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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Pero hay un Dios, Magdalena
Por Miguel Cane
30 de junio, 2011
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Para ella., que lo vio y lo vivió

 

No es ningún secreto que soy católicolapsado (es decir, me educaron como buen niño católico, recibí los sacramentos y blablabla, hasta que la doctrina no sólo se lapsó, sino que literalmente se colapsó, más específicamente después de tener soplarme tres años como reo en un reclusorio, er, instituto educativo ultracatólico, reaccionario y de extrema derecha  a que mi santo padre me metió en secundaria con la buena intención de “formarme carácter”).
Sin embargo, creo en Dios (no en uno intervencionista ni severo y vengativo, pero en uno).

Esto lo hago por muchas razones que sólo me incumben a mí, y de hecho, lo que voy a escribir tiene muy poco (o más bien nada) qué ver conmigo. Lo que les voy a relatar, es la historia de lo que le ocurrió a mi amiga Magdalena, que cuando me lo contó, vino — como me ocurrió al leer La vida de Pi, de Yann Martel, que es un librazo que deben buscar y devorar sin falta- a demostrarme la muy posible existencia de una fuerza superior (dejen ustedes si divina o no, cada quién tiene su propio concepto de la divinez) nuestras vidas.

Quiero aclarar, que aunque parezca imaginario, lo que voy a contar es completamente auténtico y real. Cien por ciento auténtico. Hay testigos que dan fe.

¿Están listos, niños? Entonces comenzaré.

