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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Piedras
Por Miguel Cane
5 de agosto, 2011
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para Ana Sgouros, que me pidió que le contara esta historia

 

Este es el cesto de las piedras exhumadas.

Esa no solo es la línea inicial de un poema. Un poema de amor que me sabía de memoria, pero que cuidadosamente olvidé. No del todo, ya se ve, pero casi. Ya no puedo recitarlo. He tenido tanto éxito en sabotear mi memoria al respecto, que creo que estoy sanando. No totalmente, creo. Pero estoy sanando.

Cicatrizo.

Despacio.

Pero sí.

 

*

Son piedras.

Las he ido recogiendo, poco a poco, en paseos, desde que me mudé. Desde que me exilié aquí, en este otro norte. Pronto serán cinco años. Se acomodan en este cesto de mimbre en un rincón de esta casa.

Las piedras están aquí por distintas razones. Representan distintas cosas. Algunas veces creo que solo me tienen a mí, para que las quiera.

Hay una en forma de corazón. Es irónico. La sostengo en mi mano. Es un corazón, perfectamente formado. Y está roto, a la mitad.

Cada piedra cuenta una historia. ¿No?

 

*

Que a uno no le hayan correspondido, no quiere decir que uno no haya amado.

Esa es una verdad dolorosa. Pero ya sabemos que todo lo que nos da una certeza, muchas veces no viene exento de dolor.

Así pues, se ama. Se amó. Se amará de nuevo. Aún si quien es el objeto de nuestro inmenso, cálido, a veces tierno, a veces desesperado, a veces abatido amor, no puede, no quiere, no sabe cómo corresponder. El amor es, valga el lugar común, caprichoso y volátil. Es un terreno que se riega con nuestras lágrimas, pero que nos da las flores más extrañas y hermosas. Se ama porque no puede evitarse; no se va por ahí diciendo: hoy me enamoraré, hoy no me enamoraré. Si usted cree que manda sobre el amor, es igual que usted crea que manda sobre el clima o sobre los índices económicos. Usted, como yo, es un esclavo, un sock-puppet, un vaso (¿un beso?) comunicante. No sea iluso. El amor, como las piedras, tiene su propia composición. Su propia existencia ajena a nuestra voluntad.

*

No he sido amado. No es un lamento. Es una declaración. Pero he amado. Muchísimo.

(Tanto como he tenido que desamar)

A los catorce, pálido y sorprendido y turbado, confuso, ante ese chico (que hoy es un hombre) de diecisiete, que era amigo del vecino de enfrente. La sorpresa del no-haber-sentido-esto-antes-aunque-se-sabe-lo-que-es. Yo era bien leído. Sabía que eso era amor, o al menos, una variación del mismo, aunque no por ello menos intoxicante, menos incendiaria, que la que se siente en la edad adulta.

Pero todos saben que a los catorce años nunca conseguimos ese primer amor con el que soñamos. Aún si el innuendo está ahí, si podría darse algo, se flirtea con el peligro, pero solo queda la ambigüedad, lo irresuelto. Los cabos que atas al soñar, ya sea dormido, como despierto.

*

Pero eso es en la adolescencia; las piedras lisas de río la representan, esos “amores” de la juventud, frustrados desde su primera aparición. Nadie nos prepara para ello. Aún así, soñamos con un amor perfecto, como esta otra piedra, que no tiene imperfecciones en su superficie caliza. Aún si es el amor que no se atreve a decir su nombre (Ay, Wilde, Wilde, cómo nos has maleducado). Soñamos que seremos amados y que tendremos esa dicha que nos ha prometido la TV, el cine, las canciones pop.

El verdadero amor es, acaso, esta roca ígnea. Imperfecta. Llena de pequeños cráteres. Mi corazón de piedra, que está roto.

 

*

Pasaron los veintes y no llegó ese amor nunca. Igual que pasaron mis años de adolescencia. Llegué a los treinta tan frío como Alaska. Pero creía en el amor. En ese tiempo, amé (amé, amé, a un maldito lisiado emocional, a un estúpido ególatra, a un hombre atrapado en un clóset de cinco pisos, a un gay carismático e inseguro) y amé mucho. Pero nunca amé como cuando tuve treinta.

Ese fue el año en que, por diez minutos (no fue más que eso, ahora explico por qué) estuve loca, abrumadora y totalmente enamorado de otro hombre, uno que era una década mayor que yo, que por ese breve momento me pareció que era el complemento ideal a mis sueños, a mis anhelos. ¿Eres tú, vas a ser tú quien me va a amar? ¿Al fin nos encontramos? Diez minutos antes que mencionara la razón por la cual mi amor por default quedó convertido en algo platónico para siempre. Diez minutos antes de saber que no me iba a corresponder.

*

Pero soy humano.

Soy estúpido. Soy banal.

Y amé de cualquier forma. Platónicamente (que es el amor que no se atreve a decir su nombre, pero tampoco se atreve a mirar a los ojos), pero sí. Amé muchísimo. Así fue que aprendí el poema que ya olvidé (y que no pienso recordar). Así fue como empecé a colocar estas piedras en el cesto.

Pero el amor, sea como sea, puede ser unilateral… pero ostensiblemente, no puede durar demasiado así, como un juego eterno de frontón solitario.

No importan los factores. Todo se reduce a una cosa: miedo de uno. Y a una pregunta: “¿por qué nunca dijiste nada?”

Y la respuesta: “Porque sabía que iba a acabar así.”

 

*

 

Amo muchísimo. Pero también he tenido que desamar mucho. Cerrar todo. Casi no luz. Y luego, el paso tan lento del tiempo. Cambiar los hábitos, los pasos, las calles. Cambiar las conversaciones, la gente, las lecturas, las canciones – sí, incluso, la música.

Todo cambia. Entonces es cuando las piedras vuelven a ser únicamente piedras. Que vuelven al cesto en algún rincón de esta casa. Él se vuelve un extraño. Benévolo, pero no por ello, menos extraño. La catástrofe se desvanece, mas no así sus consecuencias, sus efectos. Uno aprende de las heridas que lentamente se han ido cerrando. Y sana, poco a poco.

Sana.

Cicatriza.

 

*

Este es el cesto de las piedras exhumadas.

Viejos amores. Viejos amores fallidos, fracturados, no correspondidos.

Pero el corazón idiota cree que tiene fe.

Aún si yo ya no espero absolutamente nada, las piedras están ahí para recordármelo.

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