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Ciudadano Cane
Por Miguel Cane
Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera inin... Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela \\\"Todas las Fiestas de Mañana\\\". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane (Leer más)
Un día vendrá el invierno
Por Miguel Cane
12 de agosto, 2011
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Para B, que me enseñó a no tener miedo del invierno

A veces pienso, en qué va a pasar cuando sea viejo.

Todo mundo me dice: “¡Pero para qué! ¡Eres muy joven! ¡No tienes que pensar en eso!” — La verdad es que ya no soy tan joven. Y supongo que debería pensar en eso, por que es inevitable que un día suceda.

Lo pienso, por que veo a mis padres. A los padres de mis amigos. A mis familiares, que tenían la edad que ahora tengo, en mi niñez.

Pienso en mis padres, que ahora ya están mayores. Me preocupa que ellos no tengan la seguridad que sus padres tuvieron, cuando tenían su edad. Por lo mismo, también algunas veces, como ahora, me preocupa qué va a pasar cuando yo, que vivo al día, haya llegado a esa edad. Y no me refiero al sentido económico, tampoco. O no del todo. Mientras tenga una cabeza que me funcione y dos manos para teclear (o la derecha para escribir) no me faltará qué comer o con qué abrigarme. Llevo más de una década haciéndole al kamikaze freelance y eso no es a lo que temo. La pobreza no me asusta tampoco: nunca he sido realmente rico (en dinero) y nunca me he muerto de hambre, tampoco. Han sido más las veces que he estado sin un peso (o un euro) en la bolsa, que las que he sido solvente. Y me da lo mismo. No le temo a tener que apretarme el cinturón.
En lo que pienso es, ¿quién estará ahí cuando ya no importe?

Me alivia que mis padres sigan juntos, después de tantos años. Supongo que es porque se quieren y eso de algún modo, me proporciona cierta esperanza; no lo sé. Yo estoy lejos — pero estoy lejos por que tenía que estarlo. Era parte de todo, de un plan no escrito. Estoy donde mi felicidad está. Yo no quiero irme de Gijón a ninguna otra parte, ni a Madrid, ni a Barcelona, ni a Nueva York, ni a Londres. Esta es mi ciudad. Ella me eligió hace siete años que vine por primera vez y hace casi cinco que me adoptó en su seno. Es mi ciudad, es mi casa. Aquí vivo, aunque viva solo (bueno, ahora tengo a la Audrey, pero ella no va a serme eterna. También estoy consciente de ello).

Por favor, no se alarmen, no se aparten de la pantalla con miedo o con resquemor, o con inquina. No se interprete esto como un brote de abrumadora melancolía. De hecho, estoy muy bien, no tengo ningún apuro apremiante ni nada por el estilo: la perrita y yo estamos muy bien y abrigados. Es sólo que pienso en otros días. ¿Dónde estaré? ¿Y cómo?
Mis padres, como dije, están juntos. Y tienen a mi hermana (solo somos dos) más o menos cerca. Y no es lo único que tienen (mi madre, en particular, ha sabido cultivar muchos cariños y sé que no estará sola jamás, ni aún si le llegara a faltar algún día mi papá) — hay amistades, primos, muchos primos. Eso me tranquiliza un poco en mi distancia, en mi atalaya desde donde a veces sólo veo las nubes.
No ha faltado quien me diga, ¡pues búscate una pareja! — y no. No es la solución. No necesito una pareja. De hecho, hace muchos años que no tengo nada, y puedo darme el lujo incluso de ser soberbio y decir (como cuando era niño y me rehusaba a comer huevo pasado por agua) categóricamente: no quiero una pareja. Tengo, ahora mismo, el abrigo que necesito — de mi familia a la distancia, de mis amigos, tengo el amor incondicional de mi chaparrita (¡hubieran visto el salto que pega directo a mis brazos cuando llego a casa!) y el cariño de amigos que están en otras partes del globo, muchos de los cuáles no tienen que verme para saber que pienso en ellos.

Pero, ¿cuando sea viejo? ¿Qué voy a hacer? Luego pienso, claro, que es tonto que piense eso. Pero lo pienso, cuando las noches son muy largas y hace frío. Mi hermana tiene su propia familia, con dos niños menores de cuatro años. Mis amigos tienen sus familias y de ningún modo podría atreverme a invadir esos espacios. Supongo que en unos treinta años (cuando tenga la edad que ahora mi padre — afortunado él, de tener una mujer como mi madre, y no lo digo por que sean mis padres- tiene) si llego, habré hecho algo con mi vida. Pero también es demasiado lejos, demasiado tiempo.
Ahora bien, mientras escribo, reflexiono. No quiero que piensen que lo escribo para hacerles chantaje, para que me digan “¡ay pobrecitoooo!”, me den palmaditas en la cabeza y me digan que voy a estar bien (Ya estoy bien, de hecho, ya lo dije). No quiero que piensen que estoy tal vez de modo inconsciente, buscando apelar a la lástima, o crear culpa o mala conciencia en nadie. Por que tampoco, ¿eh? Escribo esto, porque es en lo que estoy pensando. Perdón, pero no lo hago por nada ni nadie en particular. Y me irrita tener que explicarlo mientras escribo, para que no salten luces rojas en ninguna parte cuando me lean.

 

Cuando sea viejo, voy a ser un viejito bien a toda madre, con un lenguaje complicado, que habrá visto muchas películas y leído muchos libros y que se sentará como lo hacen esos paisanos ahora, en una banca del muro a mirar el mar. Y si lo hago acompañado, bien. Y si estoy solo, bien también. Ultimadamente, yo elijo. Y esto es lo que elijo, así que tal vez sea un Forever Alone. Y no me importa, tampoco. Tal vez sea demasiado pronto para saber qué va a pasar mañana.

 

Cuando sea viejo, les cuento.

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