º

En la época en que ocurrió lo que voy a contarles, Magdalena estaba pasando por una depresión post-truene, después de estar casada por algunos años con un loser llamado Fabio, cuyo único mérito en la vida, era parecerse a Ben Affleck, a unos diez metros de distancia (al acercarse, se agotaba el efecto, como cuando a un hombre se le baja la borrachera y descubre que la güila con la que ha estado fajando toda la velada incróspita, no se parece en realidad a Ninel Conde, aunque bajo el influjo de Baco, pareciera hermana secreta del bombóm asesino).
Así las cosas, Magdalena seguía con su vida y su trabajo en una empresa de PR donde era un auténtico modelo de eficiencia. Y realmente era muy valerosa: quiero decir, no sólo cargaba con el  abandono del tal Fabio (que sde la noche a la mañana se había  ido a enpiernar con la gerente del banco donde trabajaba como cajero — olvidé mencionar que en el binomio la económicamente solvente era Magdalena). También había perdido recientemente a su padre, que, siendo su hija menor, la adoraba y el golpe había sido demoledor; sin embargo, Magdalena se presentaba todos los días a trabajar y se desempeñaba de una manera eficaz, aunque le pesara enormemente todo por dentro.
La prueba de la que hablo, sucedió cuando Magdalena viajó con sus amigas y compañeras de trabajo a la ciudad de San Diego, para coordinar un evento. Y digo amigas, porque para ella ostensiblemente lo eran esas viejas arpías con las que trabajaba (yo no me muerdo la lengua, mi vida).
La arpía mayor era su jefa, Fernanda. Prototipo de la niña bien. Reina de la oficina y la más bonita de la fiesta. Desde que se había casado con un sobrino del  hoy ex-presidente Fotttssss. Como es natural, Fey se sentía bordada a mano y no se cansaba de restregar su felicidad como carbón en el hocico de todo el mundo. La única vez que la vi, me dio la impresión de que si le apretaba la cabeza con suficiente fuerza, le saldrían cantidades extraordinarias de excreta por algún lado. Pero Magdalena genuinamente le tenía cariño, uno de esos misterios inexplicables de la existencia.
La segunda al mando y con el mismo puesto que Magdalena, era la tal Kikis (lo juro, así la llamaban. Y en público, aunque parezca increíble. Yo habría corrido a meter mi cabeza en el horno, o al juzgado a cambiarme de nombre y acto seguido demandar a mis progenitores por daño moral; pero a ésta parece ser que le quedaba el mote desde niña), una pobre niña rica venida a menos, prematuramente reseca, incapaz de tocarse el reverso de la mano con la lengua, so pena de que ésta se le pusiera negra y amarga. ¿Han conocido a esa clase de ñoras? Pues bueno, de la tal Kikis se dicen muchas cosas, pero la verdad es peor.
El entourage iba completado por Lola Meráz, una mujer pasada de kilos (y tueste) que colaboraba con ellas y que sufría repentinos ataques de histeria cada vez que alguien se atrevía a insinuarle que tenía un clóset del tamaño de un edificio de cinco pisos; y por Irmis, refinada y de la más alta alcurnia, pseudo experta en modas y bastante ordinaria, aunque cuentan que había escalado en el mundo corporativo por tener rodillas de hule y la boca como una Electrolux.
Personalmente, yo no me habría aventado un viaje ni a la miscelánea de la esquina con semejante nudo de víboras, pero Magdalena estaba obligada por contrato a hacerlo, amén de que, como ya dije antes, realmente les tenía aprecio después de años de trabajar juntas. Tan fue así que la noche en que el tal Fabio se fue de casa, a las primeras que llamó fue a Fey y Lola. Así era la confianza que les tenía y el afecto que les profesaba.
Toda vez que estuvieron instaladas en San Diego, en una casa rentada por el gángster — er, magnate, perdón- para el que trabajaban (quien por cierto, fue el que reveló al mundo que Irmis ostentaba garganta profunda y succión con turbo), las muchachas se pusieron a trabajar como robotas, para tener tiempo disponible de hacer lo único que vale la pena en ese poblacho: $hopping. De una tienda a otra iban éstas, corre-que-corre, en una enorme camioneta rentada, donde apilaban a lo largo del día sus adquisiciones. Claro que tratándose de una punta de viejas pretenciosas, sólo compraban accesorios y complementos de las mejores firmas (Hèrmes, Coach, Chanel, y un soporífero etcétera) y hacían que sus tarjetas de crédito sonaran ping-ping en todos lados.
Mas no así Magdalena (no Magui, ni Magda, ni Maga, ni Magdalenita ni ningún diminutivo: desde niña, lo sé de cierto, le provocan mal estomacal). Ella sólo iba por ahí, como parte del grupo, pero francamente ya estaba cansada y es que, me contó, desde su divorcio, todas la habían empezado a tratar de forma extraña: a mirarla por encima del hombro, a murmurar a sus espaldas, a marginarla por ser divorciada. Y francamente, no era que le importara, pero sí la desconcertaba bastante, ya que se suponía, eran sus amigas más cercanas y no sólo sus colaboradoras.
Tras una serie de ligeros roces y puyas indirectas dirigidas a ella a lo largo de la tournée, Magdalena no vió el infierno por un hoyito, hasta la última tarde de su estancia en California (que además, es un estado mental). Ese día, las muchachas habían ido de un lado a otro para encontrar un vestido muy especial para que Fey pudiera acudir al bautizo del primer nieto del ex-presidente ya saben, la torta que “Vicentillo” se comió antes del recreo). La mayor ilusión de Fey, que ya andaba a mediados de sus treintas, era posar como jovencita para las revistas de la prensa color de rosa y aparecer en la foto con la maquilladísima y muy emperifollada consorte presidencial (léase, la zeñora que zezeaba azí todo el zanto día).
“Encontrar este vestido es muy importante para mí,” clamaba la chic jefaza, mientras meneaba el bote como si tuviera algún problema hidráulico en el coxis. El séquito la seguía… hasta que Magdalena tuvo a bien distraerse unos segundos y perderlas de vista.
Ustedes dirán, ¡Pero si eso le pasa a cualquiera!
Pues sí, claro. Pero Magdalena supuso que lo mejor y más lógico para ser encontrada, era permanecer en donde se había perdido hasta ser encontrada (sobre todo, porque no tenía idea de dónde se había estacionado la camioneta ni podía llamar por celular a sus amigas).
Cuando Lola Meráz la encontró, la tomó de la mano y la llevó ante las demás, como si fuera una niña pequeña, de paso poniéndola en evidencia y acusándola de estupidez. “No quería venir conmigo,” dijo “se puso rejega y grosera. Quiere arruinarnos el viaje, Fernanda.”
Esta pueril mentira, bastó para hacer explotar a su majestad la princesita. Casi enseguida y con una brutalidad poco característica (nadie hubiera creído que la criaturita pudiera juntar dos neuronas, mucho menos ser capaz de un berrinche que haría palidecer hasta a nuestras luminarias de la esfera intelectual) comenzó a insultar a Magdalena, humillándola hasta que quiso: la acusó de no tener espíritu de equipo, de sabotear deliberadamente la operación, de desperdigar mala vibra como si de flatulencias se tratara, de tenerles envidia por estar realizadas y tenerlo todo,  por ser una abandonada divirciada y por lo mismo no ser una de nosotras y agregó: “nadie te soporta en este viaje. ¡Eres una inútil y un desperdicio, pendeja!”
Casi instantáneamente, la Kikis abrió las cocodrilescas fauces y dijo “Ay, yo no. ¿Eh, Magui? Yo nunca me quejé.”
Haciendo el relevo, la tal Irmis, que iba de cabeza a talón en ropa con logotipos finos, se dio a la tarea de seguir insultando a Magdalena, llamándola malamiga, quedada, retrasada mental, imbécil, divorciada y tarada, entre otras lindezas por el estilo, sólo que más subidas de tono; dichas de manera pequeña y mezquina.
Así, volvieron a la camioneta (con el vestidito nuevo de la reina) y de inmediato, Magdalena ofreció disculpas por ser tan estúpida. Luego, mientras avanzaban por el tráfico de la tarde en el freeway, y las otras hablaban de lo bien que la habían pasado gastándose miles de dólares en disparates, Magdalena pensó en su padre muerto, que jamás hubiera imaginado que su hija pudiera aguantar semejantes humillaciones gratuitas, y empezó a dialogar, a su manera con él y con Dios (que éste es el meollo del asunto y de esta prosopopéyica narración, además).
Papá. Si estás en algún lugar mejor que éste y hablas con Dios, te suplico que intercedas por mí y le pidas que me mande una señal de que vine a este pinche viaje por algo. De que de veras existe.
Para no hacer el cuento más largo, pararon en otro centro comercial, éste de menor calidad, para bajar a comprar comida chatarra (que en Estados Unidos es excepcionalmente barata) en un supermercado y así celebrar a boca llena, su día de felicidad.
Magdalena tomó su bolso y se dio a la tarea de pasear afuera del super mientras sus hermanastras, perdón, compañeras de viaje, gastaban sus últimos billetes verdes en donuts escarchadas, chocolates, kilos de papitas fritas y sodas. No vio lo que ocurrió, mientras entraba a una librería a curiosear y de hecho, se dio cuenta de que algo pasaba cuando oyó algunos gritos desesperados desde el estacionamiento.

