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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Queremos tanto a Tilda
Por Miguel Cane
25 de febrero, 2012
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para el #TeamTilda

Londres, octubre de 2011: estamos en una sala de proyección de Artificial Eye, distribuidora en Reino Unido de Tenemos que hablar de Kevin, bella y brutal película de la directora escocesa Lynne Ramsay sobre la controversial novela de Lionel Shriver, un grupo de periodistas estamos sentados en silencio total, mientras en pantalla se desarrolla, en diversos tonos de rojo, la tragedia American Style de Eva Khatchadourian y su hijo adolescente, Kevin, personajes interpretados con temible simetría por Tilda Swinton y Ezra Miller.

En la misma sala, también están presentes los encargados de publicidad y promoción de la cinta; Luc Roeg, uno de sus productores –hijo del cineasta Nicolas Roeg– y la propia Tilda, que no solo protagoniza el filme; también adquirió los derechos del libro, aportó dinero de su bolsillo y supervisó todo el proyecto desde su concepción.

Hacia el último acto de la cinta, una mujer joven, en avanzado estado de embarazo, colaboradora de un diario de la capital inglesa, comienza a sollozar quedamente. Esto, en el silencio que impera durante la proyección, es súbito como pedrada contra un escaparate.
Diez minutos más tarde, al llegar a la escena final, al fundido en blancos con que la cinta acaba, la mujer es presa de un ataque de llanto. No puede evitarlo; llora con la cara entre las manos y se estremece, afectada – no menos que los demás que estamos ahí reunidos – por lo que acaba de ver.

En ese momento, Miss Swinton (que mide más de 1.80) se acerca a la mujer, le entrega un kleenex; se acuclilla, la abraza. No sin ternura, le frota la espalda, murmura palabras de consuelo mientras la otra llora apoyándose en su hombro. Por un momento es aparente que ella misma está conmovida; que no es la zombi, muerta por dentro pero aún de pie, que acabamos de ver en Kevin, aunque como Eva es tan convincente, que ella misma se diluye: trasciende incluso su propia voz y lenguaje corporal (algo que hizo también para Derek Jarman y para Sally Potter en Orlando, hace ya veinte años); su entrega total al personaje ha impactado a espectadores desde la primera exhibición del filme en Cannes, hasta estos días que está en carteleras de Estados Unidos y México: son pocas las ocasiones en que un personaje hace una simbiosis semejante con su intérprete (Alec Guinness era un experto en esto, por ejemplo) y verlas es un raro privilegio.

Por lo mismo, que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas estadounidense, misma que año con año otorga nominaciones al Oscar a lo (ostensiblemente) más destacado del año en pantalla – casi siempre muy predecible, con ocasionales destellos de originalidad o asombro – haya, arbitrariamente ninguneado su trabajo en el filme (que tiene en su contra ser muy “antiamericano” en temática, igual que Dogville de Lars von Trier, que recibió el mismo desdén, pese ostentar una monumental actuación de Nicole Kidman al frente de un reparto notable), negándole el reconocimiento de una nominación, es un insulto que remite directamente a 1968, cuando Mia Farrow fue olímpicamente ignorada por su rol en El bebé de Rosemary (el que Mia no haya recibido nunca una nominación por cualquiera de sus trabajos, incluyendo las obras maestras de Woody Allen que inspiró y estelarizó en los 80, es flor de escándalo, pero será una historia para otro día), considerada una de las mejores actuaciones en el cine – más sorprendente, al tomar en cuenta su edad entonces, apenas 22 años – .

Obviamente, esto a la Swinton – que es capaz de gestos como el descrito antes, algo completamente inusual para una estrella de cine, cosa que ella rechaza totalmente, atesorando su autonomía – se la sopla, pero aún así, queda claro que muchas veces, las premiaciones no son más que concursos de popularidad que poco o casi nada tienen qué ver con reconocer el talento, la entrega o la relevancia.

De ahí que sea cantado el que muy probablemente Meryl Streep (por muchísimos méritos que tenga, leyenda viva del cine y para nada responsable de este despojo, que conste) la noche del domingo, reciba una estatuilla dorada – la tercera que obtendría – por encarnar a la detestable y reaccionaria Margaret Thatcher en la consabida biopic que es de rigor para ganar un Academy Award. De ser así – o en el caso de casi todas las otras nominadas, con la excepción de Glenn Close, con quien la Academia está en deuda desde Relaciones peligrosas – todos sabemos que ese Oscar, en realidad le pertenece a Tilda Swinton.

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