, en algún punto de 1992 — posiblemente cuando Dylan (Luke Perry, que también agitaba de manera-no-tan-secreta mi núbil hormonamen) la dejó por la rubia, dulce y sensible Kelly (Jennie Garth)- brotó la fiebre de odio a Brenda. Era contagiosa, era irresistible y se extendió por le mundo como un fuego forestal… ¿quién no disfrutaba de odiar a Brenda? ¡Se convirtió en un pasatiempo internacional!

 

 

Si no lo creen, vean este video tomado de la época, que describe el fenómeno del odio a Brenda y de cómo la fina línea entre el comportamiento despreciable de la Doherty – que perdió el piso rapidísimo – y el de la tal Brenda, que fue famosa por berrinches como el que aparece a continuación (en versión original).

 

Hacia 1993 explotó la bomba; la Anti-Brenda-manía llegó a su punto más álgido: hubo un disco homenaje “Hating Brenda” (que aún conservo) y la famosa I Hate Brenda Newsletter, un fanzine que hoy es objeto de culto. La transgresión total surgida de un programa de TV baladí convertida en un fenómeno de masas. Este tipo de aberración forma parte de mis amorosos recuerdos de ese vicio vergonzoso pero añorado.

Claro, donde Brandon Walsh (Jason Priestley) era sencillamente adorable y Andrea Zuckerman (Gabrielle Carteris, que ya tenía más de 30 años, pero hacía de una ambiciosa preuniversitaria con gracia y salero) era una mezcla de creación de Henry Miller y Plaza Sésamo, el abismo negro que era Brenda, lo consumía todo: si su novio surfista y millonariazo la abandonaba era fascinante, si sus pobres padres se consternaban y trataban de ahogar sus penas con litros de helado, era motivo de celebrar: Brenda era satánica, malévola, perversa, todo en la apariencia de esa chica mona (pero nunca hermosa) con dientes horribles y melena oscura.

Cuando Brenda dejó el programa, automáticamente perdí interés. Fue como dejar la cocaína de golpe y porrazo. No seguí viendo. Lo mío era disfrutar de esa química retorcida entre Brenda y Dylan y ese odio anormal, irracional (y por lo mismo, perfectamente inofensivo) surgido contra un personaje imaginario, que salió de su programa (en medio de muchos problemas con el productor Aaron Spelling) para convertirse en fetiche de una era.

 

 

Supongo que en esos momentos atribulados de mi pálida y temblorosa juventud, cuando no me podía permitir encarar emociones negativas de ningún tipo, el proyectarlas contra una imagen electrónica en mi televisor, me sirvió para rescatar lo poco de estabilidad mental que me quedaba en esos momentos de perturbación y me ayudó, a la larga y de manera indirecta, a recuperar el balance y la salud mental que ahora tengo, en mayor o menor medida.

Así pues, ahora queda revelado mi secreto. Fui adicto a una telenovela juvenil de dudosa categoría y mérito cultural, que, no obstante, me ayudó a mantenerme a flote mostrándome que el sufrimiento real puede ser manejable y que se transforma en experiencia de vida, donde el exacerbado sufrimiento de personajes imaginarios es interminable, formidable y, en cierta forma, una válvula de escape que nos llena de optimismo.

Sé optimista. Algo peor puede ocurrirle a Brenda.

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