 

Los gritos de horror eran de Fey.

Resulta ser que una de ellas (nada menos que la tal Kikis), había dejado el vehículo abierto y sin apretar correctamente el botón de alarma, por lo que los cacos (léase, amigos de lo ajeno), se dieron alegremente a la tarea de vaciar todo el producto. La princesita gritaba como si le hubieran echo un tajo de ingle a pecho y se estuviera desangrando a lo bestua, mientras su corte no atinaba a hacer nada. En ese momento llegó una patrulla, y ellas, algunas en inglés y otras en spanglish, comenzaron a soltar el rosario de sus cuitas. Magdalena no daba crédito.
Era la única con bolso, pasaporte y boleto de avión. Con sus tarjetas intactas. Siendo frugal, no había gastado casi nada y no había hecho compras ese día. Vio cómo Fey sollozaba escandalosamente y más cuando no pudo mostrar papeles; de inmediato y pese a que iban más o menos bien vestidas, las miraron con suspicacia: ¡espaldas mojadas!
“¡ESTO NO ES JUSTO!” gritaba Kikis, mientras las escoltaban a una patrulla, sugiriéndoles que no se resistieran a ser llevadas a la estación de policía más cercana, donde debían declarar. “Magui, ¡diles que no somos unas ilegales!”
Magdalena, propiamente identificada y con pasaporte, prometió avisar al jefazo mayor, para que éste interviniera en su favor. Acto seguido, tomó un taxi y fue a la casa alquilada por la compañía para hospedarlas. Desde ahí avisó al jefe, preparó su maleta y alegando urgencia de volver, dado que la oficina se quedaría sola varios días, salió rumbo al aeropuerto a cambiar su vuelo.
“En ese momento,- me contó después, en su nueva oficina, en otra compañía, donde ahora es la jefa, libre de alimañas en su vida y ahora compartiéndola con un novio que le es fiel – sentí que mi papá estaba conmigo y me sorprendió todo esto ocurriera tan rápido y de manera tan eficaz… porque este ajuste de cuentas no pudo ser tan perfecto sin la coincidencia… y yo creía que las coincidencias no existen. Si fue Dios (y me gusta pensar que lo fue) creo que sus caminos son… misteriosos.”

 

Sí. Misteriosos.

E inescrutables, Magdalena.

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